Por: LA CRONICA DEL QUINDIO

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Este artículo fue curado por pulzo   Mar 8, 2026 - 12:16 am
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Abelardo Olmos Mejía, un reconocido habitante del barrio San José en Armenia, es uno de los testigos privilegiados de la historia del parque El Bosque y sus alrededores. En su libro Historias barriales de Armenia, publicado por la Corporación Municipal de Cultura en 2003 bajo el título “Génesis de un milagro”, Olmos retrata con detalle la vida cotidiana y los personajes emblemáticos de este antiguo sector. El autor describe este enclave como un “patriarca campestre, inamovible y silente”, haciendo alusión a la permanencia y al carácter tradicional de la zona, elementos que le otorgan un valor patrimonial irremplazable en la memoria de la ciudad.

Según Olmos, los terrenos donde hoy se extiende el parque El Bosque tenían varios propietarios, entre quienes se cuenta a don Juan Nepomuceno Vélez, quien fue vendiendo los lotes para la formación de barrios como San José y otras zonas vecinas. Los primeros moradores del sector, desde 1937, fueron figuras como Benjamín Ocampo, Prudencio Cárdenas, Lilia Fernández de Pérez y Escipión Serna, quienes contribuyeron a conformar la identidad colectiva del barrio más poblado de la época.

El libro destaca la magia especial de los encuentros en el parque, donde las familias del sector solían llevar sus utensilios de cocina para disfrutar de días de campo y festividades en el amplio espacio boscoso que aún define este rincón de Armenia. Además, la crónica resalta a varios personajes pintorescos que han dejado una impronta inolvidable en la vida vecinal. Marco Ospina, apodado “el Marcón de los Mares”, se hizo célebre por predecir con entusiasmo los medios de transporte del futuro, evocando comparaciones con el famoso escritor Julio Verne.

Entre los años 40, el vecindario bullía con bares populares y música en la calle 21, avenida conocida como “La Pista” por las carreras de caballos que congregaban a los vecinos los fines de semana. Allí solía verse a figuras como “Pinga Pérez”, conocido por su ingenio para conseguir licor y su grito a favor del partido liberal, así como por frecuentar velorios para aprovechar el aguardiente ofertado durante las despedidas.

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En este sector la economía del “rebusque” o supervivencia era una constante, con vendedores ambulantes, fruteros y mercachifles que ofrecían desde baratijas hasta supuestas recetas para la buena fortuna en la lotería. Uno de los oficios más tradicionales que sigue vigente es el de los “sobanderos”, curanderos populares conocidos por sus habilidades para aliviar dolores físicos. Don Hernán Restrepo Arango, “el sobandero del Bosque”, permanece como una leyenda viva del sector, siendo tema de crónicas como la escrita por Germán Rojas Arias en La Crónica el 18 de diciembre de 2005, donde se detalla su singular capacidad para curar con sus manos y palabras.

Otro personaje emblemático fue “El Diablo”, cuyo nombre real era José Abner Franco Chala, quien hasta sus últimos días fue figura habitual en el barrio San José y el centro de Armenia. Reconocible por su sombrero de pluma y su carreta de reciclaje con el singular rótulo “Pagos de la familia Castañeda”, personificó la lucha diaria por la subsistencia en un entorno que mezcla anhelos, memoria y nuevas realidades.

En definitiva, las historias recopiladas por Abelardo Olmos Mejía y otros cronistas dan fe de la profunda riqueza social y cultural del parque El Bosque y sus barrios aledaños. Son relatos que permiten comprender la identidad de Armenia a través de sus personajes, costumbres y cambios, resaltando la importancia de la memoria colectiva en la construcción del presente urbano.

¿Cuál es el papel de los sobanderos en la tradición cultural de Armenia?

La figura del “sobandero”, como la encarna don Hernán Restrepo Arango, se ha consolidado en Armenia y especialmente en el sector del parque El Bosque como una práctica tradicional que aporta no sólo a la economía popular, sino también al imaginario colectivo sobre la salud y el bienestar. A través de oficios como la sobada, se mezclan creencias ancestrales, técnicas manuales y un componente social que beneficia a quienes buscan alivio fuera del sistema médico convencional.

Esta tradición ha sido recogida en crónicas periodísticas y publicaciones como las de Germán Rojas Arias en La Crónica del Quindío, donde se describe el proceso, los ingredientes utilizados y el ambiente amistoso de los sobanderos. El arraigo de estos curanderos populares refleja la diversidad de saberes en la ciudad y la manera en que los habitantes mantienen vivas sus formas comunitarias de enfrentar las dolencias y los retos cotidianos.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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