Desde que el legendario puñado de revolucionarios barbudos al mando de Fidel Castro bajó de la Sierra Maestra y entró victorioso a La Habana el primero de enero de 1959, Estados Unidos empezó a concebir un nudo corredizo para asfixiar al nuevo gobierno revolucionario, que haría de la isla una Meca ideológica y política para la izquierda latinoamericana e inspiraría en lo militar a muchos grupos guerrilleros en la región. Con el paso de los años, Cuba no solo se convirtió en la cabeza de playa en el Caribe (a un poco más de 360 kilómetros de Miami) de Rusia y China, radicales enemigos de los estadounidenses, sino que constituyó un soporte para regímenes también totalitarios como los de Nicaragua y Venezuela, sin que las medidas en su contra tuvieran el efecto esperado.
(Le interesa: Cuba decreta medidas de emergencia ante la crisis energética, bajo la presión de Estados Unidos)
Al comienzo, el modelo cubano se vio tan viable —por simbolizar la resistencia y la lucha por la justicia social— que su más icónica figura, el argentino Ernesto Che Guevara, intentó replicarlo incluso en África (combatió en Congo y Angola) y después en Bolivia, en donde finalmente fue ejecutado en 1967, poniendo un trágico fin también a la errada teoría del foco revolucionario. En Colombia motivó el surgimiento del Eln y cautivó a figuras como el sacerdote Camilo Torres, abatido en 1966 en su primer combate en las filas de esa guerrilla. Se consolidaba la Guerra Fría y el nudo corredizo, llamado por Estados Unidos embargo y por Cuba bloqueo, iba teniendo diferentes grados de tensión.
Donal Trump, verdadera amenaza para régimen de Cuba
A lo largo de ya casi siete décadas, trece presidentes estadounidenses (siete republicanos y seis demócratas) han aplicado distintos niveles de presión sobre la isla, que parecía inmune a las drásticas medidas, entre otras cosas, por el respaldo de voces y acciones de solidaridad como las de México y amplios sectores de la izquierda del continente, y por el apoyo militar, energético y económico de potencias como la antigua Unión Soviética y China, más la ayuda en los últimos 25 años del régimen de Venezuela. Esas circunstancias configuraron un palmeral a cuya sombra el gobierno revolucionario de Cuba devino en la primera dictadura de izquierda del continente, consolidada por los hermanos Fidel y Raúl Castro y heredada después a Miguel Díaz-Canel.
Las últimas cuatro administraciones estadounidenses muestran cómo demócratas y republicanos han abordado el tema de Cuba: la demócrata de Barak Obama (2009-2017) consideró que no tenía sentido continuar con una política que por más de 50 años no había logrado imponer cambios políticos y económicos en la isla y tomó medidas históricas bajo el concepto del ‘soft power’ (poder blando), basado en la idea de lograr los objetivos de la política exterior de los Estados Unidos mediante la atracción antes que por la coerción y la amenaza. El también demócrata Joe Biden (2021-2025), entre otras cosas, retiró al régimen de Cuba de la Lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo. En la isla, sin embargo, no se produjeron transformaciones que dieran señales de apertura a la democracia.
En cambio, el presidente Donald Trump, en su primer mandato (2017-2021) tomó más de 80 medidas contra el régimen cubano, empezando por derogar los acuerdos que suscribió con Obama. En el primer año de su segundo mandato, que comenzó en enero de 2025, Trump volvió a incluir al régimen en la Lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo y se comenzó a erigir como la mayor amenaza para su existencia. Ese lobo que apenas había alcanzado a mostrar las orejas en su primer mandato se dejó ver de cuerpo entero y en toda su dimensión cuando ordenó y consiguió la extracción de Nicolás Maduro.
Con esa temeraria e impactante acción, Trump no solo produjo un remezón mundial, desafió la idea de multilateralismo y confirmó la nueva política de Estados Unidos para alinear el hemisferio a sus intereses. También dejó como un Estado zombi y obediente al régimen venezolano y, con eso, habría encontrado la llave del cofre que contiene el peor de los fantasmas a los que teme el sexagenario régimen cubano: que su condición geográfica (una isla en el Caribe) se convierta en una realidad política (una isla sin abastecimiento energético vital, vulnerable y dependiente).
Sin petróleo, régimen de Cuba vive su peor crisis
Después de lo de Maduro, el presidente estadounidense subió su apuesta. Además de ordenar que Venezuela dejara de llevar petróleo a Cuba, amenazó con aranceles a los países que se lo vendan o suministren. Así, por un lado, cortó el catéter con el que el chavismo nutría de crudo al maltrecho régimen, y, por otro lado, se anticipó a lo que pudieran hacer Rusia —aliado de Cuba desde la Guerra Fría, pero metido de cabeza en su fallida invasión a Ucrania— y China —que, más ocupada con Taiwán, se limitó a entregar al régimen de la isla 80 millones de dólares y 60.000 toneladas de arroz—. Por lo demás, ambas potencias se han limitado a manifestar su rechazo a presiones económicas o militares contra Cuba.
