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La violencia económica dentro de una relación de pareja suele transcurrir en silencio, sin dejar huellas físicas pero generando daños profundos en la vida de las personas afectadas. Este tipo de control ocurre cuando uno de los miembros utiliza el dinero, el acceso a recursos, las deudas o los bienes como herramientas para restringir la autonomía y la capacidad de decisión de la otra persona. Así, se manifiesta al limitar los gastos, impedir el acceso o manejo de cuentas, bloquear la posibilidad de trabajar o estudiar, y transformar la dependencia financiera en un patrón de sometimiento cotidiano. La gravedad reside en su camuflaje: es frecuente que se disimule bajo aparentes actos de “orden”, “protección” o “buena administración del hogar”, lo que dificulta su identificación y contribuye a que pase inadvertida por mucho tiempo.
El reconocimiento de esta problemática es esencial. De acuerdo con el organismo internacional ONU Mujeres, una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de violencia física o sexual, usualmente ejercida por una pareja o expareja. Aunque no existen cifras globales sobre violencia económica específicamente, la estadística pone en evidencia la amplitud del fenómeno y la importancia de reconocer otras formas de control que pueden pasar desapercibidas. En Colombia, la violencia intrafamiliar continúa siendo un desafío constante, lo que refuerza la necesidad de observar dinámicas menos evidentes pero igualmente dañinas.
Según Leyda Marina Morales Monroy, docente de Trabajo Social de Areandina en Bogotá, la línea que divide una administración racional de los recursos familiares y la violencia económica es la autonomía. Si una persona debe pedir permiso para cubrir necesidades básicas, desconoce el manejo de las finanzas del hogar o teme consecuencias negativas al usar sus propios ingresos, se han cruzado los límites del respeto y se ha instaurado una dinámica de poder invisible pero muy efectiva. Así, conductas como controlar salarios, quitar tarjetas o claves, restringir la posibilidad de trabajar, obligar a firmar deudas, apropiarse de bienes sin consentimiento, o degradar el valor del trabajo doméstico, constituyen claras señales de alerta.
Estos indicios pueden aparecer lentamente, usualmente disfrazados de cuidado: frases como “yo administro mejor el dinero”, “no necesitas trabajar, yo respondo”, o “muéstrame todos tus gastos”, son justificadas como protección cuando en realidad establecen mecanismos de supervisión y control constantes. Si estas prácticas se tornan permanentes y la persona pierde capacidad de decisión sobre sus ingresos, se configura la violencia económica. Según Morales Monroy, es precisamente esa naturalización progresiva lo que la vuelve tan peligrosa.
Es fundamental distinguir los acuerdos financieros sanos, que se fundamentan en el consentimiento libre, la transparencia y la equidad, de los escenarios de sometimiento. En relaciones saludables, ambas partes conocen la situación económica, participan en las decisiones, pueden disentir sin miedo y mantienen autonomía. Por el contrario, si una persona utiliza el dinero como premio o castigo, restringe el acceso a los recursos, niega la posibilidad de desarrollo o genera la dependencia económica, se incrementa el riesgo de permanencia en situaciones abusivas por falta de opciones para cubrir necesidades básicas o buscar apoyo.
Si alguien identifica estas señales, la primera acción es ponerle nombre y no minimizar la situación. Es recomendable resguardar documentos como soportes de ingresos, extractos bancarios, copias de deudas y mantener contraseñas seguras. Buscar orientación sin presiones de denuncia inmediata es posible en comisarías de familia, la Fiscalía y las líneas de atención a víctimas, como la Línea 155, que facilita información y alternativas para romper con el aislamiento que sostiene la violencia.
¿Por qué la violencia económica es difícil de identificar en una relación de pareja?
Esta pregunta surge al analizar cómo la violencia económica se instala gradualmente en el día a día, bajo discursos de protección o administración responsable. La dificultad de identificarla radica en que muchas dinámicas de control financiero se justifican con argumentos comúnmente aceptados, y se incorporan como parte normal del funcionamiento familiar. Así, las víctimas pueden vivir largos periodos sin reconocer el daño, asociando el control con formas legítimas de cuidado.
Comprender esta dificultad es importante para abordar la violencia económica, ya que la sensibilización y el reconocimiento temprano permiten establecer límites claros y acceder a las rutas de apoyo adecuadas. Nombrar la situación y buscar información contribuye a romper con el ciclo de dependencia y a restaurar la autonomía financiera y emocional de quien la padece.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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