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En las últimas semanas, la zona Andina ha experimentado precipitaciones que, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), han superado los niveles históricos conocidos. Este fenómeno ha traído a la memoria colectiva los episodios de hace 15 años, cuando fuertes lluvias provocaron el desbordamiento del río Bogotá e inundaciones significativas en los municipios del norte y occidente de la Sabana. Las imágenes de aquellas inundaciones aún permanecen frescas, pues el aumento del caudal y el rompimiento de jarillones convirtieron el río en un serio peligro para las comunidades de la región.
El panorama actual en la cuenca media del río Bogotá, sin embargo, es sustancialmente distinto. Entre los años 2013 y 2017, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) emprendió una serie de obras de adecuación hidráulica como parte del Megaproyecto del río Bogotá. Estas intervenciones abarcaron cerca de 70 kilómetros, desde las compuertas de Alicachín en Sibaté hasta Puente La Virgen en la vía Cota-Suba. Según declaraciones del director general de la CAR, Alfred Ignacio Ballesteros, este proceso respondió a una decisión estatal planificada y sostenida, así como a la aplicación rigurosa de criterios técnicos y una visión de largo plazo.
Los trabajos contemplaron la ampliación del cauce del río en su cuenca media, que pasó de 30 a 60 metros de ancho, a partir de la adquisición de más de 600 hectáreas aledañas. Además, se integró una zona de meandros, es decir, formaciones naturales tipo islas, cuyo propósito era servir de espacio para almacenar agua en caso de aumento del caudal. También se reforzaron jarillones, estructuras destinadas a controlar el flujo y evitar desbordamientos.
Otro aspecto relevante fue el retiro de unos 12 millones de metros cúbicos de sedimentos y residuos, lo que no solo disminuyó el riesgo de inundación, sino que contribuyó a reducir la contaminación de este importante afluente. La intervención de la CAR fue reconocida en estudios posteriores del Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático (IDIGER), los cuales registraron una notoria disminución de áreas en alto y mediano riesgo de inundación.
Aunque las lluvias recientes han batido récords históricos, el río Bogotá se ha comportado de manera controlada y segura, gracias a estas acciones de prevención y mantenimiento. El desafío del cambio climático, que ha dejado de ser un pronóstico para instalarse como una realidad palpable, exige una gestión permanente. En este sentido, la CAR ha continuado con labores periódicas de limpieza y retiro de sedimentos, como la ejecutada en 2025, para asegurar el flujo regular del río y prevenir futuras emergencias.
Hoy en día, la percepción social sobre el río ha evolucionado: de ser visto como un potencial peligro, hoy el Bogotá se perfila como un espacio ecológico y recreativo, con un parque lineal, embarcaderos, caminos peatonales y obras de urbanismo que complementan la gestión ambiental. Este cambio demuestra cómo la planeación, el mantenimiento y la intervención técnica pueden transformar problemas históricos en oportunidades para el desarrollo sostenible de la región.
¿Qué significa “jarillón” y por qué es importante para la protección contra inundaciones?
Un jarillón es una construcción artificial que consiste en un terraplén o muro de contención elevado, ubicado generalmente a los costados de ríos. Su función principal es evitar que el agua se desborde durante periodos de lluvia intensa o incremento en los caudales. En el contexto del río Bogotá, los jarillones han sido fundamentales para guiar el flujo del agua y proteger las zonas urbanas y rurales aledañas, demostrando su valor durante las recientes olas invernales.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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