Pero lo que necesita el régimen no son palmaditas de apoyo ni dinero ni arroz, y tampoco las ayudas humanitarias que pretende sostener México —que también tuvo que desistir de relevar a Venezuela en el suministro de petróleo a Cuba por la amenaza arancelaria de Trump—. Está urgido de crudo, y eso es lo que no va a conseguir. Esta vez parece que el nudo corredizo sí tendrá los efectos políticos que busca sobre quienes gobiernan la isla desde hace 60 años, aunque también afectará a la población, que no es el objetivo de esas medidas. No es como dicen la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, y otros defensores del régimen, que se trata de una acción para “ahorcar” al pueblo cubano. Es para afectar al régimen que oprime al pueblo cubano. Es diferente.
Sin el abastecimiento de petróleo, la situación de Cuba es extremadamente crítica, al punto de que especialistas vienen señalando marzo como el mes en que la isla se quedaría sin una gota. La principal razón es que ese país, que no tiene reservas estratégicas, produce en vetustas refinerías apenas el 40 % de lo que necesita. El resto provenía de Venezuela, Mexico y Rusia. Los efectos de la falta de crudo agravan otros problemas como la aguda crisis económica por la inflación, los prolongados apagones que han avivado las protestas de los cubanos y la escasez de alimentos y medicinas.
La semana pasada, para paliar la situación, el régimen decidió racionar la gasolina, acortar la semana laboral a cuatro días en las administraciones, implementar el teletrabajo y que las clases universitarias se dicten a distancia. Incluso, y como ejemplo de la manera en que se atraviesan unos problemas con otros para ir dibujando un colapso sistémico, por la escasez de combustible se redujo la presencia de personal de la salud en hospitales y policlínicos y hasta la actividad quirúrgica.
Pero quizá la consecuencia más seria afecta la segunda fuente de ingresos de divisas de la isla, el turismo, que no ha conseguido reponerse del golpe que le infligió la pandemia del coronavirus. Paulatinamente, ese sector que emplea a más de 300.000 personas viene sufriendo una creciente ola de cancelación de reservas en hoteles y de planes turísticos por al menos dos razones: 1) los turistas no quieren ir a un país en condiciones tan precarias; y 2) porque decenas de aerolíneas han cancelado vuelos a la isla por no tener cómo tanquear sus aviones para el retorno. Incluso Rossiya y Nordwind, dos aerolíneas de uno de sus principales socios, Rusia, anunciaron la suspensión de sus vuelos a Cuba por las dificultades para repostar combustible.
Para enfrentar la crisis energética, el régimen decidió cerrar unos 30 hoteles con baja ocupación, algunos de ellos en La Habana y en el famoso balneario de Varadero, un paraíso cuya imagen hoy recuerda los aciagos días de pandemia. Así lo demuestra un documento interno del Ministerio del Turismo difundido por la AFP, agencia de noticias a la que Maite Artieda, ejecutiva de la cadena Meliá en la isla, le dijo: “En función de los niveles de demanda actuales, se ha implementado una compactación temporal de algunos hoteles Meliá Cuba”. Es “una decisión operativa basada estrictamente en la ocupación, con el objetivo de optimizar recursos”.
La isla luce hoy como una nación mendicante pidiendo y recibiendo ayudas y donaciones de diferentes países, salvo el preciado petróleo. No tiene cómo vivir por sí misma. La situación hizo que Díaz-Canel se manifestara y dijera casi mascullando —como quien por la fuerza de las circunstancias se ve obligado a agachar la cabeza intentando mostrar algo de altivez—: “Cuba está dispuesta a un diálogo con Estados Unidos sobre cualquiera de los temas que se quiera debatir o dialogar”. Y puso condiciones: “Sin presiones, bajo presiones no se puede dialogar; sin precondicionamientos”. Pero eso es algo que está muy lejos de la manera de tratar con Trump. Si no, que lo digan Maduro y el dócil régimen venezolano que Estados Unidos ha dejado sobrevivir.
La llegada de Petro a la Casa Blanca
El presidente Gustavo Petro llegó este martes 3 de febrero en la Casa Blanca con un objetivo puntual: reiniciar la relación con Donald Trump y dejar atrás el clima de tensión que marcó los primeros meses del vínculo entre ambos gobiernos. Este fue el primer encuentro y posiblemente el único cara a cara entre los dos mandatarios. Cabe resaltar que la reunión se da tras una llamada telefónica inesperada el pasado 7 de enero, en la que acordaron verse en Washington. Desde entonces, tanto Petro como Trump han bajado el tono en público, conscientes de que una confrontación abierta no beneficia a ninguno.
* Pulzo.com se escribe con Z
Lee todas las noticias de mundo hoy aquí.
LO ÚLTIMO