Las tres jovencitas, que según cuenta la agencia Efe tenían entre 14 y 16 años de edad, estudiaban en la escuela rural de Puerto Bello, en Putumayo, y desaparecieron misteriosamente en abril de 2018 “cuando los niños se subían a los botes para volver por río a sus aldeas”.

Ese día, dice, las tres estudiantes “salieron corriendo hacia la selva donde las esperaban disidentes de las Farc”, que las reclutaron y se las llevaron para la selva.

“El 23 de abril, para ser exactos, se fueron tres estudiantes a las Farc. El Gobierno dice que son disidencias pero ellos dicen que son Farc”, dijo uno de los habitantes del caserío, que conoce bien lo que pasa en la escuela.

Asegura que empezaron unos 140 en el colegio; en el internado 55, y terminaron 27 – 30 internos. Los papás se los iban llevando. En el plantel quedó casi la mitad. “¿Quién iba a dejar a sus hijos acá?“, se pregunta otro habitante.

El vacío que dejaron las tres estudiantes todavía se nota en esta escuelita rural, que constituye la única presencia del Estado colombiano en ese caserío rodeado de terreno minado, al que solo se puede llegar por río o caminando durante horas por la selva del Putumayo, en la frontera con Ecuador.

En esta zona hay una sola manera de entrada de plata: el cultivo de hoja de coca”, comentó una tercera fuente a la agencia de noticias, debido a que luego de la salida de las Farc de la zona, después de la firma del acuerdo de paz, llegaron otros grupos armados dedicados a la droga, desde disidencias de la guerrilla hasta otros que no se sabe bien quiénes son. En Puerto Bello los llaman, simplemente, “la mafia”.

Estos grupos han cambiado las dinámicas del reclutamiento: si los disidentes buscan menores, las bandas de narcotraficantes buscan jóvenes, preferiblemente que hayan prestado servicio militar o que sepan empuñar un fusil.

De las tres niñas que “se volaron” a la guerrilla en 2018 solo una regresó, herida en un combate en el vecino departamento del Caquetá.

Para las familias, que su hijo reclutado vuelva a casa es otro problema porque se verán forzadas al desplazamiento.

Las consecuencias del reclutamiento forzado de menores se sienten más allá de las aulas porque el fenómeno produce un efecto disuasorio en el resto de alumnos y en sus familias, que acaban abandonando la región por temor a que un día les ocurra a ellos.

“Hubo un niño que se fue para la guerrilla, pero como a los quince días se les voló. Y entonces, cuando llega a su casa, la familia tiene que irse. Si cogen a la familia, que les ayudó a volarse o algo…”, reveló otro habitante de la región, y prefiere no acabar la frase.

Sobre las tres niñas que persuadió la guerrilla para llevárselas, recordó que ya “las estaban esperando”, pues el dinero fácil es un argumento más contundente para atraer a los menores que amenazar con un fusil.