Empiezan, claro, por destacar que, si bien el paro ya está activado, se habría originado en varios presuntos hechos inexistentes, como las supuestas reformas pensional o tributaria, o la supuesta laboral que rebajaría el salario mínimo. Otros hechos sí tienen asidero real, como los acuerdos que firmaron este y gobiernos anteriores con diferentes sectores, a los que nos les han cumplido.

Eso lo han destacado las mismas centrales obreras que convocan la movilización, pero son ellas también las primeras en rechazar a los vándalos que en cada manifestación o protesta aparecen para crear el caos y, con violencia, obtener réditos políticos para los intereses que están detrás de ellos, a la sombra.

“Deben de ser pacíficas. No aceptamos bajo ninguna circunstancia ni encapuchados ni gente con pasamontañas ni gente dañando lo público ni dañando los bienes privados tampoco”, dijo, enfático, Julio Roberto Gómez, presidente de la CGT, a Noticias Caracol, al referirse a las protestas.

“Las movilizaciones son un derecho democrático cuando son expresión de libertad, de responsabilidad ciudadana”, dijo, por su parte, la Conferencia Episcopal en un comunicado. “Para que tengan verdadero sentido deben apuntar al bien común y no prestarse a intereses personales o de grupos, ni a la implantación de ideologías o propósitos ajenos a la vida de nuestras comunidades”.

Si bien este fin de semana varios columnistas dedicaron sus espacios de opinión a explicar por qué van a marchar, o por qué no lo harán, este lunes otros no escribieron en primera persona y se enfocaron en la necesidad de que las manifestaciones sean en paz.

“Tan absurdo es endilgarles el mote de guerrilleros comunistas chavistas a quienes libre y soberanamente han decidido marchar, como absurdo resulta acusar de paracos, fachos, y corruptos a quienes libre y soberanamente han decidido no marchar”, escribió, por ejemplo, Juan Lozano en El Tiempo. “Lo uno y lo otro deriva en satanizaciones peligrosas, de esas que empiezan con un adjetivo y terminan con uno o varios cadáveres”.

Y después llama la atención sobre los vándalos: “En lo que todos deberían estar de acuerdo es en que hay que rechazar, contener y capturar a los vándalos y a quienes se valen de las marchas y la buena fe de muchos de los participantes para destruir la infraestructura pública, tratar de prenderles candela a edificios oficiales, agarrar a piedra a los humildes policías de Colombia o vandalizar lo que van encontrando a su paso. Eso no es protesta social. Eso es terrorismo”.

En El Espectador, Santiago Montenegro recuerda que es obvio que se debe respetar la protesta y las razones que todos los sectores tienen para llevarla a cabo. “Pero debemos exigir que sea en forma pacífica. Los que esperan afectar el orden público y destruir los bienes públicos y privados cometerán un gran error porque, pese a todo lo que se dice, Colombia ha sido un país en donde se valora la libertad y se aborrece la violencia”.

“Todos esperamos que el 21 transcurra en paz. De otra forma, la opinión pública, comenzando por los ciudadanos del común, rechazará los actos de violencia y exigirá responsabilizar a quienes la provoquen y la generen”, agrega Montenegro.

José Amar Amar, en El Heraldo, pone el paro en el contexto regional y advierte que “infortunadamente, el legítimo derecho de las personas a expresar sus descontentos, como ha ocurrido en otros países del mundo y de la región, se ha visto empañado por grupos criminales organizados, junto a delincuencia de todos los pelambres que siembran la anarquía y el temor, saqueando o destruyendo bienes públicos, haciéndoles el juego a los enemigos de la democracia”.

“Hoy se ha impuesto un discurso populista en el que cada vez más gente siente que la sociedad está dividida entre una élite corrupta y un pueblo puro, generando un gran distanciamiento entre la ciudadanía y sus instituciones, y donde el ciudadano defiende la idea de la soberanía popular”, prosigue Amar en el diario barranquillero. “Esta postura tiene por característica que se alimenta del odio que se puede generar, ya que las personas sienten mucha rabia ante una clase política corrupta, ante los abusos cotidianos […], ante los asesinatos de líderes sociales, o, en definitiva, por la furia que profesan ante un ingreso miserable que no le permite a su familia sobrevivir el mes, haciendo que se endeuden con la incertidumbre de no saber cómo van a pagar”.

Y en El Colombiano, Juan David Escobar Valencia pone las cosas en el campo de la filosofía y la contabilidad: “Lo que suelen hacer los asesinos de las democracias, que se aprovechan y alimentan de las bondades de ellas para destruirlas, cual parásitos, es ‘olvidar selectivamente’ que para que el sistema democrático sea viable y balanceado, debe existir lo que en contabilidad llaman ‘Partida Doble’, según la cual toda cantidad en el ‘debe’ tiene una contraprestación en el ‘haber’, que lo que obtenemos implica una responsabilidad igual, y por ello todo ‘derecho’ exige un ‘deber’”.