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Escrito por:  Claudia Sterling
Columnista     Sep 21, 2026 - 10:18 am

Nos encontramos ante un milagro sombrío y deslumbrante del escritor peruano David Silva Rojas en Donde el agua trabaja (Editorial Almadía / Ventosa-Arrufat), obra con la que se alzó de forma unánime con el Primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat, imponiéndose entre más de 2.200 manuscritos provenientes de 22 países. Un galardón de resonancia continental que contó con un jurado de excepción integrado por tres de las voces cardinales de nuestra narrativa actual: Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda.

Como bien señaló el jurado, el mayor triunfo estético de esta novela radica en hacer del silencio su materia más elocuente. Frente a una literatura contemporánea con frecuencia fascinada por el ruido de las clases medias urbanas y el narcisismo de las pantallas, Silva Rojas devuelve la mirada al campo desértico de Ica (Perú), al polvo que muerde la garganta y a la carne de quienes sostienen, con una silenciosa extenuación cotidiana, las grandes vitrinas del éxito agroexportador. 

Trama: El espejismo de la temporada y el desierto de Ica

La arquitectura argumental de Donde el agua trabaja posee la tensión contenida de un resorte que se tensa milímetro a milímetro. La protagonista es una joven campesina que parte de las alturas andinas de Ayacucho empujada por la necesidad familiar: una madre cuyas manos se gastan pelando papas, dos hermanos pequeños que duermen apretados contra la pared y una economía doméstica donde la plata nunca alcanza. La promesa la trae un intermediario de camisa reluciente y zapatillas limpias que habla de una «campaña» de cuatro o cinco meses en los fundos de Ica, de alojamiento, comida, transporte y un bono final prometido como intocable. 

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Sin embargo, desde el instante en que el intermediario anota mal su nombre en una libreta manchada de tinta, la travesía se convierte en un proceso implacable de despersonalización. Al llegar al desierto costero, la protagonista se incorpora a las cuadrillas de cosecha de uva de exportación. El sistema no admite pausas: el caporal vocifera y patea las jabas; el hombre de camisa planchada y el gerente montado en su caballo de paso inspeccionan desde arriba las hileras de parras sin mirar a los ojos a las trabajadoras, reduciéndolas a «manos de piedra» que dañan la fruta.

 

En medio de ese hacinamiento surge el vínculo medular de la novela: la amistad tácita con otra cosechadora andina, proveniente de Huancavelica. Entre ambas no median discursos solemnes, sino una solidaridad de gestos mínimos: compartir una humita tibia, un frasco de crema mentolada para aliviar las articulaciones inflamadas, el conteo clandestino de las monedas bajo la luz de una bombilla mortecina y una visita dominical a la laguna de Huacachina y a los huarangos retorcidos de Cachiche. Pero la aparente rutina de explotación pronto se ve atravesada por un hilo ominoso: un zumbido sordo e insistente que brota desde el subsuelo o desde las acequias, mujeres que desaparecen de una noche a otra dejando sus pertenencias intactas, retazos de ropa enterrados bajo las dunas tras el paso del feroz viento Paracas, y la consumación del horror —un ataque nocturno que no se nombra para que duela más hondo en el cuerpo de la narradora—. Al liquidarse la temporada, el mentado bono se evapora entre deducciones arbitrarias por comida, alojamiento y herramientas, confirmando que lo único que el desierto no borra es la huella inscrita en la propia piel. 

Lejos del panfleto doctrinario, David Silva Rojas opta por una escritura de economía magistral. Sus oraciones son cortas, despojadas de adjetivos complacientes, cayendo con la cadencia exacta y rítmica del goteo tecnificado en las viñas. La violencia en esta novela no requiere de efectismos gráficos para volverse asfixiante; se hospeda en la elipsis, en los cortes entre capítulos, en el espacio en blanco. 

Aquí se advierte con nitidez la singularísima educación estética del autor. Habiendo vivido desde muy joven en Japón y tras formarse en los talleres de dramaturgia de Gamagōri y en los cursos de guion del NHK Bunka Center, Silva Rojas traslada al castellano el concepto oriental del Ma —el intervalo fértil, la pregnancia expresiva del silencio y del vacío— y la síntesis sensorial del haiku. Todo lo que conmueve en la novela ocurre al margen del foco evidente: un plato de camotes envueltos con afecto por la madre, una huella digital que reemplaza a la firma iletrada, o el tintineo del hielo dentro del vaso de agua fría que el patrón bebe en su oficina climatizada frente a una muchacha que arde de sed y sudor. Asimismo, la novela coquetea con un gótico social latinoamericano: la amenaza espectral de las acequias, las leyendas de ánimas errantes y la palmera de siete cabezas de Cachiche no son mero adorno folclórico, sino la transfiguración mítica de la violencia real que devora a los eslabones más débiles de la cadena. 

La adaptación al daño y el territorio del afecto

El retrato psicológico de los personajes está trazado con un pulso de extraordinaria hondura clínica y humana. La narradora encarna el proceso de disociación y adaptación somática frente a la violencia estructural e interpersonal. Su cuerpo aprende a encorvarse para doler menos, sus manos siguen moviendo las tijeras en el aire incluso durante el insomnio, y su psique se refugia en una progresiva economía del lenguaje: callar se vuelve la única coraza disponible cuando nombrar la herida solo atraería más castigo. 

