En marzo de 1989, Mark Kilroy viajó a México con tres amigos para disfrutar de las vacaciones universitarias. Lo que comenzó como un viaje de fiesta terminó en una desaparición que conmocionó a Estados Unidos y México, y que puso al descubierto una serie de crímenes atribuidos a un grupo conocido por la prensa como los narcosatánicos.
La investigación reveló la existencia de una organización que, según las autoridades, estaba vinculada con narcotraficantes y practicaba rituales con los que prometía protección frente a las balas, la Policía y sus enemigos. Sin embargo, el caso también dejó preguntas sobre el número real de víctimas, los posibles beneficiarios de esas prácticas y el papel de cada uno de los implicados.
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Mark Kilroy desapareció durante una noche de fiesta en Matamoros
Mark Kilroy nació en Chicago y creció en Santa Fe, Texas. Tenía 21 años, se destacaba por sus buenas calificaciones y jugaba baloncesto durante su etapa escolar. Para 1989 estudiaba en la Universidad de Texas, en Austin, y se preparaba para ingresar a la carrera de Medicina.
Durante las vacaciones de primavera, conocidas como Spring Break, viajó con tres amigos a Isla del Padre Sur. Como hacían numerosos estudiantes y turistas, el grupo cruzó la frontera hacia Matamoros, México, para visitar los bares y disfrutar de la vida nocturna.
La madrugada del 14 de marzo, cuando los jóvenes se preparaban para regresar, Kilroy desapareció en una calle concurrida. De acuerdo con los relatos recogidos durante la investigación, uno de sus amigos se apartó por un momento y, al regresar, ya no lo encontró.
Uno de los acompañantes recordaría que un hombre con una cicatriz en el rostro se había acercado a hablar con Kilroy. No hubo una pelea que alertara a quienes estaban alrededor ni una explicación inmediata sobre lo ocurrido.
Sus padres, James y Helen Kilroy, viajaron a la zona para buscarlo. Distribuyeron más de 20.000 volantes con su fotografía a ambos lados de la frontera y ofrecieron una recompensa de 15.000 dólares. La relación familiar con un funcionario del Servicio de Aduanas de Estados Unidos también contribuyó a mantener la atención sobre el caso. Pese a los esfuerzos, durante varios días no hubo noticias sobre el paradero del estudiante.
Un retén policial condujo a las autoridades hasta el rancho Santa Elena
La investigación tomó un rumbo decisivo el 1 de abril de 1989, cuando una camioneta pasó por un retén policial sin detenerse. Según las versiones difundidas por la prensa, el conductor parecía actuar bajo la creencia de que los agentes no podían verlo.
El hombre fue identificado como Serafín Hernández García, sobrino de un integrante de una familia vinculada al narcotráfico en la región. Los policías lo siguieron hasta el rancho Santa Elena, ubicado en las afueras de Matamoros, cerca de la frontera con Estados Unidos.
Tras obtener autorización para ingresar, las autoridades encontraron marihuana, armas y un cobertizo con objetos relacionados con prácticas rituales. En el operativo fueron detenidos Serafín Hernández, su tío Elio Hernández y otros hombres.
La investigación dio un giro cuando el cuidador del rancho reconoció a Mark Kilroy en una de las fotografías que los agentes habían llevado consigo. A partir de los testimonios de los detenidos, las autoridades regresaron al lugar. El 11 de abril, durante las excavaciones, encontraron más de una docena de cuerpos enterrados en el terreno. Entre ellos estaba el del estudiante estadounidense.
El hallazgo confirmó el desenlace que la familia de Kilroy temía y convirtió la desaparición en un caso criminal de gran repercusión internacional.
Adolfo de Jesús Constanzo, el hombre que prometía protección a los narcotraficantes
Las declaraciones de los detenidos apuntaron hacia Adolfo de Jesús Constanzo, señalado como el principal responsable del grupo.
Constanzo nació en Miami en 1962, era hijo de una inmigrante cubana y, durante su infancia, fue monaguillo católico. En su juventud se acercó al Palo Mayombe, una tradición religiosa afrocubana. Durante la década de 1980 se instaló en Ciudad de México, donde comenzó a ofrecer lecturas de cartas, limpias y otros rituales.
Con el tiempo, según las investigaciones, su clientela incluyó a personas adineradas, narcotraficantes y presuntos integrantes de las fuerzas de seguridad que buscaban protección para sus actividades.
Constanzo les habría prometido que sus rituales los volverían prácticamente intocables: que las balas no los alcanzarían y que las autoridades no podrían encontrarlos.
Esa creencia habría influido en el comportamiento de algunos miembros del grupo. La investigación también sostuvo que Constanzo solicitó a sus seguidores conseguir a un joven estadounidense para un ritual. Según esa versión, Kilroy habría sido elegido porque cumplía con las características que buscaban, sin que existiera una relación previa entre él y sus captores.
La hipótesis de los investigadores situó así la desaparición del estudiante dentro de un sistema en el que se combinaban actividades criminales, creencias religiosas y promesas de poder sobrenatural.
Sara Alderete, la mujer señalada como la segunda al mando
Otra figura central fue Sara Alderete, de 24 años, nacida en Matamoros y estudiante de educación física en una institución universitaria de Brownsville, Texas.
