El MetLife Stadium, convertido en una caldera bajo el cielo de Nueva Jersey, fue testigo de una batalla que quedará grabada en los libros de historia del fútbol. España y Argentina, los dos titanes que dominaron el torneo, se enfrentaron en una final que hizo honor a la grandeza de ambas selecciones. Tras 90 minutos de una intensidad asfixiante, donde el respeto táctico y el miedo a cometer el error fatal se impusieron al atrevimiento, el destino del trofeo tuvo que decidirse en el alargue.
La primera parte fue un ajedrez de alto nivel. España, fiel a su ADN de posesión, buscaba los espacios con la paciencia de un orfebre, mientras que Argentina, con el alma de su capitán Lionel Messi, intentaba castigar cada pérdida con transiciones eléctricas. El duelo entre el talento joven de Lamine Yamal y la maestría eterna del ‘10’ argentino mantuvo al mundo en vilo, pero las defensas, impasibles, forzaron la prórroga ante un público que no dejaba de alentar.
El punto de quiebre llegó cuando las piernas empezaban a flaquear y la mente de los jugadores luchaba contra el agotamiento extremo. Corría el minuto 106. España hilvanó una jugada colectiva que recordó a sus mejores épocas, desmantelando la presión argentina. El balón llegó a los pies de Ferran Torres, quien, con una frialdad impropia para un momento de tal magnitud, definió con un toque sutil y preciso, inalcanzable para el guardameta albiceleste.
El grito de gol estalló en las gradas españolas y se escuchó en todo el continente. Argentina, fiel a su carácter indomable, se lanzó al ataque desesperado en busca de la épica que los había caracterizado durante todo el torneo, pero España, organizada y sólida bajo la dirección de De la Fuente, supo gestionar los minutos finales con jerarquía.
El silbatazo final desató la locura. España, 16 años después de su histórica gesta en 2010, vuelve a tocar la gloria. Ferran Torres, el hombre que no estaba en todos los focos, se convirtió en el nombre que estará escrito en la eternidad. Mientras la Roja levanta el trofeo al cielo de Nueva York, Argentina se marcha con la frente en alto, habiendo entregado todo en un duelo que será recordado como una de las finales más ajustadas de la historia reciente de los mundiales. El fútbol español celebra, y hoy, más que nunca, es el dueño del mundo.
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