“En el hipotético caso de que las encuestas acierten e Iván Duque gane la presidencia, no hay muchos motivos para creer que este novel político sea capaz de rebelarse contra Álvaro Uribe, su protector y promotor”, comienza por advertir Vladdo en El Tiempo, y señala que quienes esperan que algo así ocurra dejan de lado las “profundas diferencias [entre Duque y Santos] de origen, estilo y temperamento, a las cuales hay que sumar el factor de la supervivencia política”.

Por ejemplo, subraya que “el dócil temperamento” de Duque lo ha llevado a “impostar cada vez más la voz en sus discursos y entrevistas”, y se evidencia su “permanente estado de subordinación que no se ha preocupado por disimular”.

Como prueba de la sumisión de Duque a Uribe, Vladdo cita un discurso del candidato en marzo pasado, en Medellín, en el que “se derritió en elogios con su patrón”. Según Vladdo, Duque dijo, imitando “el estilo campechano de su tutor”: “Me siento orgulloso de estar en este escenario con el gran colombiano, el presidente eterno de nuestro afecto Álvaro Uribe Vélez”.

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“Su actitud es comprensible si se tiene en cuenta que todo se lo debe a Uribe, y él no tiene pinta de ser un muchacho ingrato”, continúa el columnista. “Duque sabe que si no fuera por el expresidente, él no habría sido congresista ni mucho menos se habría convertido en precoz candidato presidencial con posibilidades reales de acceder a la Casa de Nariño. […] Sin la mano ni el favor de Uribe, Iván no sería más que un buen prospecto de ministro o quizás un inquieto y simpático funcionario de algún organismo internacional”.

Añade Vladdo en el perfil que hace del candidato uribista que él debe ser muy consciente de que, “por muy presidente que llegue a ser, un enfrentamiento con su benefactor sería casi lo mismo que un suicidio. Sobre todo después de ver lo que le ha pasado a Santos por apartarse de la disciplina de perros que el expresidente pretendió imponerle”.

Una idea similar sobre Duque expone Cristina de la Torre en El Espectador. “Será joven, pero de ideas caducas”, dice, y lo acusa no solo de suscribir “el neoconservadurismo que en tiempos de Thatcher-Reagan fue moda y hace estragos todavía, sino, peor aún, el modelo agrario más retardatario y violento que su partido defiende sin escrúpulos”.

Para esta columnista, Duque, además de “anacrónico” es “temible”, y lo cataloga como “dúctil cera en manos del jefe [Uribe] que se prepara para una tercera Presidencia, [y es de] de venganzas ejemplarizantes y apetitos de guerra”.

“¿Se precia Duque de liberal, de juvenil esperanza de la patria?”, pregunta De la Torre, y responde contundente: “No lo es. Por convicción y por ser ‘el que es’, extraído del cubilete del Divino [Uribe] para que cumpla desde Palacio sus designios. […] Condensa en estado casi puro un proyecto de potente tacada reaccionaria. Si gana, impondrá el peso muerto, ominoso del pasado que las fuerzas más oscuras querrán contraponer a los anhelos de cambio cuando el país daba pasos ciertos hacia la paz”.

Aura Lucía Mera, en cambio, hace otro tipo de ejercicio en El País, de Cali, y compara a Duque con Gustavo Petro, y a los dos los califica como “extremos de la misma cuerda”, porque “lo que están pretendiendo, sin ningún sentido de Patria, es promover el miedo y devolver a Colombia a la caverna clientelista y de ultraderecha, manipulado todo por la mano negra y tenebrosa de Uribe, José Obdulio, Ordóñez y empresarios que solo piensan en su bolsillo”.

Hace una semana, Marc Hofstetter también escribió una columna en La República en la que hace un recuento de cómo en campaña se muestra una imagen renovadora de Duque, “que refrescará las ideas en la política”, aunque su discurso revele una vuelta al pasado en aspectos como la guerra contra las drogas y el embarazo adolescente (“de los mismos creadores de ‘aplazar el gustico’”).

Tampoco cree Hofstetter que Duque, como dicen, sea el que ataje a Petro, porque si lo lograra en estas elecciones, “un gobierno con talante de extrema derecha sería la plataforma perfecta para catapultar a Petro en 2022”.

“Queda la esperanza de que si fuera elegido en lugar de dar un giro en U hacia el siglo XIX […], dé un manotazo en la mesa y rompa con tanta atadura gris que ha rodeado ese entorno, como lo hizo Santos al comienzo de su gobierno”, termina Hofstetter en una tesis similar a la de Vladdo. “Pero luce improbable: por un lado no tendría el músculo para gobernar sin ese entorno y por otro, el que es [Duque] parece desde la distancia una persona leal”.