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Subeditor     Mar 8, 2026 - 2:44 pm

El caso más emblemático de estas elecciones de 2026 está en las consultas presidenciales y es el de Paloma Valencia Laserna, senadora desde 2014 y candidata presidencial del Centro Democrático para 2026. Su linaje la conecta directamente con la élite política tradicional del país: es nieta por parte paterna del expresidente Guillermo León Valencia y nieta por parte materna de Mario Laserna Pinzón, fundador de la Universidad de los Andes.

Su carrera combina protagonismo legislativo propio con redes familiares consolidadas en el conservatismo y la academia, lo que la convierte en uno de los ejemplos más claros de continuidad dinástica en la política nacional.

En el Partido Conservador también destaca el caso de David Alejandro Barguil Assis, exdiputado, representante, senador y expresidente de esa colectividad.

Aunque no proviene de una dinastía histórica nacional, ha consolidado en el Caribe una estructura política que incluye a familiares aspirando a cargos de elección, especialmente en Córdoba, convirtiéndose en eje de una red regional con fuerte influencia electoral.

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En el Pacto Histórico resalta el caso de María del Mar Pizarro García, candidata a la Cámara por Bogotá. Es politóloga de la Universidad de los Andes, con maestría en la Universidad de Londres, y ha trabajado en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y en el Departamento Nacional de Planeación. Es hija de Carlos Pizarro Leongómez y media hermana de la senadora María José Pizarro.

María Paz Gaviria, por el partido Liberal, busca un cupo en el Senado bajo el apellido del expresidente César Gaviria como gran referente, mientras que la esposa del alcalde Mauricio Salazar, María Irma Noreña, busca un cupo por el partido de la U.

Algo similar también ocurre en el Partido Liberal con Héctor Olimpo Espinosa y su prima Leonor Espinosa, quienes reflejan cómo familias con arraigo partidista replican su presencia en listas al Congreso, particularmente en territorios donde el liberalismo ha sido dominante.

En Bolívar sobresale Nadya Georgette Blel Scaff, hija de Vicente Blel Saad y heredera del llamado Clan Blel, mientras que en Córdoba figura Marcos Daniel Pineda García, hijo de la senadora Nora García Burgos y nieto del exministro Amaury García Burgos, consolidando una continuidad generacional en esa región.

Finalmente, Wadith Alberto Manzur Imbett, candidato a la Cámara, prolonga la presencia del apellido Manzur en la política cordobesa, evidenciando cómo los clanes familiares siguen siendo determinantes en la competencia electoral colombiana.

Elecciones 2026: ¿Es bueno o malo que haya delfines en la política?

El delfinazgo político en Colombia —es decir, cuando hijos o familiares de figuras tradicionales heredan poder o candidaturas— tiene efectos tanto positivos como negativos, pero en el contexto colombiano tiende a generar más cuestionamientos que beneficios.

Por un lado, puede aportar experiencia y continuidad. Casos como el de Juan Manuel Santos, proveniente de una familia influyente, muestran que el origen político no impide una gestión relevante.

También ocurre con figuras como Paloma Valencia, nieta del expresidente Guillermo León Valencia. En estos casos, el capital político familiar puede traducirse en formación, redes y conocimiento del Estado. Sin embargo, el problema surge cuando el apellido pesa más que el mérito.

El delfinazgo puede cerrar espacios a nuevos liderazgos, debilitar la competencia democrática y reforzar élites tradicionales en un país con altos niveles de desigualdad. Además, puede fomentar clientelismo y perpetuar prácticas políticas cuestionadas.

En Colombia, donde la confianza en las instituciones es frágil, la percepción de que el poder se hereda afecta la legitimidad del sistema. Más que prohibirlo, el reto está en que el acceso a cargos públicos dependa de capacidades, propuestas y respaldo ciudadano real, no solo del linaje.

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