Frente a ella, la compañera de cuarto representa la resistencia de la dignidad muda. Su ternura no se manifiesta en desahogos confesionales, sino en la vigilancia silenciosa: acercar un vaso con agua en la oscuridad, emparejar el paso en las trochas para que la amiga lastimada no quede rezagada o dejar un jabón con aroma a limpio sobre la almohada antes de marcharse. Ambas comprenden que, en un entorno deshumanizante, el afecto entre mujeres no es un lujo idílico, sino la única trinchera posible de subsistencia. 

Por su parte, las figuras del poder —el caporal hostil, el ingeniero absorto en los gráficos de exportación, el gerente a caballo e incluso el enfermero del tópico de salud— componen un mosaico perturbador. Ninguno necesita ser un monstruo caricaturesco; son engranajes eficientes y desapasionados de un mecanismo burocrático que cuantifica la fruta según su calibre, dulzor o destino de embarque, mientras deshecha los cuerpos magullados tratándolos, literalmente, como «descarte». La breve interacción en el tópico médico es elocuente: el profesional de a salud intuye el horror y entrega un alfajor o una botella de chicha como tregua precaria, pero se repliega de inmediato para proteger su propia permanencia en el fundo. En ese ecosistema, el cuidado ajeno también tiene un costo que nadie puede pagar por mucho tiempo. 

La cuestión de fondo: La mujer trabajadora y la precarización en América Latina

Donde el agua trabaja desborda con creces la geografía de Ica (Perú) para interpelar el presente laboral de toda nuestra región. En Colombia, en México o en Perú, el florecimiento de los sectores agroindustriales y de servicios convive con formas arcaicas y sofisticadas de servidumbre: la tercerización mediante services opacos, el desarraigo de las migraciones internas desde el campo empobrecido, y la imposición de contratos ficticios donde el salario real se evapora en descuentos compulsivos. 

Pero el peso más asfixiante recae siempre sobre las mujeres. Sobre sus hombros descansa la doble carga del sustento y el cuidado: son ellas quienes envían las remesas para sostener a los hijos y ancianos en las aldeas de origen, al tiempo que enfrentan jornadas extenuantes bajo el acoso solapado, la indefensión en dormitorios comunales y la impunidad de violencias que ni las comisarías ni las fichas médicas se atreven a registrar. Silva Rojas desnuda con crudeza esa intersección entre precariedad económica, discriminación étnica —sintetizada en el desprecio clasista del capataz hacia las mujeres de la sierra— y vulnerabilidad de género, recordándonos que el verdadero horror contemporáneo no requiere de fantasmas: es el engranaje económico que tritura identidades para mantener el brillo impecable de las góndolas globales. 

El autor: Biografía, premios y claves inéditas

David Silva Rojas nació en Ica, Perú. Abogado e investigador social, su trayectoria vital es tan singular como su prosa. Trasladado a Japón en su juventud temprana, fusionó el rigor de su práctica jurídica en instituciones de acceso a la justicia y sus estudios sociocriminológicos con la formación dramática nipona en Gamagōri y los talleres de guion televisivo del prestigioso NHK Bunka Center. Ya a los veinte años dio la campanada al obtener el primer lugar del certamen Novo Mundo en Toyohashi con un relato redactado en portugués: O rastro da canela

El 2026 ha marcado su consagración definitiva en las letras hispanas. Además de coronarse con el I Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat con Donde el agua trabaja, obtuvo ese mismo año una mención honrosa en el prestigioso XXIX Concurso de Novela Corta «Julio Ramón Ribeyro», otorgado por el Banco Central de Reserva del Perú, con su obra La limpieza

En cuanto al proceso de génesis de la obra, Donde el agua trabaja no nació de una mera fabulación de escritorio. El texto se nutrió de un trabajo de campo sociocriminológico y etnográfico exhaustivo sobre las condiciones de vida en los enclaves agroexportadores de la costa peruana —como los asentamientos emergentes de Villacurí y el emblemático Barrio Chino—, documentando testimonios reales sobre accidentes laborales encubiertos, retención indebida de jornales y la atmósfera de silenciamiento sistemático que rodea las desapariciones y abusos en los fundos. Esa alquimia entre la verdad empírica y la sutileza literaria de raigambre oriental convierte a esta novela breve en una pieza excepcional, destinada a perdurar en la memoria y en la conciencia crítica de quien la transite. Una lectura imprescindible que no nos devuelve al mundo igual que antes: un texto cuya respiración no busca el desborde retórico ni el artificio pirotécnico, sino que elige calar despacio, como una filtración subterránea que termina por agrietar los cimientos de nuestras certezas más cómodas. 

Lo acabamos de tener en la Fiesta del Libro y la cultura en Medellín, en donde fue un éxito rotundo. En Bogotá lo tendremos el 22 de septiembre a las 5.30 pm en el auditorio Rogelio Salmona del Centro Cultural Gabriel García Márquez en Bogotá. 

¿Qué es 'Leer es bacano'?

'Leer es bacano' es un espacio que busca acercar los libros y la literatura a todo tipo de público, mostrando que leer no es un acto solemne ni exclusivo, sino una experiencia que puede ser emocionante, cotidiana y transformadora. Aquí los libros se convierten en un puente para conversar, descubrir nuevas ideas y entender el mundo desde múltiples miradas. El objetivo de 'Leer es bacano' es derribar la idea de que la lectura es aburrida o reservada para unos pocos. A través de entrevistas y conversaciones con escritores, el espacio invita a descubrir que leer puede ser tan atractivo como ver una serie o escuchar música, porque detrás de cada página hay historias que nos ayudan a crecer, reflexionar y conectar con los demás.