Por: LA CRONICA DEL QUINDIO

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Este artículo fue curado por pulzo   Ene 5, 2026 - 5:47 am
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En el ambiente cerrado de los centros penitenciarios, donde el tiempo suele adquirir un ritmo diferente marcado por la rutina y la disciplina, existen historias que reescriben el sentido de la espera. John Alejandro Zapata Ramírez, privado de la libertad en el Quindío, da testimonio de cómo la educación puede cambiar no solo una rutina, sino también las perspectivas personales. Actualmente cursa el cuarto semestre de Administración de Empresas a través de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD), y encuentra en los estudios universitarios una motivación para construir un futuro distinto. Según compartió Zapata, “ha sido una experiencia que cambia vidas”, destacando que la privación de la libertad no tiene por qué ser un obstáculo infranqueable para el crecimiento personal.

El acceso de John a la universidad ocurrió gracias a un proceso de convocatoria interna gestionado conjuntamente entre el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) y la UNAD. Dicho trámite fue, según Zapata, accesible y claro: bastó con presentar documentos básicos como el diploma, el acta de grado, una fotografía y certificaciones específicas entregadas por el establecimiento penitenciario. Con disciplina, ahora divide su tiempo entre labores educativas y la monitoría dentro de la cárcel, tareas que lo instan a organizar rigurosamente su día y que le han permitido contar con el apoyo institucional necesario para avanzar.

Estudiar detrás de los muros para Zapata implica mucho más que adquirir conocimientos. Lo percibe como un proceso de resocialización y una preparación real para la vida después de cumplir la condena. Enfatiza que, además de reivindicarse ante la sociedad y la familia, la educación se convierte en una herramienta poderosa para resignificar el encierro y transformar la sensación de tiempo detenido en oportunidades de aprendizaje y reflexión. Así, para él, estudiar es una manera de demostrar el deseo genuino de cambio.

Esta realidad, que vive John Alejandro, se inscribe en un contexto mayor. En el departamento del Quindío, 23 privados de la libertad acceden hoy a programas universitarios de la UNAD: trece en el Centro Penitenciario Peñas Blancas de Calarcá, siete en la cárcel de Hombres San Bernardo de Armenia, y tres en el Centro de Reclusión para Mujeres Villa Cristina. Detrás de estos números hay un esfuerzo institucional orientado a garantizar que la educación superior llegue hasta quienes habitualmente se ven excluidos de estos procesos.

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Liliana Herreño Múnera, directora de la UNAD UDR La Tebaida, relató a La Crónica del Quindío que la política de gratuidad del Gobierno Nacional jugó un papel clave en abrir puertas para las personas privadas de la libertad. Además, señaló que aunque los estudiantes deben cubrir la inscripción inicial y un seguro estudiantil semestral, en muchos casos estos costos son asumidos por familiares. Las restricciones propias del sistema carcelario, como la imposibilidad de socializar físicamente o desarrollar trabajos en grupo, han llevado a la UNAD a crear un campus virtual especial adaptado a estas condiciones. Entre los programas más demandados por esta población está la carrera de Administración de Empresas, aunque también se ofrecen alternativas como Ciencia Política, Sociología, Filosofía y Gestión Jurídica de la Información.

Para ingresar a los programas académicos, los internos deben cumplir con ciertos requisitos: presentar el título de bachiller, tener la documentación al día, mantener buena conducta y no haber sido sancionados ni estar involucrados en investigaciones internas. Gonzalo Patiño Moreno, subdirector del Establecimiento de Reclusión de Hombres de Armenia, resalta que la motivación y la voluntad de transformación son los desafíos principales. Señala que, aunque existen cupos y procesos definidos, encontrar interesados que quieran comprometerse no es sencillo. El reto, entonces, es trascender el error que llevó a estas personas hasta las rejas y animarlas a ver la formación académica como una puerta de entrada a nuevas oportunidades y caminos de resocialización.

La historia de educación en los centros penitenciarios del Quindío refleja así el esfuerzo de instituciones, familiares y de los mismos privados de la libertad, por reconstruir trayectorias y proyectar posibles futuros donde el tiempo deja de ser solo espera y se convierte en herramienta de transformación.

¿Qué es la resocialización en el contexto penitenciario?

La resocialización es uno de los conceptos centrales al hablar de sistemas penitenciarios y se refiere al proceso destinado a reincorporar a las personas privadas de la libertad a la sociedad, ayudándolas a adquirir o recuperar competencias y valores que faciliten una vida fuera del delito. Según las fuentes consultadas en La Crónica del Quindío, tanto el INPEC como la UNAD consideran que la educación es un pilar fundamental para la resocialización, abriendo espacios que permiten a los internos tener segundas oportunidades.

En el caso de los programas universitarios en centros penitenciarios del Quindío, la resocialización se entiende como un proceso integral, en el que la formación académica no solo dota de conocimientos sino fortalece la disciplina, el sentido de responsabilidad y el deseo de cambio personal. Estas oportunidades educativas, aunque todavía limitadas, han probado ser un camino viable para quienes deciden transformar sus realidades dentro y fuera de la cárcel. ¿Cómo podrían ampliarse estos programas para llegar a más personas privadas de la libertad en el futuro?


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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