En medio del panorama electoral, la eventual eliminación del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes en Colombia, liderado por Yannai Kadamani, abre interrogantes profundas sobre el futuro de la identidad nacional. El debate actual plantea si el sector resistiría administrativamente.
La alarmante experiencia de Argentina (que ha estado en la mira entre los colombianos) ofrece una pista clara sobre las consecuencias de desmantelar estas carteras. El presidente Javier Milei eliminó el Ministerio de Cultura y lo transformó en una secretaría subordinada totalmente.
Lo cierto es que, a partir de esa drástica reforma, el sector cultural de ese país enfrenta duros recortes presupuestales y despidos masivos, además de la reducción de programas esenciales y una evidente pérdida de capacidad política real.
El caso de la información falsa sobre la muerte del papá de Lionel Messi mostró cómo la realidad en Argentina pasa por un desconcierto que deja en evidencia como acabar con el ministerio en cuestión es un golpe durísimo para la sociedad.
El panorama internacional presenta en ese sentido una discusión oportuna que hoy toca directamente a Colombia. Hay expertos que cuestionan activamente qué pierde un territorio cuando la cultura deja de tener un asiento propio en el gabinete ministerial.
Históricamente, los debates sobre la estructura de los ministerios giran alrededor del tamaño ideal del Estado. Los promotores de reducir entidades argumentan que la medida disminuye gastos y simplifica la burocracia pública.
Quienes defienden los recortes aseguran que estas fusiones mejoran la eficiencia en la administración de recursos. Sin embargo, un ministerio representa una herramienta política que va mucho más allá de una oficina física.
La institución representa a un sector específico frente a las demás dependencias del poder ejecutivo. La cartera participa directamente en la definición de prioridades nacionales y coordina políticas de largo plazo indispensables. La gestión de Yannai Kadamani en Minculturas es reflejo de ese trabajo.
Por esta razón, la discusión sobre una eventual desaparición de este ministerio en Colombia supera cualquier simple reforma administrativa. En el fondo, el debate plantea una pregunta seria sobre el lugar de la cultura en el país.
El reflejo de la nación argentina es el referente más cercano para los analistas latinoamericanos. Javier Milei justificó la severa reducción estatal con una frase que convirtió en símbolo: “no hay plata”.
Meses después llegaron los despidos y una creciente incertidumbre sobre el futuro de las instituciones históricas. Los sectores del cine, el teatro y las bibliotecas vieron reducidas al mínimo sus capacidades de operación.
El entorno audiovisual argentino enfrenta una disminución histórica de los mecanismos públicos de apoyo financiero. Dichos fondos impulsaron exitosamente buena parte de la producción cinematográfica nacional durante varias décadas de trabajo continuo.
La paradoja colombiana surge precisamente en una coyuntura política y social muy particular para el territorio. Por primera vez, Minculturas alcanzó una dimensión presupuestal, territorial e internacional que lo consolida como estratégico.
El presupuesto asignado para el sector alcanzó en 2024 la cifra más alta en la historia colombiana. Al mismo tiempo, la política oficial amplió su alcance hacia ámbitos como la educación artística integral.
Los programas vigentes priorizan hoy el bienestar de los creadores tradicionales y la protección del patrimonio material. Las nuevas líneas de acción abarcan la diversidad cultural, la cooperación internacional y el desarrollo territorial.
La cultura comenzó a ocupar un lugar central en debates sobre ciudadanía, memoria y cohesión social. La pregunta resulta inevitable al evaluar el riesgo de perder autonomía o desaparecer la institucionalidad lograda.
Un detalle que no pasa desapercibido es la alerta de amenazas a Minculturas en Colombia, tema que Yannai Kadamani anunció que llevó ante la Fiscalía para su investigación.
El tema es que una percepción ciudadana muy extendida limita erróneamente la cultura a festivales, conciertos o simples actividades recreativas. Recientemente, otros sectores reducen el ecosistema artístico únicamente al comercio de bienes y servicios de consumo.
Sin embargo, el trabajo estructural de una institución cultural ocurre habitualmente lejos de los escenarios públicos. Las tareas fundamentales incluyen la protección rigurosa del valioso patrimonio arqueológico, documental y bibliográfico del país.
Las entidades protegen la conservación de archivos históricos y salvaguardan las lenguas y saberes tradicionales nativos. Estas políticas públicas requieren continuidad presupuestal, conocimiento técnico especializado y alta capacidad de coordinación interinstitucional estatal.
En los últimos años, Colombia fortaleció su presencia en escenarios multilaterales de debate global. El país lidera procesos complejos de recuperación de bienes patrimoniales y alianzas internacionales para la circulación de creadores locales.
La experiencia de los países vecinos demuestra que desmontar la institucionalidad resulta alarmantemente sencillo para los gobernantes. Desmantelar una institución requiere un día, pero reconstruir la capacidad estatal para proteger la memoria tarda generaciones.
* Pulzo.com se escribe con Z
LO ÚLTIMO