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Escrito por:  Óskar Ortiz
Redactor y estratega SEO     Sep 10, 2026 - 5:46 pm

El terremoto del pasado 10 de agosto en Colombia enseñó que el luto no siempre se viste de negro y que el dolor no necesariamente está cargado de lágrimas. La salud mental de los damnificados es un tema del que poco se ha hablado.

La pérdida de una vivienda no es solo un factor material, sino que está enmarcado por el adiós a una vida que en ella estaba envuelta y que se convierte en un golpe radical. El corazón se desmorona como las edificaciones que caen ladrillo a ladrillo.

“Quedan una gran cantidad de heridas emocionales abiertas en las personas que tienen que enfrentar el devastador resultado de esta tragedia”, indicó el psicólogo clínico Sergio Varón a Pulzo.

Ante este panorama, explicó que las intervenciones psicológicas suelen tener una hoja de ruta marcada por las fases del duelo de Elisabeth Kübler-Ross. Estas son:

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  • La negación, que se puede entender como una respuesta adaptativa para que el impacto inicial del dolor pueda ser parcialmente “acolchonado”.
  • La ira, que es ese enojo que tiende a manifestarse cuando la realidad de la tragedia se impone ante la negación.
  • La negociación, que consiste en escenarios mentales que surgen del choque entre el dolor y potenciales arrepentimientos, pensando en qué se había podido hacer diferente para evitar lo sucedido.
  • La depresión, que no hace referencia al diagnóstico clínico, sino al impacto de los hechos frente a la ausencia definitiva de lo que se perdió y no se puede recuperar.
  • La aceptación, que se configura cuando el dolor le abre espacio a la realidad de lo que sucedió.

Varón aclaró que a pesar de todo, con el paso del tiempo, estas 5 fases han sido sometidas a nuevas perspectivas que amplían el transito de un duelo en favor de las variantes que subyacen del momento bio-psico-social de cada persona.

En primer lugar, está la posibilidad de asumir que las 5 fases no tienen un orden específico, sino que, de acuerdo a cada persona, pueden manifestarse en desorden.

“Esta apertura ha dado lugar a nuevos postulados, entre los que están el modelo de ‘Crecer alrededor del dolor’, planteado por Louis Tonkin a mediados de los 90s y que es con el que más me identifico como psicólogo. El principio de esta forma de entender el duelo parte de asumir que el tiempo no cura el dolor, es más, Tonkin sugiere que ese dolor como tal nunca muere realmente, lo cual puede llegar a ser debatible”, indicó.

El mencionado modelo propone tres etapas:

  • En la primera se asume que el dolor es demasiado fuerte para obviarlo o para evitarlo.
  • En la segunda, la decisión de sanar lleva a la persona a desarrollarse más allá de ese dolor, tomando decisiones que abran puertas y posibilidades nuevas.
  • La última etapa, es el resultado de la segunda, en donde esas decisiones ya traen nuevas realidades que disminuyen ostensiblemente el impacto del dolor inicial, en otras palabras, lo logrado a partir del dolor inicial hace que ese dolor se sienta mucho más pequeño en la vida de la persona.

En ese sentido, también parece pertinente apuntar al síndrome del sobreviviente, condición psicológica en la que una persona experimenta sentimientos profundos de culpa, remordimiento y malestar emocional luego haber superado una situación de peligro, trauma o pérdida masiva en la que otras personas fallecieron o resultaron gravemente afectadas.

Allí, frases como “al menos están vivos” o “solo son pérdidas materiales” se catapultan en revictimizantes, a pesar de que el luto por la pérdida de la vivienda en el terremoto merece un espacio que se debe respetar.

Esto sucede con frecuencia en los damnificados de estratos 4, 5 y 6, quienes reciben este tipo de comentarios por su condición económica, sin entender que en realidad luego de una tragedia todos necesitan apoyo, más emocional.

Incluso, hay otros efectos que después del terremoto pueden aparecer taquicardia, respiración acelerada, tensión muscular, temblor e incluso una respuesta de bloqueo. Por eso, durante una emergencia algunas personas corren, otras se paralizan y otras consiguen actuar de manera organizada.

“Después de un evento traumático como un terremoto, el cerebro puede permanecer en un estado de alerta permanente. La persona no solamente enfrenta el miedo que vivió durante el sismo, sino también sus consecuencias: pérdidas familiares, daños materiales, desplazamiento y temor a que el evento vuelva a ocurrir”, indicó Ana María Carrillo, vocera de salud mental de VYRA IPS.

La especialista aclaró que durante los primeros días pueden presentarse miedo, dificultad para dormir, irritabilidad, sensación de inseguridad, pensamientos repetitivos y ansiedad.

Estas respuestas requieren atención cuando son intensas, persisten, impiden desarrollar las actividades habituales o aparecen expresiones de desesperanza o pensamientos relacionados con hacerse daño.

Si bien esto no es una generalidad, parece útil poner el tema sobre la mesa, pues muchas veces se espera que los damnificados sigan su vida con normalidad, pero su realidad está marcada por heridas que tardan en sanar en medio de un ‘salsipuedes’ del que muy poco se habla.

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