Iván Cepeda Castro se encuentra en una fase de su campaña donde la duda parece no tener espacio. En una extensa entrevista concedida a la revista Bocas, el senador del Pacto Histórico dejó clara su postura de no contemplar escenarios donde sus principales contradictores políticos asuman el poder, confiando plenamente en el resultado de las urnas.
Al ser consultado sobre qué camino tomaría ante un eventual gobierno de figuras de la derecha como Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia, Cepeda fue tajante y evitó profundizar en la respuesta: “Esa hipótesis no la voy a desarrollar por razones obvias. El gobierno que viene es el nuestro”. Esta seguridad, que para sus simpatizantes es una muestra de convicción, es vista por sus críticos como una señal de exceso de confianza o una negativa a reconocer la posibilidad de un cambio de rumbo político en el país.
La entrevista de Bocas revela a un candidato que ha blindado su comunicación para evitar cualquier salida en falso. Cepeda confesó que en esta contienda ha decidido escribir cada uno de sus discursos a las 4 de la mañana, para luego leerlos en plaza pública. El objetivo es claro: evitar que el fervor del momento lo lleve a realizar promesas incumplibles.
Esta rigurosidad se extiende a su relación con la información diaria. El candidato admitió que “no consume noticias con frecuencia” y que prefiere dedicar ese tiempo a la lectura, delegando en sus asesores la tarea de informarle sobre lo que sucede en la prensa. Este método de “información filtrada” sugiere un modelo de liderazgo que prioriza el análisis pausado sobre la reacción inmediata a la coyuntura nacional.
Frente a los constantes señalamientos sobre su formación en la Bulgaria comunista y sus orígenes políticos, Cepeda se defendió asegurando que las etiquetas que le intentan imponer pertenecen al pasado. “El que crea que esos esquemas y etiquetas quieren decir lo que querían decir en las décadas de 1960, 1970, piensa y vive la realidad de una manera anacrónica”, afirmó a la revista.
No obstante, las polémicas no le son ajenas. En la campaña se han recordado sus fotografías con antiguos líderes guerrilleros como Jesús Santrich e Iván Márquez, así como menciones en computadores de las extintas Farc. Cepeda responde a esto con una declaración de principios: “Tengo un rechazo innato a la violencia física y a la violencia en general”, argumentando que sus contactos con esos grupos siempre fueron en el marco de su labor por la paz y con una postura crítica frente a delitos como el secuestro.
El perfil de Cepeda está marcado por la tragedia de 1994, cuando vio desde un bus el cadáver de su padre, Manuel Cepeda, asesinado por paramilitares. Desde entonces, su vida ha sido un camino de búsqueda de verdad y justicia, lo que lo llevó del activismo de víctimas al Congreso. Hoy, refugiado en la compañía de sus tres perras —Raiza, Mulán y Micala— y alejado de los debates presidenciales para enfocarse en su meta de ganar en primera vuelta, Cepeda se proyecta como un hombre de certezas.
La pregunta que queda en el aire tras sus declaraciones es si esa seguridad de que “el gobierno es nuestro” será suficiente para convencer a los indecisos en un país donde la política suele ser todo menos predecible.
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