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Escrito por:  Fabián Ramírez
Subeditor     Ago 21, 2026 - 8:07 am

A las secuelas físicas y emocionales que dejó el devastador terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país el pasado 10 de agosto, se suma ahora una crisis humanitaria de proporciones críticas que pone a prueba la capacidad de respuesta institucional y la solidaridad ciudadana. Mientras los organismos de socorro avanzan en las labores de remoción de escombros y evaluación de daños estructurales en las zonas más golpeadas por el movimiento telúrico, en los puntos de acopio y distribución de asistencia se encendieron las alarmas ante un doble problema logístico: por un lado, miles de damnificados se niegan rotundamente a abandonar los alrededores de sus propiedades destruidas o colapsadas por temor a ser víctimas de saqueos; por el otro, las despensas de alimentos están a punto de vaciarse por completo.

La situación en la capital de Risaralda refleja el drama que enfrentan las administraciones locales y los gremios encargados de coordinar la ayuda de emergencia. De acuerdo con las advertencias lanzadas en las últimas horas, la capacidad de respuesta alimentaria ha llegado a un punto límite que amenaza con dejar en absoluta desprotección a cientos de familias que lo perdieron todo.

La alerta fue emitida de manera contundente por Laura Maldonado, representante de la Sociedad de Mejoras de Pereira y de ProRisaralda, quien detalló a través de los micrófonos de Blu Radio la gravedad del escenario de desabastecimiento que se cierne sobre la subregión: “Los mercados, la asistencia alimentaria, se está acabando, entre hoy y mañana el stock en Pereira podría acabarse. Un mercado le dura a una familia 4 días y ya hoy muchas están desprotegidas otra vez. Les pedimos a todos los ciudadanos que nos ayuden con mercados y elementos de aseo. El aceite, el azúcar, la panela, la sal, los granos, enlatados, pañales para adultos y bebés”.

Este panorama de escasez inminente choca frontalmente con la compleja realidad de seguridad que se vive en las calles de los sectores afectados. Las autoridades locales han constatado que una parte considerable de los sobrevivientes prefiere pernoctar a la intemperie, soportando las inclemencias del clima y el riesgo estructural de las edificaciones aledañas, con el único propósito de custodiar sus enseres y propiedades frente a la delincuencia común. Esta negativa a trasladarse a albergues temporales oficiales complica la entrega eficiente de las raciones de comida y los kits de aseo, obligando a los brigadistas y voluntarios a redoblar esfuerzos para llegar puerta a puerta hasta los sitios donde la ciudadanía monta guardia improvisada.

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Ante la urgencia expuesta por los gremios y las organizaciones cívicas, el llamado se extiende a todo el sector productivo y a la ciudadanía en general para activar una gran cadena de apoyo que permita reabastecer los centros de acopio antes de que el stock llegue a cero. 

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La conmovedora historia de las trillizas Ana María, Isabella y Sofía Saavedra Caicedo, una familia de Cali que quedó atrapada entre los escombros tras el fuerte sismo del 10 de agosto. Las tres hermanas, de 23 años, se encontraban junto a sus padres, Jairo Saavedra y Victoria Caicedo, cuando la estructura donde vivían colapsó.

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