“El otro nombre del libro de la muerte es el libro de la nada” – Saramago, 2005

Hace unas semanas leí “La anomalía” de Hervé Le Tellier, y algún lector de mi reseña me confesó que le hizo recordar “Las intermitencias de la muerte” de Saramago.

Ese miedo a la muerte que siempre ha acompañado a gran parte de las culturas occidentales, así como el afán de vivir para siempre, es algo que siempre me ha intrigado intensamente. Hacemos todo lo posible por prolongar la vida a como dé lugar, no solamente sanando enfermedades, sino con acciones afirmativas -algunas cuestionables éticamente-, con tal de no enfrentar la muerte, y tocar un pedacito de eternidad.

Hace poco leí esta noticia en @Pulzo: “Científicos de la escuela de Medicina de Harvard logran revertir el envejecimiento en ratones, según los expertos están usando proteínas que pueden convertir una célula adulta en una célula madre, restableciendo patrones de envejecimiento en sí mismos. (…) Hasta el momento parece que el rejuvenecimiento es como reiniciar las células, restaurando su correcto funcionamiento; actualmente se encuentran trabajando en revertir todo el cuerpo del ratón, pues ya han logrado rejuvenecer los músculos y el cerebro.”

Y entonces pensé que sencillamente el ser humano, al menos en la sociedad occidental, no está preparado para abrazar la muerte. Pero, más allá de esto, ¿estaría preparado para enfrentar la “no-muerte”?

Así pues, me di a la tarea de conseguir el libro y lo leí de una sola sentada. Me encanta esa sensación, casi de vacío, de no poder parar de leer.

En el libro nos encontramos con un país de 10 millones de habitantes, católico, una monarquía constitucional en el que la muerte –así en minúscula porque la Muerte con mayúscula es el Fin de Todo-, ha decidido parar su actividad local. Así las cosas, de un día para otro, la gente se deja de morir. Es, pues, una epidemia de vida eterna. Una situación que ningún otro país está enfrentando y que pone en vilo al gobierno nacional y a los gobiernos fronterizos, a los científicos, a los filósofos, a los eruditos, a las religiones, a las empresas, a las mafias y a los delincuentes, a la gente del común, en fin, a toda la sociedad.

Tal como sucede en “La Anomalía” con la situación en la cual un avión aterriza en NYC con un grupo de dobles de otro avión que aterrizó 3 meses atrás, el gobierno, en alerta máxima, promete investigaciones, y empiezan las grandes disquisiciones e indagaciones científicas para dar con la causa de la no-muerte. Los filósofos y religiosos empiezan a cuestionarse sobre la necesidad de la muerte como fundamento de su filosofía o su religión porque sin la muerte no tienen razón de ser ni la una ni la otra.

Para el cristianismo, la muerte se basa en la resurrección. Así que todo pierde sentido sin la muerte. Prospera entonces la tesis de la muerte aplazada, como nueva teorización religiosa, como un método de la iglesia para ganar tiempo sin comprometerse. Los filósofos polemizan sobre si la muerte es un fenómeno universal, colectivo o individual. Si la muerte animal se puede equiparar a la muerte humana… en fin.

Las empresas funerarias presionan al gobierno para obtener subsidios y normas que obliguen a la sociedad a enterrar a los animales muertos – incluidos los peces tropicales-, solamente a través de servicios funerarios autorizados, y las aseguradoras de vida, presionadas por los beneficiarios que no morirán, se ven obligadas otorgar la suma asegurada a una edad única – 80 años –.

Los enfermos no se mueren en las clínicas y aún en estados crónicos irreversibles, los familiares se niegan a darles egreso y el gobierno debe obligarlos a disponer de ellos en sus hogares a fin de no colapsar el sistema hospitalario. La industria de los hogares geriátricos no da abasto con las solicitudes de ingreso. Las familias no quieren hacerse cargo de sus miembros vulnerables.

Se empiezan a suscitar eventos migratorios clandestinos, vía países fronterizos, hacia otros países en los que sigue existiendo la muerte, generando un tráfico clandestino de pacientes terminales, que origina unas mafias que se empiezan a apoderar de tan lucrativo negocio. El gobierno llega a considerar incluso una campaña de publicidad que haga volver a las familias volver al redil solidario y sensible y proteger y cuidar a sus parientes.

El gobierno empieza a ejercer acciones legales y políticas creando una nueva categoría: “personas en situación de muerte parada/suspendida”. Y comienzan las restricciones a los derechos humanos para evitar el tráfico migratorio de pacientes terminales y el ministerio de defensa establece unos “guardianes” cuyo rol es tan odiado que terminan amenazados por las mafias y la misma ciudadanía. El gobierno se ve, pues, obligado a efectuar negociaciones con el “emisario de la asociación de delincuentes” la mafia terrorista que amenaza con poner en coma a los guardianes si no se desmonta la figura de los guardianes. El gobierno negocia que los guardianes permanecerán en el puesto asignado pero “desactivados”.

Los enfermos terminales, “por motivo de interés nacional” terminan siendo transportados por las empresas funerarias -que acaban asociadas con las mafias legalizadas-, acompañados de un guardián.  Los países fronterizos se ponen a la defensiva. Con una situación tan atípica, los metafísicos empiezan cuestionar la vida eterna, la no-muerte, como la cúspide conceptual. Los rumores de golpe militar se hacen cada vez más fuertes. La situación está a punto de explotar. Hasta que llega una carta al director de comunicaciones y medios televisivos del gobierno… la muerte – no la universal sino la local – ha decidido regresar.

En su regreso, la muerte descubre que hay un violonchelista que debió morir y no lo hizo.  Pero lo que no sospecha la muerte es que puede terminar encontrándose consigo misma y que pudiera humanizarse y no ser tan todopoderosa…Y no les puedo contar más… solo decirles que deben leerse el libro, un libro que los atrapará con la prosa palpitante de Saramago.

José de Sousa Saramago (1922-2010) es uno de los más grandes escritores portugueses y del mundo. En 1998 fue galardonado con Premio Nobel de Literatura que destacó su capacidad para “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”.

Saramago nació en Azinhaga, cerca del río Tajo, a 120 km al noreste de Lisboa. Sus padres fueron unos humildes campesinos de escasos recursos económicos. En 1925, la familia se mudó a Lisboa en donde su padre comenzó a trabajar de policía. En 1927 la familia quedó devastada por la muerte del hermano mayor, Francisco.

En 1934, con doce años, entró en una escuela industrial y descubrió a los clásicos en libros gratuitos a los que tuvo acceso e incluso aprendió algunos de memoria. No pudo finalizar sus estudios porque sus padres ya no tuvieron recursos para ello por lo que, para mantener a su familia, Saramago trabajó en una herrería mecánica por un par de años.

Después de trabajar en una compañía de seguros y otros trabajos administrativos “grises”, a partir de 1966 se dedicó plenamente a la literatura, pero solo hasta 1980 publicó su primera gran novela “Levantado del suelo”, libro con el que encuentra su voz.  En los siguientes años, Saramago publicó casi sin descanso, siendo bastante conocidos “El Evangelio según Jesucristo”, “Ensayo sobre la ceguera” y “Ensayo sobre la lucidez”, entre otros. En 2021 Alfaguara publicó una de las primeras novelas de Saramago, esta vez por primera vez en español, “La Viuda” (1947), en el cual podrán descubrirse las primeras claves de su escritura.

Saramago siempre será un descubrimiento maravilloso. No dejen de leerlo. Siempre atrapa.

*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.