El navegador más utilizado del planeta acaba de cruzar el punto de no retorno. Google ha completado la transición tecnológica más ambiciosa y polémica de su historia reciente en Chrome.
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Con la llegada de su versión 150, la compañía tecnológica ejecutó el “apagón” definitivo de Manifest V2, el plano arquitectónico bajo el cual se programaban las extensiones. A partir de ahora, solo se permite el nuevo estándar, llamado Manifest V3.
Para millones de personas que usan extensiones a diario, esto se traduce en una transformación radical: el navegador ha dejado atrás la forma en que funcionaba su característica más conocida y personalizable. Aunque Google asegura que este cambio es indispensable para proteger a los usuarios, la medida ha desatado un intenso debate sobre el control y la libertad en Internet.
¿Qué cambió por completo en el navegador?
Las extensiones son como “pequeños programas” o aplicaciones que se instalan dentro de Chrome para añadir funciones que no vienen de fábrica: desde traductores automáticos y gestores de contraseñas, hasta los populares bloqueadores de publicidad. Durante más de una década, estas herramientas operaban con total libertad bajo las reglas de Manifest V2.
Sin embargo, Google detectó que esa libertad implicaba serios riesgos. El sistema antiguo permitía que una extensión legítima descargara código desde un servidor externo una vez instalada en la computadora del usuario. Esto abría la puerta a que una herramienta inofensiva se convirtiera secretamente en un virus o en un programa espía sin que los filtros de seguridad de la tienda de Chrome se dieran cuenta a tiempo.
Con Manifest V3, las reglas cambiaron por completo y se impusieron tres pilares estrictos:
- Seguridad absoluta: se prohibió el código remoto. Ahora, todo el código de una extensión debe estar dentro del paquete original y ser revisado exhaustivamente por Google antes de llegar al público.
- Eficiencia: las extensiones ya no pueden ejecutarse de fondo todo el tiempo consumiendo memoria RAM y agotando la batería de las computadoras portátiles. Solo se “despiertan” cuando el usuario interactúa con ellas.
- Privacidad de datos: las herramientas ya no tienen permiso para “espiar” todo el tráfico de navegación del usuario bajo la promesa de modificar una página web.
A pesar de los beneficios en seguridad, este cambio tecnológico modificó drásticamente la función más popular de Chrome: la capacidad de bloquear anuncios de forma agresiva y personalizada.
En el sistema viejo, los bloqueadores vigilaban todo el tráfico de Internet y decidían qué elementos frenar en tiempo real. Ahora, con Manifest V3, el navegador es el que toma el control. Las extensiones ya no bloquean directamente; en su lugar, deben darle una lista de “reglas” a Chrome para que este haga el trabajo.
El problema radica en que Google impuso límites estrictos a la cantidad de reglas que una extensión puede enviar. Como la publicidad en Internet cambia todos los días, los bloqueadores necesitan cientos de miles de reglas dinámicas para ser efectivos.
Al verse limitados, herramientas legendarias y muy queridas por la comunidad técnica han tenido que lanzar versiones recortadas o menos potentes, mientras que otras simplemente dejaron de funcionar.
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