De acuerdo con los investigadores, Alderete desempeñaba un papel importante dentro del grupo y participaba en el reclutamiento de nuevos integrantes. Para sus compañeros de estudio, llevaba una vida aparentemente convencional y aspiraba a convertirse en profesora.
Las autoridades la señalaron como una de las personas clave de la organización, aunque ella negó haber participado en los asesinatos y afirmó que desconocía lo que sucedía en el rancho.
Cuando la Policía llegó a Santa Elena, Constanzo y Alderete ya habían huido a Ciudad de México. La búsqueda del hombre señalado como líder se extendió durante varias semanas, mientras su nombre adquiría notoriedad nacional e internacional.
El tiroteo en Ciudad de México y la muerte de Constanzo
El 6 de mayo de 1989, la Policía llegó a un edificio de la calle Río Sena, en la colonia Cuauhtémoc, en Ciudad de México. Según las versiones publicadas sobre el operativo, los agentes se encontraban en la zona por otro motivo y no habían acudido inicialmente a buscar a Constanzo en ese inmueble.
Al percatarse de la presencia policial, Constanzo habría creído que iban tras él y comenzó a disparar desde una ventana. Se desató un tiroteo que, según los relatos del caso, se prolongó durante casi una hora.
Al verse acorralado, Constanzo habría ordenado a uno de sus seguidores, Álvaro de León, conocido como el Duby, que lo matara a él y a Martín Quintana, otro integrante del grupo. De León obedeció la orden y Constanzo murió por un disparo.
La muerte de Constanzo puso fin a la búsqueda del hombre señalado como líder de la organización, pero no cerró todas las preguntas sobre los crímenes ni sobre las personas que, presuntamente, acudían a él en busca de protección.
¿Por qué se les llamó los ‘narcosatánicos’?
El nombre con el que la prensa popularizó el caso también ha sido objeto de cuestionamientos. Aunque los medios utilizaron el término narcosatánicos, las prácticas atribuidas a Constanzo no correspondían necesariamente al satanismo. Las investigaciones y análisis posteriores las han descrito como una combinación particular de elementos del Palo Mayombe y otras creencias.
La etiqueta pudo contribuir a que el caso se interpretara desde el temor y el sensacionalismo de la época, en lugar de distinguir entre las tradiciones religiosas involucradas y los delitos que se investigaban.
La cuestión central para las autoridades no era la existencia de una religión, sino el uso que presuntamente se hizo de determinados rituales para justificar o acompañar actos criminales.
Las preguntas que siguen rodeando el caso
A pesar de las detenciones y las condenas, varios aspectos de la investigación quedaron sin una respuesta definitiva. El número de víctimas. En el rancho Santa Elena se encontraron más de una docena de cuerpos. Sin embargo, las autoridades también relacionaron al grupo con otros homicidios ocurridos en Ciudad de México entre 1987 y 1989. Las cifras difundidas por distintas fuentes varían, por lo que no existe un número único y definitivo ampliamente establecido.
Los clientes de Constanzo. Las investigaciones señalaron que entre sus clientes había personas con recursos económicos, presuntos narcotraficantes y posibles funcionarios corruptos. No obstante, la identidad y el alcance de la participación de todos esos supuestos clientes no quedaron completamente esclarecidos en las versiones disponibles del caso.
Los prófugos. Ovidio Hernández García y Manlio Fabio Ponce Torres fueron señalados como sospechosos que permanecieron prófugos durante años, según los relatos periodísticos sobre la investigación.
El papel de Sara Alderete. Aunque negó su participación en los asesinatos, los tribunales la condenaron por su relación con los crímenes. Su versión sobre el grado de conocimiento que tenía de las actividades del grupo ha sido uno de los puntos controvertidos del caso.
Las condenas por los asesinatos de Matamoros
En 1994, Sara Alderete fue condenada a 62 años de prisión. Elio Hernández, Serafín Hernández y otros dos integrantes recibieron inicialmente penas de 67 años, que posteriormente fueron reducidas a 50 años, según las versiones periodísticas citadas en el relato del caso.
Elio Hernández murió en prisión. Álvaro de León, el Duby, también fue condenado por su participación en los hechos y, de acuerdo con la información difundida en 2024, recibió una pena de 30 años.
En cuanto a Alderete, reportes de prensa mexicana la situaban en un centro penitenciario femenino de Ciudad de México. También se ha señalado que las autoridades estadounidenses mantienen interés en juzgarla por el asesinato de Mark Kilroy.
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Tras la muerte de su hijo, James y Helen Kilroy impulsaron una fundación con su nombre dedicada a prevenir el consumo de drogas entre los jóvenes. Durante años, sus padres insistieron en un consejo dirigido a quienes viajaban de vacaciones: permanecer junto al grupo y no separarse de sus acompañantes.
La historia de Mark Kilroy comenzó con un viaje universitario y una noche de fiesta. Su desaparición condujo a las autoridades hasta un rancho donde salieron a la luz numerosos asesinatos y una organización que, según la investigación, utilizaba rituales para ofrecer una supuesta protección a sus integrantes y clientes.
Paradójicamente, la creencia de que la Policía no podía verlos habría contribuido a que los investigadores llegaran hasta ellos.
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