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Este artículo fue curado por Andrea Castillo   Jun 18, 2026 - 7:47 am
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Durante décadas, Colombia ha promocionado su biodiversidad, sus paisajes únicos y su riqueza natural como uno de sus principales activos turísticos. Sin embargo, existe un segmento que crece con fuerza en el mundo, moviliza más de US$830.000 millones al año y que el país todavía no ha logrado convertir en una categoría turística estructurada, pese a contar con algunas de las condiciones naturales más favorables del planeta para desarrollarlo.

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Se trata del turismo de bienestar asociado a experiencias de reconexión, contemplación y transformación personal, una tendencia que ha impulsado el crecimiento de destinos como Sedona, en Estados Unidos; Ubud, en Indonesia; el Valle Sagrado de los Incas, en Perú; o Monte Shasta, en California. Estos lugares han logrado construir una oferta turística alrededor de territorios que los visitantes asocian con bienestar, conexión con la naturaleza y experiencias de alto valor agregado.

La oportunidad para Colombia no es menor. Según datos del Global Wellness Economy Monitor, el turismo de bienestar superó los US$830.000 millones en 2023 y representó cerca del 18 % del gasto turístico mundial. La tendencia está siendo impulsada por viajeros que ya no buscan únicamente descanso o entretenimiento, sino experiencias capaces de contribuir a su bienestar emocional, mental y físico.

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El fenómeno también refleja un cambio más amplio en la industria turística global. Después de la pandemia, aumentó el interés por destinos alejados de la masificación, con entornos naturales conservados y propuestas relacionadas con salud mental, meditación, contemplación, conexión ambiental y experiencias transformacionales.

Los destinos de este tipo de turismo que podría aprovechar Colombia

De acuerdo con especialistas consultados en el estudio, Colombia reúne condiciones excepcionales para participar de esta tendencia internacional. El país es reconocido entre las naciones más biodiversas del mundo, cuenta con más de 31 millones de hectáreas protegidas y posee una combinación única de ecosistemas, riqueza hídrica, geografía montañosa y patrimonio ancestral. 

Sin embargo, mientras otros mercados han desarrollado productos turísticos especializados alrededor de estos atributos, Colombia continúa promoviendo gran parte de estos territorios principalmente desde perspectivas ecológicas, culturales o patrimoniales.

Entre los lugares que podrían integrarse a una oferta especializada aparecen algunos de los destinos naturales más emblemáticos del país: el Páramo de Sumapaz, la Sierra Nevada de Santa Marta, la Laguna de Guatavita, el Desierto de la Tatacoa, Caño Cristales y los Cerros de Mavecure. Muchos de estos espacios han sido considerados históricamente por comunidades ancestrales como territorios de contemplación, equilibrio y significado simbólico.

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La diferencia, según los expertos, es que mientras otros países han construido experiencias guiadas, investigación, infraestructura y narrativas especializadas alrededor de estos lugares, Colombia todavía no ha desarrollado una categoría turística claramente identificable que capture ese valor económico. 

Dentro de esta tendencia internacional ha ganado relevancia el concepto de «portales energéticos naturales», una expresión que suele generar interpretaciones erróneas y que los especialistas buscan diferenciar de prácticas esotéricas o paranormales. 

Rita Kotov, experta en neurociencia aplicada y fundadora de Metanoia Gardens Colombia, explica que el concepto hace referencia a territorios cuyas características geográficas, ambientales e incluso perceptivas facilitan experiencias de contemplación, regulación emocional y conexión con el entorno.

«Cuando hablamos de portales energéticos naturales no nos referimos necesariamente a prácticas esotéricas, sino a territorios cuyas condiciones geográficas, ambientales y perceptivas facilitan procesos de regulación, contemplación y expansión de la percepción humana», señala Kotov.

Los especialistas distinguen cuatro categorías principales: portales naturales asociados a características geográficas y ambientales; portales temporales relacionados con fenómenos astronómicos; bioportales vinculados a estados internos de percepción; y portales artificiales diseñados para facilitar determinadas experiencias.

Dentro de este debate aparece Metanoia Gardens Colombia, ubicado en La Calera, como uno de los proyectos privados que buscan impulsar la conversación sobre el potencial de esta categoría turística en el país. 

Según sus promotores, el lugar reúne características geológicas, hídricas y paisajísticas que lo convierten en un caso de estudio para este tipo de experiencias. Entre los factores destacados aparecen su ubicación en la cordillera Oriental, la cercanía a sistemas hídricos vinculados con lagunas de relevancia histórica y cultural como Guatavita, Siecha, Ubaque y Teusacá, así como la preservación del entorno natural y la baja intervención humana.

Más allá de un proyecto específico, el debate apunta a una cuestión económica de mayor alcance: si Colombia está preparada para transformar parte de su riqueza natural en una categoría turística capaz de generar empleo, atraer visitantes internacionales de alto gasto y diversificar la oferta turística nacional.

La pregunta resulta especialmente relevante en momentos en que el país busca aumentar el aporte del turismo a la economía y consolidarlo como una fuente estratégica de divisas. Mientras destinos internacionales continúan capitalizando la creciente demanda por experiencias de bienestar y transformación personal, Colombia aún tiene pendiente construir una narrativa, una oferta y una infraestructura que le permitan competir en un mercado que ya mueve cientos de miles de millones de dólares al año.

La biodiversidad, los paisajes y los territorios están ahí. Lo que falta, según la experta, es convertir ese potencial en una propuesta turística organizada que permita al país participar de una de las tendencias de mayor crecimiento dentro de la industria global de los viajes.

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