Por eso es normal que a veces provoque bajarles el volumen y preguntarse por qué fue que vinieron.

La vida de los padres primerizos es una enajenación en forma de grupo de apoyo: no paran de hablar del tema y solo pasan tiempo con gente que está en las mismas. Se transforman en seres obsesionados con el dinero: la vida se reduce a conseguir, ahorrar y gastar. Y cualquier pretensión bohemia de vivir con poco, como un gitano feliz, debe ser descartada por siempre. Entonces, si las restricciones socioeconómicas son tantas, ¿por qué tienen hijos?

A pesar de su tamaño, los bebés conquistan todos los espacios, incluso antes de existir. Es verdad en todas las culturas: no hay nada más sagrado que una mujer embarazada (incluso en Transmilenio). Y si hay un mercado próspero en el cual invertir es el de la puericultura: papás y mamás están dispuestos a comprar lo que sea, desde rodilleras para el gateo hasta calentadores para pañitos húmedos. Los bebés reinan con popularidad unánime y son siempre bienvenidos (a menos de que, según algunos, vengan de inmigrantes pobres…)

Los bebés son tan importantes que están en el corazón de la lucha social más grande del siglo XXI: la feminista. Su mayor objetivo, si no el único, es dejar atrás el oscurantismo de la mente machista que solo ve a la mujer como mamá, mamá en potencia o mujer frustrada que no puede ser mamá. Y aún está lejos. La decisión de no tener hijos es aun hoy vista como un estigma e, igual, la de sí tenerlos se convierte a menudo en una lucha contra la desigualdad y el sexismo. En el campo laboral, por ejemplo, una mujer que quiera tener hijos está obligada a mentir en entrevistas y revaluar su anhelo si quiere ser tenida en cuenta en futuros ascensos. Esto sin mencionar la etiquetación sistemática de la sociedad con el reducido rol tradicional de madre. Mamá parte con desventaja en el trabajo y en la casa y bebé no colabora con el proyecto feminista.

Entonces, ¿por qué insistimos, nosotros tan modernos, en tener bebés? ¿Es por el placer de sentirse siempre bajito de pila? ¿Por la loca emoción de sentir que el tiempo nunca alcanza? O tal vez solo sea la sencilla satisfacción de contribuir a la sobrepoblación y al deterioro del planeta. De hecho muchos expertos aseguran que ese es a la larga el único y gran problema ambiental. Según ellos, pensando en la descendencia, por el solo hecho de haber tenido un hijo, una persona contribuirá por bajito con tres más en tan solo 50 años. 300% veces más consumo de espacio y de recursos. Obvio, existe la posibilidad optimista de que el linaje aporte más al humanidad de lo que usurpe, pero es al fin y al cabo una apuesta y no se puede saber con certeza el resultado. Qué tal que hijos terminen peleándose por un equipo de fútbol en la calle o rasgando banderas arcoíris por ahí.

En medio de estas cavilaciones culposas el único argumento que se me ocurrió, y el único que puedo confirmar ahora como padre, es algo que oí por ahí casi en chiste: tenemos hijos por las ganas de querer. No de ser querido, porque los hijos odian a sus padres tarde o temprano, sino de criar, cuidar y ver crecer a alguien. Es la razón más egoísta y generosa a la vez.

Recuerdo haber sentido ese sentimiento por primera vez en la infancia. No, no fue con una mascota (ni con un Tamagotchi). Fue una Navidad, acaso la primera que no disfruté como niño. Debía tener 10 años, tal vez más. En cualquier caso la recuerdo como joven, no como chiquito. Había ahorrado algo de mis mesadas para, por primera vez, poner regalos en el árbol de mi parte. Solo pude comprar bobadas, pero me tomé el tiempo de escogerlas bien. No recuerdo los objetos pero sí las caras de los demás. Y mi felicidad. Ahí entendí que la gracia de los regalos es, más que recibirlos, darlos.

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