Por: El Colombiano

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Este artículo fue curado por pulzo   Mar 26, 2026 - 5:18 pm
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En lo alto de Itagüí, cerca del Pico Manzanillo, se encuentra La montaña que piensa, el espacio donde la corporación cultural La Tartana se ha consolidado a lo largo de los años como un centro neurálgico de expresiones artísticas y de encuentro comunitario. Con una panorámica privilegiada sobre el Valle de Aburrá, este lugar no solo acoge presentaciones de teatro, cuentería, música y danza, sino que también se ha transformado en un punto de referencia para la vida cultural de la zona.

Desde su fundación en 1999, inicialmente como un círculo de tertulias literarias llamado El Poema, el proyecto evolucionó hacia una propuesta cultural más amplia y transversal. Con el paso de los años, La Tartana fue ampliando su oferta hasta convertirse en un centro escénico que integra diversas disciplinas artísticas y actividades pensadas especialmente para la comunidad, en particular para quienes habitan el barrio Calatrava.

Según relató el equipo de La Tartana en entrevista con EL COLOMBIANO, la corporación ha desarrollado, durante más de veinte años, una relación estrecha con el entorno. La sede permanente, que opera desde hace aproximadamente quince años, se ha consolidado como un espacio de creación y formación cultural de referencia para la zona. Sin embargo, los comienzos en este lugar no estuvieron exentos de dificultades: las primeras etapas estuvieron marcadas por episodios de violencia y tensión, en momentos en los que grupos criminales intentaban expandir sus límites al interior del recinto, alterando las funciones y la vida cultural.

Frente a ese contexto adverso, la corporación promovió talleres gratuitos de teatro, música, artes plásticas y malabares, dirigidos sobre todo a niños y jóvenes del sector. De acuerdo con Pablo Quintero, integrante de La Tartana, el objetivo era ofrecer alternativas al tiempo libre y fortalecer los lazos comunitarios a través del arte. Los talleres, concebidos como espacios abiertos, permitían que niños y jóvenes se sumaran a las actividades tras su jornada escolar.

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Para financiar sus iniciativas, la corporación ha optado por una estrategia mixta: accede a convocatorias públicas y, además, genera ingresos a través de servicios artísticos ofrecidos a empresas privadas. Uno de sus proyectos, “La montaña va a...”, permitió llevar intervenciones culturales a sectores afectados por las llamadas fronteras invisibles, impulsando mensajes de transformación social y convivencia.

Actualmente, el énfasis de La Tartana está en la creación y circulación de obras de teatro, muchas de ellas inspiradas en la realidad social del territorio. Además de piezas originales y adaptaciones de clásicos como Don Quijote, el grupo base de actores trabaja con colaboradores en montajes que abordan temáticas sociales, como “Alevosía”, construida a partir de relatos que plasman la violencia urbana. Los procesos formativos, que antes funcionaban de manera continua, ahora se articulan a las necesidades concretas de cada montaje, sumando así participantes a través de convocatorias.

La sede también abre sus puertas a agrupaciones artísticas nacionales e internacionales que carecen de espacios propios. Además, durante la pandemia, se incorporó una propuesta gastronómica y de turismo cultural que ofrece recorridos, visitas y experiencias integrales en torno al arte, la alimentación y la caminata ecológica hasta el Pico Manzanillo. La agenda cultural, organizada mensualmente, tiene su mayor actividad durante los fines de semana.

La operación regular depende, en buena medida, de los apoyos institucionales. El programa de “sala concertada” permite mantener una programación estable cuando se asignan recursos públicos; sin embargo, la discontinuidad en estos desembolsos puede retrasar el inicio de temporadas. Las entradas se fijan en 20.000 pesos, con esquemas diferenciados para lograr mayor acceso de comunidades vulnerables, y se desarrollan actividades adicionales como celebraciones navideñas y jornadas ambientales vinculadas al arte y la recreación.

¿En qué consiste la figura de "sala concertada" en el contexto cultural colombiano?
La “sala concertada” es un modelo de apoyo institucional mencionado por integrantes de La Tartana en diálogo con EL COLOMBIANO. Esta figura permite que grupos teatrales y centros culturales tengan acceso a fondos públicos a cambio de mantener una programación regular y establecida, buscando así fomentar la oferta artística y asegurar la sostenibilidad de los espacios escénicos. La figura cobra relevancia, ya que la gestión de recursos determina la capacidad de los teatros para sostener temporadas y actividades continuas, lo cual repercute en el acceso efectivo a la cultura para la comunidad.

Sin embargo, los tiempos de respuesta en la asignación de estos apoyos pueden dilatar la planeación y ejecución de las actividades, como reconocen miembros de La Tartana, quienes, debido a la espera de definiciones presupuestales, no han iniciado la temporada teatral del año actual. Así, la figura de “sala concertada” es estratégica, pero también depende de una adecuada gestión institucional para que su impacto en la vida cultural de los territorios sea sostenido y significativo. ¿Cuáles son los desafíos para la sostenibilidad de los centros culturales bajo este modelo?


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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