En áreas al sur y occidente de Armenia, la imagen ordenada de la ciudad da paso a laderas y terrenos accidentados, donde han surgido a lo largo de los años una gran cantidad de asentamientos informales. Según datos de la Dirección de Planeación Municipal citados por La Crónica del Quindío, existen 121 asentamientos identificados en Armenia, ocupando más de 123 hectáreas y agrupando cerca de 3.903 predios en condiciones legales y físicas irregulares. Estas comunidades se levantan en zonas donde la ciudad formal parece detenerse, habitadas por familias que—ante la falta de alternativas de vivienda—han optado por construir con sus propios medios.
Las viviendas, construidas poco a poco con materiales reciclados y adaptadas al terreno disponible, suelen carecer de servicios públicos formales. En su mayoría, los habitantes deben buscar agua, energía y refugio a través de conexiones improvisadas o, incluso, mediante préstamos y ayuda entre vecinos. A pesar de la ausencia de calles pavimentadas o de recolección regular de basuras, estas comunidades han construido lazos de solidaridad que permiten una cierta estabilidad social en medio de la precariedad material. Se estima que más de 9.000 personas residen actualmente en estos asentamientos, reflejando una problemática habitacional que ha ido creciendo en los márgenes de la ciudad.
Dentro de los asentamientos, la cotidianidad transcurre en medio de la incertidumbre. Familias como la de Gabriel Díaz, en Miraflores, deben buscar cada día el sustento por medio de la economía informal: reciclaje, ventas ambulantes y trabajos temporales son la regla y no la excepción. La vida discurre en viviendas de madera y láminas metálicas, a menudo construidas sin supervisión técnica, lo que incrementa significativamente los riesgos de emergencias, como la conflagración que tuvo lugar en el barrio La Unión Bajo y que, según testimonios recogidos, dejó varias casas destruidas por el fuego debido a la rapidez con que las llamas se propagan en estos entornos densamente habitados y hechos de materiales inflamables.
Las dificultades se agravan para adultos mayores y personas solas como María Rosmira Rendón, quien enfrenta el día a día apenas con lo esencial, dependiendo del apoyo de los vecinos y afectada también por la soledad y el abandono institucional. La escasez de alumbrado público acentúa la inseguridad al caer la noche y obliga a las familias a resguardarse en sus casas improvisadas.
En estos sectores, cada jornada implica buscar maneras de sobrellevar la precariedad, improvisar soluciones y sostener la vida en territorios que, aunque carecen de reconocimiento formal, son el único hogar disponible para muchas personas. Tal como relata Gabriel Díaz en entrevista para La Crónica del Quindío, nadie escoge vivir en esas condiciones, pero la falta de alternativas deja pocas opciones.
Las autoridades locales y nacionales han abordado la situación a través de acciones legales. Una acción popular liderada por la Defensoría del Pueblo derivó en un fallo del Tribunal Administrativo del Quindío que instruye al Ministerio de Vivienda, el Departamento de Prosperidad Social y las autoridades de Armenia para desarrollar estrategias integrales que mitiguen los riesgos y atiendan la emergencia habitacional, considerando tanto la reubicación de familias como la mejora de las condiciones actuales.
Por ahora, a pesar de los múltiples debates institucionales y judiciales, la vida en los asentamientos informales de Armenia sigue marcada por la improvisación y la resiliencia frente a una realidad que, lejos de ser marginal, se ha vuelto parte central del paisaje urbano en expansión.
¿Qué significa vivir en una zona de riesgo?
La expresión “zona de riesgo” utilizada por la Dirección de Planeación Municipal se refiere a aquellas áreas donde las condiciones del terreno o el entorno incrementan la posibilidad de desastres, como deslizamientos geográficos, inundaciones o problemas estructurales graves. En Armenia, cerca de 22,45 hectáreas de los asentamientos informales se encuentran en zonas catalogadas como de riesgo, y 16,69 de ellas como riesgo alto, lo cual representa un grave peligro para quienes allí residen.
Comprender el significado de vivir en una zona de riesgo es relevante porque implica no solo la amenaza constante para la vida y los bienes de las familias, sino también la necesidad de atención prioritaria por parte de las autoridades locales en temas de prevención, mitigación y eventual reubicación, como parte de las políticas públicas que actualmente están en discusión en la ciudad.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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El Ministerio de Vivienda presentó un proyecto de decreto que busca frenar las alzas en el precio de las viviendas VIS. La idea del Gobierno es que quede en máximo 135 salarios mínimos y que desde el inicio del negocio se establezca el precio en pesos colombianos.
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