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Este artículo fue curado por pulzo   Ene 9, 2026 - 7:55 pm
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El nombre de Marco Rubio ha estado durante más de una década asociado a la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina, particularmente en relación con Cuba y Venezuela. Sin embargo, su llegada al Departamento de Estado en enero de 2025 como líder de la política exterior de la segunda administración de Donald Trump marcó un punto de inflexión: aquello que durante años fue una agenda impulsada desde el Senado pasó a convertirse en política oficial del Ejecutivo estadounidense.

Rubio no es un diplomático de carrera ni un académico especializado en relaciones internacionales. Su trayectoria se forjó en la política doméstica, en la disputa electoral de Florida y en la construcción de poder dentro del Partido Republicano.

No obstante, desde ese espacio logró proyectarse como uno de los principales diseñadores de la estrategia estadounidense hacia América Latina, al punto de ser considerado durante el primer gobierno de Trump como un “secretario de Estado en la sombra” para la región, según analiza el sitio ‘Misión Verdad’.

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Hoy, ya instalado al frente de la diplomacia estadounidense, Rubio aparece como una figura central en una política exterior caracterizada por la coerción, la securitización y el uso explícito de la fuerza, con Venezuela como una especie de laboratorio principal de esa estrategia.

Orígenes, identidad y construcción política

Marco Antonio Rubio nació en Miami, Florida, en 1971. Es hijo de inmigrantes cubanos que abandonaron la isla en busca de lo que él mismo ha definido como el “sueño americano”, según informa la web oficial del Departamento de Estado de Estados Unidos. Su historia familiar estuvo marcada por el exilio, el anticomunismo y la experiencia migratoria, y se convirtió en un componente central de su identidad política y de su narrativa pública.

Su padre trabajó como camarero y su madre alternaba entre el trabajo doméstico y el empleo como personal de hotel. Según el perfil oficial del Departamento de Estado, Rubio creció en un entorno donde se le inculcaron valores como la fe, la familia, la comunidad y el trabajo, elementos que luego integró a su discurso político conservador.

Formado en Ciencias Políticas y Derecho, Rubio inició su carrera en la política estadounidense como comisionado municipal en West Miami. Desde allí dio un salto rápido a la Cámara de Representantes estatal de Florida, donde alcanzó notoriedad al convertirse en su primer presidente cubano-estadounidense.

Y ese rápido ascenso le permitió consolidarse como una figura emergente del conservadurismo republicano en el estado clave del sur de Estados Unidos.

Su llegada al Senado con una proyección nacional

El punto destacado en su carrera llegó en 2010, cuando obtuvo un escaño en el Senado de Estados Unidos en una contienda de alto perfil. Su victoria lo posicionó rápidamente como una figura emblemática del Tea Party y como uno de los nuevos rostros del ala dura del Partido Republicano.

Desde el Senado, Rubio construyó una agenda fuertemente orientada a la política exterior y a los temas de seguridad nacional. Fue miembro principal de la Comisión de Relaciones Exteriores, vicepresidente de la Comisión Selecta de Inteligencia y parte de la poderosa Comisión de Asignaciones, además de integrar la Comisión para Pequeños Negocios y Empresariado.

Logros que le dieron la posibilidad de influir de manera decisiva en debates estratégicos para Washington, desde China hasta América Latina.

Rubio fue impulsor de iniciativas legislativas de alto impacto, como la Ley de Prevención del Trabajo Forzoso Uigur, la Ley de Relaciones con Hong Kong y la Ley VERDAD, además de colaborar en la creación del programa Paycheck Protection Program durante la pandemia de COVID-19.

Rubio y Trump: lealtad política y capital acumulado

La relación entre Marco Rubio y Donald Trump no estuvo exenta de tensiones. Ambos compitieron en las primarias republicanas de 2016, y la candidatura presidencial de Rubio no prosperó. Sin embargo, lejos de debilitarlo, esa experiencia reforzó su perfil nacional y su peso dentro del partido.

