El despliegue militar de Estados Unidos en el Caribe y la consecuente captura y extracción de Nicolás Maduro ratificaron en la práctica la idea de que el presidente Donald Trump está reeditando la famosa doctrina Monroe, que hace 200 años estipulaba que América era para los americanos (su espíritu fue oponerse al colonialismo europeo en el hemisferio occidental y considerar un acto hostil hacia Estados Unidos cualquier intervención de potencias extranjeras en América). Eso quedó más claro con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, en la que Trump se comprometió a “restablecer y hacer cumplir” esa doctrina. Pero, con el paso de los días, viene quedando claro que el mandatario estadounidense está reviviendo otra doctrina más ‘reciente’ y más dura.
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Se trata de la diplomacia del gran garrote, promulgada a principios del siglo XX, durante la presidencia de Theodore Roosevelt (1901-1909), cuya estrategia era negociar con otros países mientras mantenía la capacidad de usar la fuerza militar si las negociaciones no eran fructíferas. Fue exactamente lo que ocurrió en el caso de Maduro, a quien Trump le ofreció varias salidas, pero la cabeza del régimen no aceptó ninguna. Curiosamente, esta doctrina también fue aplicada en Venezuela en 1902, cuando Estados Unidos intervino para resolver un conflicto de deudas entre el gobierno del país caribeño y acreedores europeos. Roosevelt utilizó la amenaza de la fuerza militar para asegurar que los intereses estadounidenses fueran protegidos.
Si bien esa política fue abandonada oficialmente en la década de 1930, hoy se vuelve a aplicar en Venezuela, y esto es incluso usado por Trump para advertir a Dinamarca y a la Unión Europea sobre la capacidad efectiva, fulminante, de las fuerzas armadas de Estados Unidos para conseguir los objetivos que el mandatario estadounidense les trace, en este caso, hacerse con la isla de Groenlandia. En general, la política del gran garrote ha servido para infundir miedo, y eso también está quedando probado en el caso de Venezuela y la región.
Los miedos de Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello
Quizá los primeros que sintieron ese miedo fueron los militares venezolanos el pasado 3 de enero, día que Estados Unidos capturó y extrajo a Maduro. Versiones señalan que los aviones estadounidenses que abrieron camino a los helicópteros volaron a Match 1 (1.234 km/h) a cien metros de altura, lo que produjo el ruido ensordecedor que los uniformados sintieron a oscuras y sin comunicaciones. También fueron objeto del choque sónico por el que el aire se va apretando por delante de las aeronaves y estalla reventando vidrios, levantando techos y rompiendo tímpanos. Eso, sumado a los bombardeos y a la letal acción de la Fuerza Delta produjo una profunda sensación de pánico, le explicó a Pulzo Germán Ortiz Leiva, analista de medios y profesor en la Universidad del Rosario.
Tras la virtual caída de Maduro, “todo el mundo daba por hecho que habría un ‘día después’. Pero ningún análisis acertó en que lo que se iba a ver es una especie de punto intermedio entre el ‘día después’ y la no ruptura del régimen, es decir, un régimen que persiste, pero sin un líder; y se pensaba que, además, se iban a generar muchos escenarios de conflicto que efectivamente están latentes, pero que no se desarrollan en pleno”, agregó el docente. Por eso, el otro de los miedos es el que siente el chavismo duro, “consciente de que la suerte de su antiguo líder puede repetirse en cualquiera de ellos. Ese miedo empuja a renuncias silenciosas, repliegues estratégicos y conspiraciones cruzadas. Nadie espera ser el siguiente”.
Hay dos miedos particulares que identificó Ortiz Leiva en este medio. Primero el de Delcy Rodríguez, que encarna el liderazgo interino. “Ella quedó caminando como por el filo de una navaja porque le tiene que responder a Estados Unidos y satisfacer también a los chavistas más recalcitrantes que la rodean. Para eso, tiene que salir de Diosdado Cabello y del ministro de Defensa, Vladimir Padrino. Con Padrino será fácil, porque lo puede llamar a calificar servicios, pero con Cabello no, porque tiene el control de la policía, de los colectivos y tiene mucha visibilidad”. Rodríguez también teme un atentado contra su vida.
