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Desde la óptica esotérica, la muerte se concibe no como un término súbito, sino como un proceso de transición en el que la conciencia, a menudo identificada como el alma, se desprende gradualmente del cuerpo físico. Según varias tradiciones espirituales, el momento posterior a la muerte puede estar marcado por cierta confusión, donde la conciencia aún no asimila por completo el cambio experimentado. De acuerdo con información recogida por el Diario Occidente, la idea central gira en torno a la manera en que se experimenta este paso de un plano a otro, más que en el instante en que el individuo “se da cuenta” de su nueva condición.
En este periodo de transición, los conceptos de espacio y tiempo pierden el significado que tienen en la vida terrenal. Lo que en el plano físico podrían ser segundos o minutos, en este estado podría sentirse radicalmente distinto, más dilatado o incluso indefinido. Por esta razón, relatar un “momento exacto” en el que la conciencia reconoce la muerte resulta impreciso bajo esta postura espiritual. Corrientes como el budismo tibetano describen la existencia de un estado intermedio de conciencia, conocido como “bardo”, donde el alma comienza a comprender lo sucedido antes de acceder a una nueva etapa.
El tiempo que toma esta toma de conciencia varía. La rapidez con la que el alma reconoce su situación depende, en buena medida, del nivel de desarrollo espiritual que la persona alcanzó en vida. Según algunas corrientes esotéricas, las personas con mayor paz interna o aceptación suelen adaptarse con más facilidad, mientras que quienes estaban aferrados a lo material o experimentaban conflictos pueden atravesar una confusión inicial más prolongada.
Asimismo, ciertas tradiciones sostienen que, tras la muerte, puede ocurrir una revisión profunda de la vida, más orientada al aprendizaje que al juicio. Durante este proceso, la conciencia reinterpreta acciones y vivencias desde una perspectiva más amplia, lo que refuerza la idea de que la transición no es un suceso instantáneo, sino un periodo de adaptación y reflexión.
Esta concepción también enfatiza relatos frecuentes de quienes han tenido experiencias cercanas a la muerte y describen una sensación creciente de paz, ausencia de dolor y ligereza corporal. Bajo la visión esotérica, esto representa el inicio de la desconexión del cuerpo y la entrada a un plano más sutil, a menudo acompañado por la sensación de guía espiritual, aunque no siempre perceptible de manera física.
Un elemento recurrente en el ámbito esotérico es la creencia de que el alma tarda hasta 72 horas en asimilar que ya no pertenece al mundo físico. Esta teoría, aunque carente de respaldo científico, aparece en diversas tradiciones como el espiritismo y el budismo tibetano, que sugieren un periodo de transición gradual, particularmente relevante si la muerte fue inesperada o el vínculo con la vida era fuerte. La permanencia simbólica cercana al cuerpo, al hogar o a seres queridos durante este lapso refuerza la noción de que el desprendimiento y la comprensión son procesos extendidos antes de alcanzar un nuevo estado de existencia.
Estas interpretaciones tienen raíz en el pensamiento espiritual y no han sido confirmadas científicamente. Sin embargo, como destaca el Diario Occidente, han sido parte central de la forma en que distintas culturas comprenden el misterio de la muerte, integrando la continuidad entre planos y una adaptación gradual más que un final absoluto.
¿Por qué es relevante la teoría de las 72 horas en el pensamiento espiritual?
Esta pregunta emerge a partir de la presencia constante de la teoría de las 72 horas en distintas doctrinas espirituales. A pesar de que no hay respaldo científico, la creencia sostiene que, después de fallecer, la conciencia transita por un periodo de adaptación y comprensión que ronda los tres días.
La relevancia de esta idea radica en el consuelo que puede brindar a quienes afrontan el duelo, pues sugiere que la desconexión del alma respecto al plano físico no sucede de forma abrupta, sino por medio de un proceso gradual. Además, la existencia de rituales y símbolos asociados con ese plazo resalta el valor del acompañamiento espiritual en numerosas culturas, reforzando la visión de que la muerte implica una transformación pausada antes de acceder a una nueva dimensión de la existencia.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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