Uno de los episodios clave que consolidó su vínculo con Trump fue su rol en el Comité de Inteligencia del Senado durante la investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones de 2016. Como presidente interino del comité, Rubio adoptó una postura que reconocía la interferencia rusa, pero descartaba la existencia de colusión criminal entre la campaña de Trump y Moscú.

Ese “favor político”, como lo define el análisis de ‘Misión Verdad’, se tradujo años después en capital político. En noviembre de 2024, Trump lo nominó secretario de Estado, y su confirmación fue histórica: 99 votos a favor y ninguno en contra en el Senado.

Rubio se convirtió así en el primer miembro del gabinete confirmado en la segunda Administración Trump y asumió como el 72.º secretario de Estado el 21 de enero de 2025.

América Latina como prioridad estratégica

Desde su llegada al Departamento de Estado, Rubio dejó en claro que América Latina ocupa un lugar central en la política exterior de la Casa Blanca habitada por Trump. No se trata de una novedad, sino de la institucionalización de una agenda que él mismo había impulsado durante años desde el Senado.

Según el politólogo Federico García, consultado por France 24, Rubio “es un representante de los sectores cubano-norteamericanos de la Florida, que tradicionalmente han sido muy conservadores y que se han organizado clientelarmente alrededor del Partido Republicano y Demócrata”.

Ese arraigo territorial le permitió convertirse en un actor clave para reforzar el rol de Florida como estado decisivo en las elecciones presidenciales, y a la vez proyectar esa influencia al plano nacional. “Él es un hombre criado al calor de la lucha electoral, de la luz de la disputa y del reparto clientelar”, analiza García.

Para el politólogo, el titular de Exteriores de Washington no es un ideólogo ni un intelectual, sino un político de “maquinaria clientelista”, formado en la lógica del reparto de poder y del cálculo electoral. Esa impronta se refleja en su manera de concebir la política exterior: como una extensión de la negociación basada en la fuerza, un enfoque que encaja con la visión de Donald Trump sobre las relaciones internacionales.

Cuba y Venezuela: una obsesión de larga data

El interés fijo de Marco Rubio con Cuba y Venezuela atraviesa toda su carrera política. García, recuerda que en ambos casos, la postura del secretario de Estado está atravesada por un anticomunismo declarado, que funciona tanto como convicción ideológica como herramienta de movilización electoral en Florida.

En el caso cubano, Rubio fue uno de los principales opositores a cualquier intento de distensión. Durante la primera Administración Trump, según el Departamento de Estados, trabajó activamente para endurecer las sanciones y responsabilizar a miembros del Gobierno cubano, incluyendo al conglomerado empresarial militar de la isla.

Para García, la política estadounidense hacia Cuba responde menos a una amenaza real que a una lógica de política interna: cualquier presidente que intente flexibilizar las sanciones, como ocurrió con Barack Obama, paga un alto costo político en Florida. Rubio capitalizó ese escenario y construyó su liderazgo sobre la base del miedo, el relato del exilio y la identificación de un enemigo permanente.

“Buena parte de su discurso en la Florida se ha basado en el miedo, pues es algo que da réditos políticos”, explica García. Y añade: “Siempre tener un enemigo es conveniente”.

Venezuela: de la presión legislativa a la política de Estado

Si Cuba fue un eje constante, Venezuela se convirtió en el centro neurálgico de la agenda internacional de Rubio. Como senador por Florida, fue el principal arquitecto de la política sancionatoria estadounidense contra Caracas, promoviendo presiones políticas, económicas y diplomáticas.

Desde 2012, Rubio impulsó una narrativa que presentaba a Venezuela como una amenaza “inusual y extraordinaria” para Estados Unidos. Ese relato sirvió de base para justificar sanciones, aislamiento internacional y el cercamiento de su economía, particularmente del sector petrolero, según un informe de ‘Misión Verdad’.

