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Escrito por:  Fredy Moreno
Editor jefe     Ago 18, 2026 - 8:18 am

Con ocasión del desastre provocado por el terremoto de hace ocho días, el presidente Abelardo de la Espriella pronunció este domingo 17 de agosto un discurso en el que ofreció el balance más actualizado de la tragedia y las medidas para enfrentarla. Pero también, sin mencionar una sola palabra al respecto, comunicó que está empeñado en reconstruir una institución que estaba devastada, aunque no por efectos del sismo: la figura del presidente de la República.

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Para empezar, transmitió la idea de que está decidido a honrar lo que les manda el Artículo 188 de la Constitución a todos los ciudadanos que logran llegar a la primera magistratura del país: ser símbolo de la unidad de la nación. Invocó esa idea al asegurar varias veces que el país será reconstruido entre todos, sin distingos políticos o de ideología. Y proclamó su liderazgo único para emprender la titánica tarea.

Nuestro deber ante la adversidad es enfrentarla y unir al país bajo una premisa clara y contundente: la patria la reconstruimos juntos”, dijo al respecto. “Aquí no hay colores políticos, aquí no hay ideología. […] Este no es un esfuerzo del gobierno, solamente es el esfuerzo de toda la Patria unida. Queridos compatriotas, todos debemos poner, porque la Patria la construimos entre todos”.

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Sin vociferar, sin el filo de una espada

El país también sigue viendo a un presidente que cuando cumple el formalismo de dirigirse a la nación en el formato de alocución presidencial, todo un ritual de las democracias y una de las piezas más claves de la comunicación política (que no se reduce a las intervenciones de los candidatos en campaña), luce bien puesto, centrado, y vestido de traje impecable, esta vez con corbata negra en señal de luto por los centenares de víctimas fatales que dejó el sismo, los miles de heridos, los dolorosos desaparecidos y todas las familias.

Para satisfacer el requisito de mostrarse seguro de sí mismo y con todas las variables de la situación bajo su control, habló enérgico, claro y empoderado. No tuvo necesidad de vociferar hasta el punto de que las comisuras de los labios se le llenaran de saliva o de parecer fuera de sí mismo. No se recostó sobre el atril con aire de sobradez, y menos aún tuvo que mostrarse amenazante con cualquier objeto que pudiera blandir en sus manos.

No apeló al filo de una espada, sino al de su mano, el borde externo o lateral que se extiende desde la base de la muñeca hasta la punta del dedo meñique al que también se le llama canto. Lo dirigió a la cámara, es decir, al público, porque sabe que hablar con la mano extendida así, en el lenguaje no verbal, simboliza control, precisión y delimitación de ideas. Ese ademán actúa como una barrera o corte visual que busca ordenar el discurso, marcar límites firmes o enfatizar un argumento lógico con autoridad. En un sentido similar, De la Espriella también usó el dedo índice.

La mano así, con el filo contra el aire de forma controlada, también significa una advertencia sobria, una línea que traza el hablante para fijar sus puntos innegociables. De esa manera, entre otros momentos, profirió la única amenaza en su discurso dirigida a los corruptos que pretendan apropiarse de los recursos destinados a paliar los padecimientos de las víctimas y a la reconstrucción. “No hay en mi gobierno tolerancia alguna con la corrupción. El que se atreva a tocar un peso de eso, se las verá conmigo directamente”, advirtió el jefe de Estado. “El que le meta la mano a la plata pública será castigado con severidad, como corresponde. Les advierto, absténganse de hacerlo. No lo voy a permitir”.

Las formas importan en la comunicación política

Su tono fue firme, pero muy diferente al más emotivo que lo caracterizó en campaña. De la Espriella no se quedó como candidato buscando votos ni tratando de mantener seducidos a sus seguidores o de convencer a los indecisos. Busca, como mandatario, unir al país en torno al reto que le impuso la naturaleza, y hacerlo con autoridad, pero sin infundir miedo, sin exacerbar odios ni resentimientos, sin agitar banderas que evoquen violencia y que son diferentes al pabellón nacional. “Hay una sola bandera y es la bandera de Colombia”, dijo.

En lo relativo al contenido de su discurso, De la Espriella satisfizo los requerimientos básicos de ese tipo de intervenciones. Fue claro, conciso, ordenado y directo al punto. Requirió de poco menos de 20 minutos para expresarle a Colombia, sin retórica ni demagogia, su pesar, ofrecer un balance actualizado y dedicado solo a las víctimas, contar qué es lo que están haciendo él y sus ministros, y agradecer a los países que han enviado ayudas, a los organismos multilaterales y a todas las personas de los más diversos orígenes que han brindado su apoyo en la emergencia.

No elucubró, es decir, no elaboró una divagación complicada y con apariencia de profundidad o erudición, ni se perdió en digresiones que lo pudieran llevar hasta el cosmos, o más allá, incluso hasta las gestas libertarias de Simón Bolívar, con las complicaciones que eso conlleva para retornar al plano terrenal en donde realmente está el problema que hay que resolver. Esa manera de expresarse indica que es un líder ejecutivo que privilegia la acción a la locuacidad, y con el rigor de los datos verificables, no basado en cifras lanzadas sin sustento con el único propósito de desinformar para manipular. “Mi Gobierno solo comunicará datos debidamente consolidados”, anunció.

El análisis del discurso de De la Espriella también debe hacer una parada en la manera en que se refiere a su esposa, la primera dama Ana Lucía Pineda. Respetuoso, afectivo, el presidente le reconoce en público su gestión en la tragedia. Otro poderoso mensaje que indefectiblemente hace parte de la comunicación política que recibe el país, y que le indica que está gobernado por una persona estable, un padre y esposo amoroso y respetuoso de la mujer que lo acompaña desde hace varios años y es la madre de sus hijos. “Gracias por tanto, vida mía”, le dijo el mandatario, en una expresión que no es común en este tipo de intervenciones.

En política, las formas (o, si se quiere, las apariencias) importan, y uno de los primeros en valorarlo fue el general y político romano Julio César que, para justificar la separación de su esposa, Pompeya, afirmó que las personas que lo rodeaban no solo debían ser honestas, sino también evitar cualquier sospecha o mala apariencia. Lo resumió en la célebre frase “la mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo”, que ha trascendido y en la actualidad se usa en política para significar que los líderes y figuras públicas deben actuar siempre de forma correcta, pero también deben cuidar su imagen.

Es claro que De la Espriella lo hace. No aparece ante las cámaras desaliñado, descuidado. Con su preocupación por las formas, por las que corresponden a la figura de un presidente de la República, busca reconstruir esa institución que sufrió daños severos como si la hubiera sacudido un terremoto.

Balance del terremoto, según el presidente

El presidente Abelardo de la Espriella hizo la primera alocución presidencial y allí dio actualización oficial sobre las personas que han muerto, han sido afectadas e hizo otros anuncios sobre lo que hará en el país en los próximos días, superada la primera etapa.

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