La Avenida El Dorado (calle 26), uno de los corredores viales más importantes y transitados de Bogotá, estrena una cara mucho más amable y artística para el disfrute de los ciudadanos. Colsubsidio decidió transformar por completo la plazoleta exterior de su sede principal con el objetivo de ofrecer un renovado servicio cultural al aire libre para las miles de personas que diariamente caminan, trabajan o se movilizan por este sector de la capital. El cambio busca romper con la monotonía del entorno corporativo y regalarle a la ciudad un espacio público revitalizado.
El gran atractivo de esta renovación urbana es el regreso de El Dragón Americano, una emblemática escultura creada en 1967 por el maestro Carlos Rojas, considerado uno de los papás del arte moderno en Colombia. La imponente obra, que pertenece a la célebre serie Ingeniería de la Visión, fue sometida a un riguroso proceso de restauración antes de ser instalada nuevamente en la fachada y la plaza del edificio. Su estructura de formas geométricas metálicas está diseñada para jugar con la mirada de los transeúntes, generando diferentes perspectivas y figuras ópticas a medida que la gente camina a su alrededor.
Con esta iniciativa, el icónico punto de la calle 26 deja de ser un simple lugar de paso para convertirse en un escenario que democratiza el acceso a la cultura. Luis Carlos Arango Vélez, director general de Colsubsidio, explicó que la apuesta por transformar este espacio público tiene la firme convicción de que el arte fortalece el sentido de pertenencia de los ciudadanos y cambia de manera positiva la forma en que la gente vive y disfruta su propio entorno urbano.
Para los amantes del arte y los curiosos, la obra ya quedó habilitada de manera permanente en la plazoleta externa, permitiendo que cualquier persona pueda apreciarla sin costo alguno. Volver a poner en valor el legado de Carlos Rojas —un artista de Facatativá que estudió en la Javeriana y la Nacional, ganó varios Salones Nacionales de Artistas y cuyas obras hoy se exponen en museos gigantes como el MoMA de Nueva York— es un regalo patrimonial para una Bogotá que pide a gritos más lugares de esparcimiento, diseño y cultura en sus calles cotidianas.
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