Se le paraba durísimo y me asfixiaba con destreza.

El día antes de mi cumpleaños me llevó al festival BDSM (Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo) que se celebró en Bogotá en mayo. Todo me gustaba, aunque había ido a prostíbulos y me había enamorado de varias mujeres ahí, esta era la primera vez que veía gente que desfilaba con poquísima ropa y se sentía feliz de ser admirada y expuesta sin cobrar. Genuinamente les generaba placer estar ahí, perteneciendo a una manada fanática del cuero, las cadenas y las fustas.

Había un hombre con los cuadritos marcados, altísimo, que andaba en 4 con una cadena y una mujer, que medía como 1.50 cm, con unas botas de charol que lo paseaba. 3 chicas: Samanta, La Princesa Clara y el gato Velén que se hacían llamar ‘Pelonia no solo vendían calzones con el culo destapado, sino que tenían toda una gama de objetos de madera y cuero para azotar los traseros que quedaban al aire con su ropa interior. Y no dudaban en hacer demostraciones con sus productos.

Pero mi show central en ese festival era ella, ‘Lady Zunga’, un travesti que sabía amarrar y suspender como yo no había visto nunca. Un culo redondo y grande forrado en un vestidito de látex rojo, donde trataba exitosamente de ocultar su pene y mostrar sus atributos tan bien trabajados. Un corsé transparente, hecho por ella, que le marcaba una cinturita que nada le envidiaba a las reinas de belleza. Yo quedé fascinada, no podía dejar de mirarla, tenía el coño mojado y quería cumplir mi fantasía de follar con un unicornio que lo tuviera todo: un par de tetas y un pito grande y duro. Obvio, como esto es de la vida real, no pasó. Ella solo quería jugar.

Con el tiempo fui conociendo las prácticas, me entrevistaron en una silla con un reflector en la cara para ver si cumplía con los requisitos para ir a una ‘Play Party’, conseguí un cuidador para que me enseñara y así poder cumplir muchas fantasías como que me violaran con permiso, follar en público, ser un objeto y que me prestara…

Me gusta jugar, ser todas y ser libre, sin embargo; necesitaba sentirme protegida. Probé muchos besos, muchas caricias de manos que no vi. La sensación de sentirme usada me calentaba y la idea de ser penetrada por un desconocido muy conocido me hacía temblar.

Y aunque el BDSM es sexo más allá del “mete y saca”, como asegura Severina (pionero en el BDSM en Colombia), a mí solo me gustaba jugar si terminaba debajo, encima o en 4 con un hombre con pito duro rompiéndome de la forma más contundente que pudiera. De esa experiencia aprendí a juzgar menos y a tener sexo sucio, como debe ser.

Muchas personas creen que todos estos juegos son machistas y que el abuso hacia las mujeres se promueve desde estas prácticas, pero en mi experiencia no hay nada más respetado que la palabra de seguridad, o un NO.

Esta comunidad tiene muchas normas que cuidan y velan por la protección y resguardo de las personas que juegan y cumplen sus fantasías, son enfáticas en que las prácticas deben ser sanas, seguras y consensuadas. Claro, seguro hay gente por ahí que no sabe nada de esto, o no le importa, y terminan hombres y mujeres maltratadores haciendo del juego una tortura, de las experiencias traumas y claro, el desconocimiento hace estos infractores del placer hagan que los tilden a todos de violadores y aberrados.

Estoy en contra del maltrato, de las violaciones, de la discriminación y de que juzguen sin conocer (y conociendo). Aquí sigo siendo Anadeuna y considero muy importante no confundir los gustos consensuados con los abusos.

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Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía…

 

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