“Calculamos que serán unas cuatro semanas o algo así”, le dijo Donald Trump al Daily Mail, el primero de marzo pasado. Calculaba, optimista, que eso duraría la acción contra Irán que había comenzado, junto a Israel, el 28 de febrero. Seis días después de su declaración al diario británico, el mandatario estadounidense subió su cálculo, en una afirmación que se movió entre una aparente certeza y una escalofriante incertidumbre: “Sea cual sea el tiempo, está bien, lo que sea necesario, siempre lo haremos. Proyectábamos entre cuatro y cinco semanas, pero tenemos capacidad para ir mucho más allá de eso”, dijo durante un evento en la Casa Blanca.
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Con el paso de los días, parece no tener el control del conflicto que desató en Oriente Medio, que, por el contrario, amenaza con incendiar toda la región, elevar su estatus al nivel de guerra total y, para los más pesimistas, provocar incluso la temida tercera guerra mundial. Este fin de semana, por ejemplo, la tensión alcanzó un nuevo punto crítico por otro ultimátum de Trump al régimen de los ayatolás, exigiéndole la reapertura total del estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas, so pena de atacar su infraestructura energética. Irán, por su parte, advirtió que, si tocan sus centrales nucleares, habrá consecuencias graves. Y así el conflicto, que va a cumplir un mes, no da ninguna señal de desescalamiento.
Irán no es Venezuela
“La crisis actual entre Irán, Estados Unidos e Israel ha sido interpretada con el supuesto de que la superioridad tecnológica y militar occidental permitiría una rápida degradación del poder iraní y eventualmente le forzaría a aceptar condiciones impuestas tal cual aconteció en Venezuela el pasado 3 de enero. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos en pocos días sugiere una dinámica distinta”, advierte Germán Ortiz Leiva, analista de medios y profesor en la Universidad del Rosario, en un artículo titulado ‘Irán, ¿resiliencia o resistencia?’.
Para el docente, más que una guerra decisiva de corta duración como se la planteó la Casa Blanca, “el conflicto parece estar derivando hacia una confrontación de desgaste, en la que el tiempo y la resiliencia institucional iraní, adquirirán tanta importancia como las indiscutibles capacidades militares convencionales de las dos naciones agresoras”. Su análisis se enfoca en la historia reciente de Irán, cuyo sistema de poder “fue moldeado en condiciones de guerra prolongada y aislamiento internacional, particularmente durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988) [que] consolidó una doctrina estratégica basada en la resistencia, la movilización social empujada en su fe religiosa y el uso de herramientas asimétricas ante adversarios materialmente superiores”.
Si bien Estados Unidos e Israel han descabezado el régimen matando a Alí Jamenei, líder supremo de Irán; Abdol-Rahim Mosavi, jefe del Estado Mayor iraní; Mohammad Hossein Bagheri, exjefe del Estado Mayor iraní; Hossein Salami, comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica; Gholam Ali Rashid, comandante del Cuartel General Central de Khatam al-Anbiya; Amir Ali Hajzadeh, comandante de la Fuerza Aérea del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, y Hossein Mahdavi, comandante del Cuerpo Siria-Líbano de la Fuerza Quds, para el profesor Ortiz Leiva, eso puede no ser suficiente.
“A diferencia de muchos sistemas políticos altamente personalistas y autocráticos, el sistema iraní funciona mediante una estructura de poder estratégicamente distribuida y, aunque el líder supremo ocupe su lugar central en la jerarquía, el régimen descansa en múltiples centros de decisión que se superponen y refuerzan mutuamente”, sostiene en su artículo. La del régimen “es una arquitectura que crea un sistema de equilibrio funcional en medio de la adversidad. Si uno de los vértices es debilitado o pierde capacidad de liderazgo, otros pueden absorber temporalmente sus funciones que en términos prácticos significa que la eliminación de su líder o el ataque a una institución clave, no necesariamente provoque el colapso del sistema” como calculó el Pentágono.
Ataques contra Irán pueden reforzar cohesión interna del régimen
Además, Ortiz Leiva considera que a este aspecto se le suma “un tipo de resiliencia institucionalizada entendida como una capacidad militar dispersa que […] ha desarrollado una doctrina de defensa enraizada en instalaciones subterráneas difíciles de ubicar, plataformas móviles de lanzamiento que ahora resultan decisivas para el control de un punto neurálgico como el estrecho de Ormuz y su capacidad misilística en avance tecnológico constante que dificulta enormemente” su neutralización completa. Así lo ha expresado el propio Departamento de Guerra “que fija como objetivos estratégicos precisamente, la supresión de estos tres elementos para dar por concluidas las acciones militares norteamericanas en Irán”.
Por otro lado, el docente del Rosario destaca dos rasgos inquietantes de la confrontación en Irán que podrían dar un aplastante golpe de realidad a los optimistas cálculos de Trump. Asegura que se podrían “escalar las acciones sin declararse una guerra formal (que sirve a los requerimientos de Trump), aunque, paradójicamente, le pueda resultar engañosa y contraproducente, ya que hace más difícil su propia distensión al no haber un punto definido de negociación por ahora”. El otro rasgo es que los ataques sostenidos de Estados Unidos e Israel contra Irán “pueden estar reforzando […] la cohesión interna del régimen a través de una narrativa defensiva entre heroica y de resistencia continua”.
En suma, Ortiz Leiva entiende este como un conflicto de naturaleza híbrida conformado por una mezcla de instrumentos culturales, políticos, económicos, militares y mediáticos en el que el objetivo estratégico de Irán no es ‘ganarlo’ —por ahora—, sino evitar la pérdida política del sistema teocrático. “Irán resiste […] con la lógica de una ‘resistencia prolongada asimétrica’, lo que ubica la situación bélica en el terreno clásico de la guerra híbrida”, insiste el docente.
Para los líderes del régimen, “es un momento vital porque es precisamente la historia de sus conflictos lo que ha permitido consolidar una Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) —protectora central del sistema—, una doctrina de resistencia alentada con la narrativa del sacrificio y la unidad social frente a la adversidad, que encuentra su símbolo […] potente en la memoria de Karbala y el martirio del imán Huséin, el evento fundacional del islam chiita”, escribe Ortiz Leiva. Todos estos factores insinúan “no necesariamente una guerra de victorias rápidas como las noticias oficiales lo muestran, sino, más bien, una guerra de desgaste. En ese terreno, las lógicas coyunturales de los contendores importarán tanto como sus propias capacidades militares”.
“La historia nos enseña que las victorias militares son efímeras si no se traducen en negociaciones de intereses por encima de negociaciones de posiciones para alcanzar algo más confiable y estable para todos”, concluye Ortiz Leiva. “Como cualquier otro conflicto, se deberá regresar a una mesa de diálogo con Irán. El verdadero interrogante no es si la habrá o no, sino cuántas vidas se perdieron y cuánto se destruyó antes de reconocer de nuevo que la paz no se dicta, sino se construye y se acuerda. Al final, forzar la victoria ‘rápida’ por conveniencia no hará más que fortalecer la narrativa de resistencia o, peor aún, prolongar el propio conflicto”.
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