Oct 24, 2026 - 11:56 am

Conectar el cerebro humano con un celular, una computadora e incluso sistemas de inteligencia artificial podría dejar de ser una idea de ciencia ficción en menos de 10 años. Esa es la previsión de Rajesh Rao, neurocientífico de la Universidad de Washington, en Estados Unidos, quien considera que las interfaces cerebro-computadora podrían llegar a tener aplicaciones cotidianas durante la próxima década.

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El avance abriría nuevas posibilidades para la interacción entre las personas y la tecnología. Sin embargo, también pondría sobre la mesa preguntas sobre la protección de la información cerebral, los riesgos para la salud y los límites éticos de intervenir directamente en el funcionamiento del cerebro.

Según compartió Rao, codirector del Centro de Neurotecnología de esa universidad, durante la quinta Conferencia Internacional de Inferencia Activa (IWAI), se ha trabajado en el desarrollo de sistemas que permiten procesar señales cerebrales para convertirlas en instrucciones que una computadora pueda interpretar.

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Estas interfaces, conocidas como BCI por sus siglas en inglés, buscan que una persona pueda controlar determinados dispositivos sin necesidad de utilizar las manos o recurrir a comandos de voz. Aunque ya existen avances experimentales, la posibilidad de que esta tecnología se integre de manera habitual a los celulares todavía depende de superar importantes desafíos científicos y técnicos.

¿Para qué serviría conectar el cerebro con dispositivos electrónicos?

Uno de los principales beneficios estaría relacionado con la salud. Las interfaces cerebro-computadora podrían ayudar a personas con parálisis a comunicarse, manejar dispositivos electrónicos o controlar prótesis mediante señales neuronales.

También existen investigaciones orientadas a recuperar funciones sensoriales, como la visión, a través de tecnologías que interactúan con el sistema nervioso. No obstante, estas aplicaciones tienen distintos niveles de desarrollo y no significa que cualquier persona pueda recuperar la vista o controlar un celular con el pensamiento en la actualidad.

Otro de los objetivos de estas investigaciones sería ampliar ciertas capacidades humanas y facilitar la comunicación entre las personas y los sistemas de inteligencia artificial. En ese escenario, algunas tareas podrían ejecutarse a partir de señales cerebrales interpretadas por un dispositivo, sin depender exclusivamente de una pantalla táctil o un teclado.

Un antecedente es BrainNet, un sistema experimental asociado con las investigaciones de Rao y su equipo que permitió a varias personas intercambiar información mediante señales cerebrales procesadas por una computadora. El experimento demostró que era posible transmitir instrucciones sencillas entre participantes, pero no equivale a leer libremente los pensamientos ni a establecer una comunicación telepática como la que aparece en las películas.

Los riesgos para la salud y la privacidad del cerebro

Uno de los asuntos que deberán resolverse antes de extender esta tecnología es la seguridad médica. No todas las interfaces funcionan de la misma manera: algunas utilizan sensores externos para registrar la actividad cerebral, mientras que otras requieren electrodos o implantes que pueden implicar procedimientos quirúrgicos y riesgos asociados.

Por eso, será necesario evaluar la seguridad de cada sistema, sus posibles efectos a largo plazo y las consecuencias de utilizar dispositivos que interactúan directamente con el cerebro. La predicción de una conexión cotidiana en menos de una década no significa que esos riesgos ya estén resueltos.

La privacidad también sería un punto crítico. Las señales cerebrales y la información que se obtiene al interpretarlas podrían convertirse en datos especialmente sensibles. Si estos sistemas se conectan a celulares, plataformas digitales o servicios de inteligencia artificial, será fundamental establecer quién puede acceder a esa información, cómo se almacena y para qué puede utilizarse.

Además, surgirían interrogantes sobre la seguridad informática. Un acceso no autorizado a los datos o una interpretación equivocada de las señales podría tener consecuencias importantes, especialmente si la tecnología se utiliza para controlar dispositivos o apoyar decisiones médicas.

Imagen de referencia / Grok - IA
Imagen de referencia / Grok - IA

Los dilemas éticos que abriría esta tecnología

El neurocientífico también ha señalado la necesidad de contar con lineamientos éticos y mecanismos de supervisión de los gobiernos para gestionar los riesgos de estas herramientas, especialmente ante su posible integración con la inteligencia artificial.

Uno de los debates sería determinar hasta dónde es aceptable intervenir en las capacidades humanas. Mientras que recuperar funciones perdidas puede representar una oportunidad para mejorar la calidad de vida, utilizar estas interfaces para potenciar el rendimiento cognitivo podría abrir discusiones sobre la desigualdad en el acceso y las ventajas que tendrían quienes puedan pagar por ellas.

También sería necesario garantizar que las personas comprendan los riesgos antes de utilizar estos dispositivos y que conserven el control sobre sus decisiones. En entornos laborales, educativos o médicos, por ejemplo, habría que establecer límites para evitar que alguien sea presionado a utilizar una interfaz cerebral para cumplir determinadas exigencias.

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Por ahora, el horizonte de menos de 10 años planteado por Rao debe entenderse como una previsión, no como una fecha garantizada. El desafío no será únicamente conseguir que el cerebro se comunique con un celular, sino establecer reglas para que esa conexión sea segura, respete la autonomía de las personas y proteja uno de los ámbitos más íntimos del ser humano: su actividad mental.

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