El otro miedo puntual es el que debe sentir Cabello. Por él también hay una millonaria recompensa y puede ser objetivo de una acción estadounidense. De hecho, en una de sus declaraciones, Trump dijo que había estado pensando en lanzar una segunda oleada de ataques en Venezuela, pero no lo hizo porque vio que el régimen estaba “colaborando”. El miedo de Cabello quedó al descubierto en su primera aparición en público después del ataque. Fueron muchos los que comentaron cómo le temblaban las manos y su rostro lucía lívido, descompuesto y receloso.
Miedo de ciudadanos a distintas formas de represión
Hay también, entre muchos otros, un miedo regional e internacional —según el docente de la Universidad del Rosario— al peor de los escenarios: una implosión en Venezuela de todos contra todos. “En ese cálculo, muchos actores prefieren una estabilidad imperfecta antes que una ruptura desordenada”, aseguró. Porque “los chavistas más radicales prefieren irse al monte, en donde eventualmente pueden encontrar apoyo y entrenamiento de grupos como el Eln para hacer una especie de insurrección contra la intervención estadounidense. Es un miedo o preocupación incluso de los propios estadounidenses, porque no quieren entrar y menos enfrentarse a grupos irregulares”.
“No quieren otro Vietnam ni otro Irak, y por eso sacrifican a la oposición venezolana para que no participe por ahora en el proceso de transición. En su pragmatismo, es muy inteligente la estrategia de Trump, que no quiere escenarios así, porque tiene intereses superiores como el petróleo”, agregó Ortiz Leiva. Y en torno a eso gravita, precisamente, una seria preocupación estadounidense: que las reservas probadas de más 303.000 millones de barriles de crudo pesado que guarda el subsuelo venezolano se queden enterradas para siempre si no lo sacan antes de que cambie la matriz energética mundial.
Temen, por supuesto, los sectores que encuentran en la actitud de Trump una amenaza colonialista o imperialista sobre América Latina. La izquierda continental ve en riesgo su proyecto político dada la decisión del presidente estadounidense de asegurar para la potencia norteamericana su área de influencia, pues ya ha dejado claro, por ejemplo, que busca erradicar la presencia de países como Rusia y China, que se han venido fortaleciendo en la región. Para todos, el gran garrote tiene la forma de la poderosa fuerza naval desplegada en el Caribe.
Pero, por desgracia, la doctrina del gran garrote también afecta a las víctimas del régimen chavista. Por el golpe de haber perdido a su líder, que debieron encajar a regañadientes, los lugartenientes de Maduro que quedaron administrando el país siguen aplicando la estrategia de la puerta giratoria. En medio de las anunciadas excarcelaciones —sobre las que el régimen no ofrece datos fidedignos y comprobables—, los venezolanos siguen siendo capturados. Así, mientras unos presos salen de las cárceles, entran otros, una execrable práctica que Felipe González, expresidente del gobierno español, ha llamado acertada y descarnadamente como “comercio de carne humana”.
Sienten asimismo un terrible miedo los venezolanos de bien que ven cómo la captura y extracción del otrora cabeza del régimen venezolano funcionó como el gran garrote que sacude un tapete viejo y sucio, y hace no solo que salga la mugre acumulada, sino que caigan las alimañas anidadas en él: los tenebrosos colectivos chavistas que, encapuchados, en motos y armados hasta los dientes, patrullan las calles para ‘encarar’ a un enemigo que ya no está y los avergonzó a ellos y a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, y para aterrorizar a la oposición y a quienes se manifiesten a favor de la acción estadounidense. Hoy, muchos miedos tienen erizada a Venezuela y permanecerán hasta cuando la normalidad y democracia retornen para quedarse.
Momento exacto del ataque de Estados Unidos a Venezuela
En imágenes grabadas por distintas personas se muestra el momento del ataque de Estados Unidos contra Venezuela. El hecho generó un aumento inmediato de la tensión política y diplomática entre ambos países, según reportes oficiales y testimonios difundidos en redes sociales.
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