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Escrito por:  Fabián Ramírez
Subeditor     Ene 6, 2026 - 11:09 am

La historia no se repite, pero a veces rima con una coincidencia inquietante. Con la reciente captura de Nicolás Maduro en este inicio de 2026, es imposible no mirar hacia atrás, específicamente a diciembre de 1989, cuando Ciudad de Panamá fue el escenario de la caída de otro dictador: Manuel Antonio Noriega. Más allá de la distancia temporal de 36 años, las similitudes entre ambos procesos parecen extraídas de un mismo manual de estrategia geopolítica y judicial.

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La primera y más evidente coincidencia es la naturaleza de los cargos. Al igual que Noriega, Maduro no fue perseguido únicamente por sus excesos políticos, sino bajo el rótulo de “narcotraficante”. Noriega fue el primer líder extranjero en ser procesado por la justicia estadounidense por permitir que el Cartel de Medellín usara Panamá como puente. De manera casi simétrica, la caída de Maduro se cimentó sobre el cartel de los soles, convirtiendo a ambos líderes en objetivos de la DEA antes que de la diplomacia tradicional, como lo señalaron en Blu Radio.

El uso de recompensas millonarias marcó el inicio del fin para ambos. En los 80, la oferta por Noriega fue una cifra astronómica para la época; con Maduro, los 15 millones de dólares ofrecidos por el Departamento de Justicia de EE. UU. funcionaron como un veneno lento que erosionó la lealtad de sus círculos más íntimos. En ambos casos, el aislamiento internacional transformó a los dictadores en “fugitivos con banda presidencial”.

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Noriega buscó asilo en la Nunciatura Apostólica bajo el asedio de la música a todo volumen y la presión psicológica. Aunque los detalles del refugio final de Maduro en 2026 muestran matices distintos —apoyados por tecnologías de vigilancia que Noriega no imaginó—, el patrón de asedio fue el mismo: un cerco que se cerró hasta que el espacio físico y el apoyo de sus aliados (Cuba y Rusia en el caso venezolano) se volvieron insuficientes frente a la realidad operativa en el terreno.

Finalmente, ambos procesos cerraron con una imagen de vulnerabilidad que despojó al dictador de su mística de poder. Noriega terminó en una celda en Miami; Maduro enfrenta ahora un destino similar bajo la jurisdicción internacional. Estas “extrañas coincidencias” sugieren que, en el hemisferio occidental, el guion para los regímenes que cruzan la línea hacia el narcotráfico ya está escrito, y la historia, con su paciencia infinita, siempre encuentra la forma de ejecutarlo.

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