Hubo un tiempo, marcado por la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en el que surgió el concepto de coexistencia pacífica. Ante la permanente amenaza de una conflagración bélica abierta entre los bloques liderados por las dos potencias socialista y capitalista se propuso la idea de que era posible que los Estados con sistemas políticos, económicos e ideológicos opuestos pudieran convivir sin ir a la guerra, un escenario apocalíptico por el desarrollo de armas nucleares que, de darse, habría significado la destrucción mutua y el fin de la humanidad.
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El concepto, que no implicaba abandonar la lucha de clases ni reconciliar las diferencias ideológicas profundas entre el comunismo y el capitalismo, fue formulado, impulsado y popularizado por Nikita Jruschov a medidos del siglo pasado. Sus principios básicos eran la renuncia a la guerra como medio para resolver disputas entre sistemas diferentes, la competencia pacífica por demostrar cuál modelo social y económico era más eficaz para atraer a países tercermundistas y evitar a toda costa la injerencia en los asuntos internos de otros países y el respeto a la soberanía nacional.
El paso de los años hizo lo suyo con el concepto, muy usado en derecho internacional, y ahora la ONU le ha dado otros alcances. Para ese organismo, la paz es mucho más que la ausencia de guerra. Es la capacidad de convivir a pesar de las diferencias —hoy no solo políticas, económicas e ideológicas, sino de sexo, raza, idioma, religión o cultura— y defender al mismo tiempo la justicia y los derechos humanos que hacen posible esa convivencia. Es un proceso continuo y un objetivo a largo plazo que exige el cuidado constante, la vigilancia y la participación de todas las personas.
Brasil y Colombia se necesitan mutuamente
Una importante muestra de todo lo anterior la acaban de dar los presidentes de Colombia, Abelardo de la Espriella, y de Brasil, el reelecto Luiz Inácio Lula da Silva. Uno, representante de la ultraderecha que se le atravesó en el camino al progresismo en Colombia que buscaba continuar con su proyecto político; el otro, paradigma de los socialistas en todo el mundo comoquiera que, junto con el líder cubano Fidel Castro, impulsó la creación del denominado Foro de Sao Paulo, una conferencia de partidos y organizaciones políticas de izquierda de América Latina y el Caribe que inspiraría la explosión de gobiernos socialistas de todos los pelambres en la región, desde democráticos hasta totalitarios.
De la Espriella, fiel a sus principios, y como parte de la estrategia que integra con Estados Unidos, apoyó, lo mismo que toda la derecha continental, al candidato Flávio Bolsonaro. Una victoria suya en las elecciones del domingo pasado, presumible por el triunfo que había conseguido sobre Lula da Silva en la primera vuelta, habría significado el golpe más duro para la izquierda en la región, en la que solo hubieran quedado el gobierno de izquierda de México y las dictaduras, también de izquierda, de Cuba, Venezuela y Nicaragua, frente a las cuales se ha reprochado la actitud complaciente de Lula da Silva.
Pero el presidente brasileño consiguió remontar a Bolsonaro y aseguró un cuarto mandato, el segundo consecutivo, en el país más grande de América Latina. El presidente Trump dijo al respecto: “Yo no tomé partido, pero me pareció otra elección amañada. Las elecciones tienen que ser incuestionables, y a mí me pareció que se vio muy mal”. En cambio, De la Espriella fue respetuoso y pragmático: “El presidente Lula y yo tenemos grandes y profundas diferencias políticas e ideológicas, pero coincidimos en algo fundamental: Brasil y Colombia se necesitan mutuamente”, dijo el presidente colombiano.
Y después agregó algo en cuyo espíritu se ve renovado el viejo concepto de coexistencia pacífica: “Ninguna consideración puede anteponerse a los intereses de nuestras naciones. Colombia y Brasil son países hermanos, con enormes desafíos y oportunidades compartidas. Tenemos mucho que hacer y trabajar por el bien de nuestros pueblos. El respeto mutuo, la soberanía y la cooperación deben guiar nuestras relaciones, así como la lucha contra el narcoterrorismo y la minería ilegal, la protección de la Amazonía y el bienestar de nuestros ciudadanos”.
Respuesta auspiciosa de Lula da Silva
En De la Espriella no hubo ánimo pendenciero, retador ni amenazante. Solo el reconocimiento de la existencia de otro diferente. O lo que los latinos llamaban ‘alteritas’. Es decir, de la otredad, un concepto central en la filosofía, la sociología y la antropología porque alude al proceso mental, social y filosófico mediante el cual un grupo define su propia identidad al poner límites frente a quien no comparte su misma cultura, pensamiento o pertenencia. Aunque históricamente se ha usado para segregar o discriminar, en un sentido constructivo la otredad permite aceptar la diversidad, la empatía y la convivencia armoniosa reconociendo al otro con la misma dignidad y derechos.
La respuesta del presidente brasileño a De la Espriella también resulta auspiciosa, pues en ella se vuelve a advertir la idea de coexistencia pacífica. “La voluntad del pueblo es soberana”, escribió en X Lula da Silva. “Ninguna diferencia ideológica debe prevalecer sobre el respeto mutuo. Por ello, trabajemos juntos para impulsar una agenda amplia que beneficie a nuestros pueblos. Estoy plenamente dispuesto a colaborar con Colombia en temas como el desarrollo sostenible, la lucha contra el crimen organizado y la integración económica. Avanzamos”.
Los dos mandatarios hacen que la región respire tranquila. Sin embargo, tienen tareas aún más complejas para aplicar la idea de coexistencia pacífica en lo relativo en las relaciones con los sectores políticos opuestos en sus propios países. Los dos vencieron por estrechos márgenes a sus oponentes: De la Espriella le ganó a Iván Cepeda por escasos 250.000 votos (49.66% contra 48.70%) y Lula da Silva venció a Bolsonaro, se podría decir que también por escasos cuatro millones largos de votos (en un país en donde están habilitadas 158 millones de personas) lo que terminó en unos porcentajes de votación para Lula de 51,79% y para Bolsonaro de 48,21%.
Eso indica que gobiernan países completamente divididos. Sus expresiones de respeto y reconocimiento de la otredad en el ámbito internacional harían mucho bien si tuvieran como objeto también la admisión de los diferentes, de los otros, dentro de sus propias fronteras. El camino está lleno de espinas, pero la forma en que se tratan De la Espriella y Lula da Silva también le da vuelo a la esperanza.
Balance del terremoto, según el presidente
El presidente Abelardo de la Espriella hizo la primera alocución presidencial y allí dio actualización oficial sobre las personas que han muerto, han sido afectadas e hizo otros anuncios sobre lo que hará en el país en los próximos días, superada la primera etapa.
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