Las reglas de los lugares cambian de acuerdo al nombre, por lo tanto, es recomendable revisarlas antes de ir.

La infidelidad ha sido un tema difícil de conceptualizar porque intervienen creencias de películas de princesas y una moral cristiana mal enfocada, en mi concepto. La fidelidad no es una promesa, ni un favor que se le hace al otro para que sea recíproca. La fidelidad es un despertar espiritual, una vaina rarísima y mágica que llega cuando una persona se encuentra con la que es. No duele, no hay que hacerle fuerza, no es necesario bloquear al que le gustó toda la vida, ni dejar de bailar con todos en una fiesta, cura los celos y te gradúa como adulto no tóxico.

Claro, no todos encuentran a esa persona, ni les parece real la idea de estar solo con un otro. Y para poder sobrevivir a todos los ataques moralistas es necesario crear una excusa sólida basadas en comportamientos animales, experiencias infieles, propias o ajenas y la sobrevalorada y mal entendida lealtad a uno mismo. Para mí el sexo y el amor son cosas que no necesariamente van de la mano, es decir, un humano promedio puede estar retrasada mentalmente de otro y aun así tener sexo con el resto del mundo, o puede sentir afecto parecido al que le hace sentir un video de gatos y perros bebés y no tener sexo con nadie o con nadie más.

Follar no es una prueba de amor, nos engañaron, nos metieron el dedo en la nariz y se nos burlaron en la cara. Debería ser un acuerdo entre dos, o tres, o los que sean, para disfrutar y/o tener hijos. Las relaciones son contratos únicos para beneficiarse y compartir hasta donde las partes acuerden.

Él y yo estábamos en un contrato de exclusividad y profunda calentura. La relación pasaba el 80% entre su cama, mi cama y risas. Nos gustaba experimentar y aprender, coincidíamos en el gusto por el porno (no en el tipo de videos) y en jugar en los bordecitos de lo peligroso. Yo no sabía nada de los bares ‘swingers’ y no me parecía buena idea follar con un aparecido, ni quería que lo mío lo tocara nadie, los celos eran parte integral del contrato. A mí no me enseñaron a compartir. Cuando era una niña no tenía hermanitos, ni tenía que prestarle los juguetes a nadie. Los adultos somos muy injustos cuando les decimos que compartan a los niños, que presten sus cosas a los otros. Comparta ese postre que le gusta tantísimo y que fue hasta el más allá para conseguirlo o preste su pareja un ratito para que otra pueda experimentar con ella.

Pero mi argumento solidísimo fue tumbado cuando me dijo que podíamos ir sin intercambiar de pareja. ¿Cómo? ¿a qué voy a un bar ‘swinger’ a no intercambiar de pareja? Entramos a un cuartito donde nos dieron una minitoalla a cada uno y una llave para guardar la ropa. Yo me quité casi todo, los zapatos eran tan lindos que hasta la toalla les hacía juego.

Aunque no me acuerde, seguro pedimos algo de tomar y nos sentamos a mirar, el voyerismo es una de mis parafilas. Una chica guapa, con el pelo negro hasta la mitad de la espalda, que tenía zapatos también, y un hombre atlético, sin tatuajes, con la cabeza rapada se sentaron al lado y empezamos a hablar. Yo estaba asustada pero tenía más calentura que miedo. Todo lo que pasaba alrededor me tenía mojada, sin importar a dónde mirara siempre había gente tocándose, besándose y teniendo sexo en todas las posiciones pronunciables. Hablamos de cosas que ya no me acuerdo y que en ese momento tampoco, pero empiezo a tener memoria cuando nos paramos y nos fuimos a uno de los cuartos sin puerta y ella se acercó y me tocó la espalda. En ese momento la clave fue estar seguro de no querer cambiar, uno puede decir no. Y aunque ellos no estuvieron de acuerdo, nosotros nos olvidamos de las diferencias y dejamos que todo ese ambiente nos convirtiera en nuestra propia película porno, claro, sin cortes, repeticiones de escena o posiciones incómodas y fingidas y, lo más importante sin sentirnos obligados a cambiar de pareja.

Tener la posibilidad de usar esos espacios para sentir otras emociones, otros olores, ver sexo en vivo ha sido una de las experiencias más excitantes que he vivido, pero lo más revelador fue la posibilidad de cumplir fantasías sin cambiar de pareja, no porque sea malo, solo porque no quería.

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