En menos de dos meses, el presidente estadounidense Donald Trump le ha mostrado al mundo, de dos maneras diferentes, que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para imponer sus condiciones, borrando de su menú (o al menos relegándolas para la parte baja de la carta) ideas que hasta ahora dominaban las relaciones entre las naciones, como el derecho internacional, la diplomacia o la negociación. El 3 de enero capturó y extrajo de Caracas al dictador Nicolás Maduro y el 28 de febrero mató en un bombardeo al también dictador y además líder religioso de Irán, el ayatolá Alí Jamenei.
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Como es natural, el debate se abrió sobre la manera en que Trump quiere imponer su ley al planeta. El presidente colombiano, Gustavo Petro, aseguró que el ataque es ilegal y que el mandatario de Estados Unidos se equivocó: “Es la paz del mundo la causa común de la humanidad. La paz y la vida son los fundamentos de la existencia”, dijo. Otros, como el presidente de Argentina, Javier Milei, celebran la operación conjunta llevada a cabo por Estados Unidos e Israel que terminó con la muerte de Jamenei, “una de las personas más malvadas, violentas y crueles que ha visto la historia de la humanidad”, según un despacho de la presidencia argentina.
En Venezuela, un régimen zombi
Opiniones similares se produjeron hace casi dos meses cuando Maduro fue capturado y llevado ante la Corte del Distrito Sur de Nueva York para que responda por diferentes cargos que le imputa la justicia. El ataque contra Maduro lo justificó la administración Trump en el marco de su guerra contra el narcotráfico y como una acción para fortalecer la presencia estadounidense en su área de influencia. En este caso, Estados Unidos descabezó al régimen (sin matar al dictador) y dejó en Venezuela un gobierno zombi y obediente que viene cumpliendo al pie de la letra el libreto que le trazaron, con visos de apertura como la liberación a cuentagotas de presos políticos.
Los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, presidenta encargada de la república y presidente de la chavista Asamblea Nacional, respectivamente, vienen tomando juiciosamente todas las medidas que les han encargado para que el petróleo fluya hacia Estados Unidos, o hacia donde Estados Unidos disponga. El ascendente que tienen estas dos figuras del chavismo-madurismo sobre el resto de la estructura del régimen es lo que las mantiene en su lugar. Ese modelo casi que de virreinato le permite a la administración Trump tutelar a la distancia al actual gobierno venezolano.
Ha sido factible que esto ocurra en Venezuela porque en ese país hay oposición política robusta y organizada, y el régimen hace esfuerzos por dar muestras de que opera la democracia, así no suceda. Pese a la represión, prevalece el modelo occidental de administración pública, lo cual facilita que se pueda aplicar la política estadounidense sobre el petróleo, que es el principal objetivo. Por eso, en los últimos dos meses han ido a Venezuela a hablar con Delcy Rodríguez, como si nada hubiera pasado, el director de la CIA, John Ratcliffe, y el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, Francis Donovan.
Hoy Venezuela y Estados Unidos, en las palabras del presidente Trump, tienen las mejores relaciones. Cada vez son más tibios los reclamos de los maduristas por la libertad de su líder preso en una cárcel de Brooklin. De hecho, en su reciente discurso del Estado de la Unión, el presidente Trump aseguró que su gobierno trabaja “estrechamente con la nueva presidenta de Venezuela” para “impulsar extraordinarios avances económicos para ambos países y brindar nueva esperanza a quienes han sufrido tan terriblemente”.
¿Qué busca Estados Unidos en Irán?
Pero en Irán el propósito parece ser más radical y podría ir más allá de la simple intención de impedir que el régimen islamista se haga de armamento nuclear o que siga patrocinando con recursos y armas a grupos terroristas como Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemén (es decir, el denominado ‘eje de la resistencia’), para no hablar de la posibilidad de que nutra a otros grupos terroristas en el mundo, como lo podría estar haciendo a través de Venezuela (con cuyo régimen también tiene estrechas relaciones) como plataforma de ultramar. El ataque de este sábado de Estados Unidos e Israel a Irán podría tener como objetivo real la destrucción del régimen de los ayatolás.
No se puede siquiera imaginar en Irán un escenario como el de Venezuela, con un régimen que suma dos terribles conceptos, el de dictadura y el de teocracia, un coctel en el que, bajo la idea de ser la expresión y representación de dios en la tierra, un líder religioso y su séquito detentan el poder y sojuzgan a toda una nación conculcando todos los derechos (las mujeres, por ejemplo, son un poco más que animales domésticos: deben llevar el pelo cubierto, lo mismo que brazos y piernas, so pena de ser detenidas, torturadas o azotadas por no cumplir el estricto código indumentario que les impone el Estado iraní). En general, reprime a su población, encarcela y asesina a los opositores.
Esto, por supuesto, no justifica el temerario y fulminante ataque de este sábado. De hecho, no son las difíciles condiciones del pueblo iraní las que motivaron a Estados Unidos e Israel a descargar bombas sobre Teherán, una de las cuelas mató a más de ochenta inocentes niñas en una escuela. Si la paz y la democracia de la región son dos de los objetivos, otro, con seguridad, debe ser controlar el petróleo iraní, para lo cual se necesita un gobierno que ‘coopere’ con Washington, como lo está haciendo el de Venezuela.
Entre Venezuela e Irán hay una diferencia: en el país caribeño, el presidente Trump relegó a un segundo plano a la oposición que incluso ya ganó unas elecciones presidenciales. En Irán, le toca desde cero y, además de matar al ayatolá, anima el levantamiento masivo de la población para que acentúe las manifestaciones que viene adelantando desde hace varios meses. En ambos casos, sin embargo, hay un factor común: el mensaje de que Estados Unidos está dispuesto a todo (extraer o asesinar) para alcanzar sus objetivos. Un mensaje que de este lado del mundo debe estar escuchando con atención Cuba, a cuyo régimen el presidente Trump ya le ofreció una “toma del control amistosa”.
La llegada de Petro a la Casa Blanca
El presidente Gustavo Petro llegó este martes 3 de febrero en la Casa Blanca con un objetivo puntual: reiniciar la relación con Donald Trump y dejar atrás el clima de tensión que marcó los primeros meses del vínculo entre ambos gobiernos. Este fue el primer encuentro y posiblemente el único cara a cara entre los dos mandatarios. Cabe resaltar que la reunión se da tras una llamada telefónica inesperada el pasado 7 de enero, en la que acordaron verse en Washington. Desde entonces, tanto Petro como Trump han bajado el tono en público, conscientes de que una confrontación abierta no beneficia a ninguno.
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