Allí, en ese catre donde florece mi cereza de exposición, dejo derramado lo más profundo de mi ser: mi sexualidad.

Nacimos sexuales. Nos criamos sexualmente con los ojos vendados y cuando empezamos a descubrirnos no solo los dedos empiezan a vivir dentro en una cálida y jugosa carne que se empina al finalizar la carrera.

Pasamos por rutas desconocidas que cada vez empiezan a abrirse nuevas aventuras. Imaginaciones. Calenturas en el baño. Lapiceros que sirven de máquinas vibradoras para avivar ese fuego que carcome la sensualidad.

Y así. Con esa delicadeza que se explota al sentir un seno que dispara el piso de abajo. Con las hormonas encendidas como máquinas revolucionadas. Buscamos. Nos encontramos. Nos comemos. Nos devoramos en la ducha, en las escaleras. En una calle. En un ascensor. En donde el sexo se coge con el otro.

Amo esos polvos rápidos. Eternos. Multiorgásmicos. Polvos que despiertan. Que recargan y que recomponen. Polvos sin discreción. Que no tienen espacio ni formato. Ni figura. Amo los espontáneos y también los programados. Picardía calentosa.  

Aquí, hablaremos de sexo los domingos. Día especial para el mañanero. Para rematar con un roce de pieles sensibles al tacto y a la degustación. Día perfecto para empezar la semana bien recargados.

En este rincón caluroso y mojado exploraremos los polvos mágicos de nosotras, el dulce untado y devorado del pastel diurno y nocturno. Viajaremos húmedos en labios de arriba y de abajo. En duraznos y, en berenjenas y por supuesto, en cerezas. Una mezcla de frutas exóticas a punto de ebullición.

Seré la musa que pintará eróticamente con el roce de un cabello, terminando con un silbido pujante que haremos explotar.

Espérame.

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.