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Entre miedos y sueños: la realidad compleja de la juventud colombiana
En Colombia, ser joven significa enfrentar retos que van mucho más allá de lo individual. Las estadísticas del DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística) confirman que los jóvenes conforman casi el 30% de la población, pero padecen una de las tasas de desempleo más altas del país, que supera el 17%. Para muchas personas jóvenes en departamentos como Cesar, la esperanza de hallar una salida profesional y personal suele verse eclipsada por la desigualdad, el centralismo y el olvido institucional que han marcado la historia de las regiones periféricas.
La voz de Sara Montero, quien expresa el sentir de numerosos jóvenes en el Cesar, ilustra la dificultad para materializar sueños en un contexto de carencias estructurales. Esta zona, caracterizada por su pluralidad étnica y territorial, ejemplifica los desafíos de avanzar hacia la inclusión y la equidad. Según el Banco Mundial, la exclusión social y laboral de la juventud en Colombia es alimentada por la escasa diversificación económica y una persistente brecha educativa, especialmente fuera de las grandes ciudades.
Las oportunidades laborales formales, lamentablemente, son un privilegio al alcance de pocos. Los datos del DANE resaltan que la mayoría de jóvenes debe recurrir al empleo informal o a trabajos mal remunerados, con el riesgo de perpetuar la pobreza. La fragmentación del mercado laboral, combinada con una baja movilidad social, refuerza la frustración y el miedo al futuro: muchos sienten que el lugar de origen, el apellido o las redes familiares deciden su porvenir mucho más que el talento o el esfuerzo.
No obstante, la problemática trasciende el ámbito económico. El Cesar, como otras regiones del Caribe y el sur colombiano, es testigo de la invisibilización de poblaciones indígenas y afrodescendientes. A pesar de la presencia documentada de al menos siete comunidades indígenas, sus jóvenes enfrentan enormes obstáculos para acceder a educación de calidad y representación cultural. Como advierte el Grupo de Estudios Étnicos de la Universidad Nacional, la falta de políticas ajustadas a la realidad territorial aumenta el sentimiento de exclusión y limita los mecanismos de ascenso social.




La migración juvenil, lógica consecuencia de estas limitaciones, se convierte en una alternativa casi obligatoria. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, cerca del 5% de la juventud colombiana ha valorado salir del país en busca de mejores perspectivas, aunque la mayoría solo puede aspirar a migrar internamente hacia Bogotá, Medellín u otras capitales. Esta fuga de talentos priva a las regiones de recursos humanos capacitados, acentuando la desigualdad y evidenciando la imperiosa necesidad de nuevas políticas de retención y estímulo para jóvenes.
Sin embargo, no todo es desolador. El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación subraya que más del 40% de los estudiantes en áreas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) proceden de municipios intermedios o rurales, lo que muestra el potencial de transformación si se prioriza la inversión y el acompañamiento constante. Al mismo tiempo, la organización juvenil y la movilización social, apoyadas por entidades como la Fundación Gabo y la academia, demuestran que la juventud sigue siendo motor de cambio político y social en Colombia.
La voz crítica de Sara Montero, así como la de otros jóvenes del Cesar y del Caribe, es un llamado a la memoria y la ética en lo público, y a construir mecanismos que aseguren que los errores del pasado no determinen el futuro. Reconocer el valor de esta generación y atender sus demandas es imprescindible si Colombia quiere avanzar hacia una sociedad justa y en paz, donde la juventud pueda aportar todo su potencial sin temor y sin resignación.
Preguntas frecuentes relacionadas
¿Qué opciones existen para jóvenes rurales que desean acceder a la educación superior en Colombia?La brecha entre jóvenes rurales y urbanos se refleja profundamente en el acceso a la educación superior. Las universidades y los centros de formación técnica suelen concentrarse en las grandes ciudades, lo que dificulta que jóvenes de regiones apartadas, como el Cesar, puedan acceder a programas de calidad sin migrar. Además del costo de traslado, existen barreras ligadas a la información y la preparación previa, ya que no todos los colegios rurales logran brindar una base sólida en competencias clave.
El Estado colombiano ha implementado políticas como el programa Generación E y subsidios del ICETEX (Instituto Colombiano de Crédito Educativo y Estudios Técnicos en el Exterior), pero vistos en conjunto, los datos del DANE y reportes de El Espectador confirman que aún hay una baja cobertura en el campo. El desafío pasa por ampliar la oferta de educación virtual, descentralizar los cupos universitarios y fortalecer los sistemas de becas, de modo que la juventud rural tenga oportunidades equitativas y pertinentes.
¿Por qué es importante la representación de las comunidades indígenas y afrodescendientes en las políticas de juventud?Colombia es uno de los países más diversos de la región, y garantizar la representación de jóvenes indígenas y afrodescendientes es clave para una democracia inclusiva y efectiva. Sin embargo, el centralismo y la discriminación histórica han mantenido a estas comunidades excluidas de los debates y las decisiones políticas fundamentales, tanto a nivel nacional como local.
Expertos consultados por la Universidad Nacional y la Fundación Gabo indican que incorporar perspectivas étnicas en las políticas de juventud no solo es un acto de justicia histórica, sino una estrategia eficaz de desarrollo social. Esto permite crear iniciativas ajustadas a las realidades culturales y territoriales específicas, favoreciendo procesos de reconciliación y construcción de paz, y brindando alternativas reales para las nuevas generaciones en regiones como el Cesar.
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