En 2014, Rubio presentó la resolución que instó al presidente Barack Obama a imponer sanciones inmediatas, y luego introdujo el proyecto de ley que se convirtió en el marco legal de una política que afectó al país durante más de una década.

Esa legislación contó con respaldo bipartidista y con la colaboración activa de figuras de la oposición venezolana, según documenta Misión Verdad.

De la retórica al control directo: el nuevo rol “tutelador”

Con Rubio ya instalado como secretario de Estado, esa agenda continuó y se profundizó. Según la agencia Reuters, el propio Rubio detalló un plan de tres fases para Venezuela: estabilización tras la captura de Nicolás Maduro, acceso prioritario de empresas estadounidenses al petróleo venezolano y supervisión de una transición política.

“El proceso en marcha nos permite tener un enorme control y una gran influencia sobre lo que esas autoridades provisionales están haciendo”, afirmó Rubio, según citó Reuters, dejando en claro el carácter tutelar que Estados Unidos busca ejercer sobre Venezuela.

Ese enfoque generó fuertes críticas dentro del propio Congreso estadounidense. Legisladores demócratas calificaron el plan como un robo de petróleo, mientras que el senador Chris Murphy lo describió como “un plan demente” por su nivel de intervención directa.

Guyana y el Esequibo con proyección militar

Uno de los elementos más novedosos de la estrategia de Rubio es el papel asignado a Guyana. Desde antes de asumir como secretario de Estado, el político había cultivado una relación estrecha con el gobierno guyanés. Tras su nominación, su primera llamada internacional fue al presidente Irfaan Ali, con quien acordó fortalecer la “integridad territorial” de Guyana, en alusión directa al conflicto con Venezuela por el dominio del Esequibo.

Durante su visita a Georgetown en marzo de 2025, Rubio participó en ejercicios militares conjuntos y firmó acuerdos de cooperación en seguridad. En ese contexto, describió a Venezuela como una “amenaza regional” y dejó abierta la posibilidad de represalias militares.

Brasil y México, los gobiernos de izquierda que incomodan a Rubio 

La estrategia hemisférica que impulsa Marco Rubio hacia América Latina encuentra límites concretos en la relación con gobiernos de izquierda que, por peso político y económico, resultan imposibles de aislar: Brasil y México.

Para el politólogo García, Rubio enfrenta una contradicción estructural: su discurso confrontativo hacia los gobiernos progresistas choca con la necesidad pragmática de sostener vínculos estables con las principales economías latinoamericanas.

Rubio puede tener un discurso muy duro contra la izquierda latinoamericana, pero no puede desconocer que Brasil y México son socios estratégicos ineludibles para Estados Unidos”, afirmó.

En el caso de Brasil, la política exterior del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, está marcada por la autonomía frente a Washington y una fuerte apuesta al multilateralismo. “Brasil no es Venezuela ni Cuba; es una potencia regional con capacidad de negociación y con margen para incomodar a Estados Unidos si se la empuja demasiado”, sostiene García.

México representa un desafío distinto, pero igualmente sensible. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha marcado una relación ambivalente con Washington: cooperación en temas clave como migración y comercio, pero resistencia a alinearse políticamente con la agenda estadounidense en asuntos regionales.

Para García, esta dualidad limita el margen de acción de figuras como Rubio. “México es un socio imprescindible por razones geográficas, económicas y migratorias; no puede aplicar una lógica de confrontación abierta sin afectar intereses centrales de Estados Unidos”, explicó.

Finalmente, el politólogo subrayó que, a diferencia de otros países latinoamericanos, Brasil y México cuentan con herramientas institucionales y peso económico suficiente para sostener posiciones propias sin quedar completamente subordinados a la presión de Washington. “La izquierda brasileña y mexicana no es una izquierda testimonial: gobierna, negocia y condiciona”, remarcó García.

 

*Con EFE, Reuters y medios locales

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