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La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, aseguró recientemente que no existe “ningún riesgo” para la seguridad de los visitantes durante la próxima cita mundialista de fútbol en el país, enfatizando la tranquilidad especialmente en Guadalajara, donde se originó un intenso debate tras la muerte del máximo líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Sin embargo, esta declaración ocurre en el contexto de una creciente inquietud internacional. Según varios medios de comunicación, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) ha solicitado informes detallados sobre la situación de seguridad que se vive actualmente en México. Alineados con estas preocupaciones, desde Bolivia —selección que disputará una repesca en Monterrey durante marzo— se anunció el envío de una carta formal a la FIFA solicitando que se refuercen las medidas de prevención y resguardo.
La problemática del orden público no es nueva en el entorno de los grandes eventos deportivos, incluso en periodos sin conflictos bélicos de gran escala como fueron las dos Guerras Mundiales. Un ejemplo paradigmático ocurrió en 2001, cuando Colombia estuvo a punto de perder la sede de la Copa América por la compleja situación de seguridad derivada de las negociaciones de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). El secuestro de Hernán Mejía Campuzano, vicepresidente de la Federación Colombiana de Fútbol, apenas 16 días antes del inicio del torneo, generó alarma internacional y causó el retiro de Canadá y Argentina, quienes fueron reemplazados por Costa Rica y Honduras.
A pesar de la tensión, la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) confirmó a Colombia como anfitriona, denominando el certamen como “La Copa de la Paz”. Gracias a una tregua pactada entre Gobierno y Farc, el evento se desarrolló sin incidentes violentos y la Selección Colombia conquistó su primer título continental. En 2019, una situación similar en Chile —marcada por protestas sociales— obligó a trasladar la final única de la Copa Libertadores desde Santiago hasta Lima para garantizar la integridad de los participantes.
El fútbol sudamericano ha experimentado, además, episodios en los que la violencia y el fanatismo extremo alteraron el curso natural de los torneos. Destaca la final de la Copa Libertadores de 2018 entre River Plate y Boca Juniors, que, por enfrentamientos violentos y ataques al equipo visitante en Buenos Aires, se vio forzada a trasladarse a Madrid. Esta medida buscaba salvaguardar la seguridad de jugadores y aficionados ante la incapacidad de efectuar el duelo en su país de origen.
No obstante, la amenaza a los eventos deportivos no se limita al fútbol. El continente americano aún recuerda con dolor el atentado sufrido durante el Maratón de Boston en 2013. Allí, los hermanos Tamerlan y Dzhojar Tsarnayev activaron dos explosivos en el sector de Boylston Street, provocando la muerte de cuatro personas y dejando 282 heridos. La respuesta de las autoridades resultó en la muerte del primer atacante y la detención del segundo, quien primero fue condenado a cadena perpetua, pero posteriormente la Corte Suprema de Estados Unidos ratificó para él la pena de muerte en 2022. Este episodio puso en evidencia que, más allá del espectáculo, la seguridad en grandes eventos deportivos sigue siendo un desafío constante.
¿Por qué es tan complejo garantizar la seguridad en grandes eventos deportivos internacionales?
La interrogante sobre la seguridad en eventos de magnitud internacional se ha vuelto recurrente a raíz de los numerosos incidentes que han marcado tanto al fútbol latinoamericano como a otras disciplinas, como el atletismo. La organización de competencias de esta dimensión requiere efectuar coordinación entre autoridades civiles, organismos de seguridad y entidades deportivas. El elevado flujo de personas provenientes de distintas latitudes y la concentración mediática hacen de la prevención y protección una tarea titánica.
A esto se suma la exposición a amenazas provenientes de factores externos a la organización deportiva, como situaciones sociales, políticas y delictivas que pueden desencadenar desde protestas masivas hasta atentados planificados. Por ello, la seguridad es considerada uno de los principales pilares para que el deporte siga siendo un espacio de integración y celebración internacional.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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