El auge de los retos virales en redes sociales está encendiendo una alerta silenciosa entre expertos y autoridades, especialmente por el impacto que pueden tener en adolescentes. Lo que comienza como una tendencia digital puede escalar rápidamente a conductas de alto riesgo, muchas veces sin que los padres lo noten a tiempo.
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En Colombia, donde el uso de plataformas digitales entre jóvenes ya es parte de la cotidianidad —con más del 80 % de adolescentes conectados diariamente, según cifras del Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicaciones de Colombia—, ha empezado a circular un desafío particularmente preocupante: consumir paracetamol en cantidades peligrosas como parte de un juego en línea. Detrás de este tipo de prácticas no solo hay desinformación, sino una necesidad profunda de aceptación en entornos digitales cada vez más exigentes.
Por eso mismo, expertos advierten que este fenómeno no puede analizarse de manera superficial. Durante la adolescencia, explican, el cerebro atraviesa un proceso de desarrollo en el que la búsqueda de identidad y pertenencia cobra un papel central. En ese escenario, el reconocimiento social —incluso el que se obtiene a través de una pantalla— puede pesar más que la percepción del riesgo.
La psicóloga Marcela Garcés, de Adipa, señala que, en esta etapa, los jóvenes no ven necesariamente estos retos como amenazas, sino como oportunidades para encajar. “El cerebro adolescente está diseñado para priorizar la validación social. El problema aparece cuando esa validación implica conductas que pueden poner en riesgo la salud”, explicó.
El impacto ya se refleja en los registros de salud pública. Datos del Instituto Nacional de Salud muestran un aumento sostenido en los casos de intoxicación por medicamentos en menores de edad. De hecho, cerca de dos tercios de estos episodios están relacionados con usos indebidos o sin supervisión, lo que evidencia cómo el acceso a sustancias comunes puede convertirse en un problema serio en medio de dinámicas digitales.
A esto se suma un factor clave: la presión social en redes funciona de manera distinta a la del mundo físico. No tiene horarios, no se limita a un grupo reducido y, además, se amplifica con métricas visibles que refuerzan comportamientos. La cantidad de ‘me gusta’ o reproducciones no solo mide popularidad, sino que puede influir directamente en las decisiones de los adolescentes.
En este contexto, los especialistas insisten en que el camino no es restringir sin explicación, sino involucrarse activamente. Hablar abiertamente sobre lo que consumen en redes, enseñarles a cuestionar los contenidos y fortalecer su seguridad personal son herramientas más efectivas que la simple prohibición.
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La advertencia es clara: lo que parece un reto pasajero puede tener consecuencias reales. Por eso, más que vigilar, el llamado es a acompañar y entender un entorno digital que avanza más rápido que muchas conversaciones en casa.
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