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Escrito por:  Fabián Ramírez
Subeditor     Abr 4, 2026 - 10:09 am

Detrás de las impactantes imágenes del incendio en el peaje Casablanca, en Cogua (Cundinamarca), se esconde una historia de amor filial y arraigo campesino que hoy tiene de luto a Santander y Bogotá. Los Pereira Garcés no eran solo ocupantes de un Renault Logan vinotinto; eran una familia unida por el deseo de volver a sus raíces en Vado Real, municipio de Suaita, para abrazar a don Daniel, el patriarca de 86 años que los esperaba en su finca de la vereda Simeón.

Don Daniel Pereira y doña Rosalba Garcés criaron a sus seis hijos en el campo santandereano, pero la búsqueda de mejores horizontes los llevó a Bogotá hace más de 30 años. Se establecieron en el barrio Quiroga, en el sur de la capital, donde compartían casa y se apoyaban mutuamente. Sin embargo, el compromiso era inquebrantable: cada Semana Santa, Navidad y Año Nuevo, la carretera los devolvía al calor de su hogar natal.

Este miércoles primero de abril, a las 4:05 de la madrugada, emprendieron el que sería su último viaje. En el vehículo viajaban Fredy León, un reconocido mecánico de motos; su esposa Luz Amanda, la menor de los hermanos; el pequeño Juan Pablo, de apenas 10 años; la abuela Rosalba Garcés y Adelaida, otra de las hermanas. Los acompañaban sus dos perritas, Kiara y otra pequeña mascota, quienes, según relatan familiares, se mostraron inusualmente inquietas durante el trayecto, como si presintieran el horror que se avecinaba.

Mientras el país despertaba con la noticia de un tractocamión cisterna cargado de leche que se había quedado sin frenos embistiendo a 12 vehículos, en el barrio Quiroga la angustia empezaba a carcomer a los parientes. “Comenzamos a llamar a sus teléfonos, pero todos sonaban apagados”, recordó un familiar. Al principio, la esperanza se aferraba a la falta de señal en la carretera, pero a medida que las imágenes de los carros incinerados inundaban las pantallas, el mal presentimiento se volvió insoportable.

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Fue a las 5:37 de la madrugada cuando el destino se ensañó con ellos. Su carro estaba en la punta de la fila del peaje, justo pagando el tiquete, cuando la mole de hierro sin frenos los golpeó de frente. La explosión fue inmediata. Un familiar, incapaz de seguir esperando, viajó hasta el sitio del siniestro en Cogua solo para confirmar la peor de las sospechas: el Logan vinotinto era uno de los vehículos reducidos a cenizas.

La noticia llegó a Suaita a través del hijo que ya había viajado días antes. Fue él quien tuvo la dolorosa tarea de informarle a don Daniel que su esposa, dos de sus hijas, su yerno y su nieto no llegarían nunca a la finca. En Vado Real, la consternación es total. Vecinos como don Reynaldo Ariolfo Suárez recuerdan a los Pereira como “humildes campesinos y trabajadores” que siempre volvían con el mismo deseo de estar en familia.

Hoy, la familia Pereira Garcés espera que Medicina Legal culmine el cotejo de cartas dentales para recibir los restos. El dolor se debate entre darles el último adiós en la Bogotá que los acogió durante tres décadas o en la tierra colorada de Suaita que los vio nacer. Mientras tanto, el país reflexiona sobre la fragilidad de la vida en las carreteras y el vacío irreparable que deja una familia que solo quería llegar a casa para rezar y descansar.

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