El Espectador es el periódico más antiguo del país, fundado el 22 de marzo de 1887 y, bajo la dirección de Fidel Cano, es considerado uno de los periódicos más serios y profesionales por su independencia, credibilidad y objetividad.
En el agitado contexto del Catatumbo, en el noreste de Colombia, el 16 de enero de 2025 se convirtió en una fecha clave para José del Carmen Abril, conocido como Carmito, un líder campesino del corregimiento La Trinidad, municipio de Convención, Norte de Santander. En esa jornada, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) desató una ofensiva en la zona, sumergiendo a la región en una espiral de violencia y terror. Carmito tenía clara su suerte: las amenazas que pendían sobre su vida eran tan ciertas como el riesgo que afrontaban otros líderes sociales. Su casa, visitada en varias oportunidades por el ELN con insistentes demandas por él, simbolizaba la fragilidad de quienes se atreven a denunciar la barbarie. “No lo vamos a matar”, le decían a su pareja, aunque en un entorno donde los disidentes y grupos armados controlan la vida cotidiana, tales palabras pierden sentido.
Mientras Carmito trabajaba la tierra junto a sus hijos se enteró de la ofensiva armada que recorría el Catatumbo. Según relata, la guerrilla del ELN buscaba consolidar su dominio, enfrentándose al frente 33 de las disidencias de las FARC, también conocido como Estado Mayor de los Bloques y Frente (EMBF). Las noticias eran fatales: familiares y excombatientes asesinados, campesinos en la mira y la expansión incesante del temor. Tal como expone un informe de la Defensoría del Pueblo citado por El Espectador, los combates entre el ELN y el frente 33 en el último año habían provocado el desplazamiento de más de 100.000 personas y amenazas directas sobre unas 8.000 más, incluyendo a Carmito.
La noche de aquel 16 de enero, la única alternativa para Carmito y sus hijos fue refugiarse en la montaña. Desde ese exilio forzado, grabó un video pidiendo auxilio, describiendo el agravamiento del conflicto y el asesinato de excombatientes y civiles. Su mensaje, recogido por medios como El Espectador, sensibilizó a la opinión pública. La ayuda llegó la mañana siguiente, cuando el entonces ministro de Defensa, Iván Velásquez, le respondió una llamada y ordenó un operativo prioritario de rescate. De acuerdo con el Ministerio de Defensa, entre enero y febrero de 2025, evacuaron 742 personas en 66 vuelos del Catatumbo.
El desplazamiento ha marcado la vida de Carmito por segunda vez. Dos décadas antes, en 2002, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) lo expulsaron de su tierra. Tras un regreso en 2003, lideró la Asociación Campesina del Catatumbo (Ascamcat), orientada a defender los derechos humanos y reconstruir la comunidad, aunque hoy lamenta no poder seguir ejerciendo su labor desde su territorio. El recuerdo de la violencia y la resiliencia modelan su carácter, alimentado también por la experiencia en la Unión Patriótica, un partido víctima de genocidio político en Colombia.
Hoy, el anhelo de Carmito y otros desplazados es volver a “la tierra de los tatarabuelos”, pero mientras la violencia persista y el Estado no logre establecer condiciones reales de seguridad, ese retorno sigue siendo un sueño frustrado. La reconciliación y el fin del conflicto aparecen lejanos, y la historia de Carmito revela las profundas heridas que la guerra deja en la vida de los líderes rurales que solo aspiran a vivir y morir en paz en el lugar donde crecieron.
¿Qué significa ser desplazado forzado en Colombia?
En Colombia, el desplazamiento forzado refiere a la obligación de abandonar el lugar de residencia habitual debido a amenazas, violencia o conflicto armado, sin posibilidad de regresar de manera segura. Como muestra el caso de Carmito, esta situación implica no solo la pérdida de bienes y territorio, sino una ruptura profunda del tejido comunitario y la identidad de quienes resisten en zonas rurales acosadas por actores armados. El desplazamiento forzado constituye una de las tragedias persistentes del conflicto colombiano contemporáneo.
Para los desplazados, la vida se divide entre el antes y después del desarraigo. La incertidumbre y el dolor no cesan con el tiempo; por el contrario, la frustración crece ante la falta de garantías para regresar y reconstruir lo perdido. El testimonio de Carmito ilustra cómo los procesos de retorno y reparación siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del sufrimiento y la persistencia de la violencia en regiones como el Catatumbo.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
* Pulzo.com se escribe con Z
LO ÚLTIMO