En el viaje de regreso a su lugar de origen, el presupuesto que cada uno llevaba en sus bolsillos era de 146.300 pesos colombianos, correspondiente a 20.000 pesos de viáticos y un bono por el valor restante para comprar en el Éxito, relataron a periodistas de El Heraldo.

“Nos dijeron que no habría ninguna otra ayuda (…). Es decir, nos dejaron abandonados y nosotros perdimos todo: nuestras familias, nuestros corotos”, comentó Yaír Tapia, uno de los costeños que llegó el pasado lunes 1 de julio a la capital del Atlántico, al periódico.

“El Gobierno sabía que nosotros estábamos secuestrados. Por razones obvias no tenemos dinero. Nos hicieron unos exámenes, unos chequeos, pero hasta allí. Nos subieron al bus y no nos dijeron más nada. Nos dejaron a nuestra suerte”, afirmó al medio regional Enoc Montemiranda, otro de los colombianos deportados.

Algunos de ellos llevaban más de 10 años sin venir a Colombia y tuvieron hijos en el vecino país. En ese contexto, recuperar la libertad tiene un sabor amargo porque experimentan abandono por parte del estado e incertidumbre por lo que les espera ahora.

Al respecto, Tapia señaló con preocupación que “En 15 años, todo ha cambiado. Esto es comenzar de cero otra vez. Será muy difícil todo. Esperemos que más autoridades locales y nacionales no nos olviden y se apiaden de nosotros”, dijo al periódico El Heraldo.

De acuerdo con este mismo medio, la Cancillería declaró que estos colombianos recibirán orientación para estabilizarse a través de los Centros de Referenciación y Oportunidad para el Retorno del Programa Colombia nos Une, los cuales se encuentran distribuidos en diferentes ciudades.

Según la cartera, se priorizará su inscripción en el Registro Unico de Retornados para que accedan a “proyectos de recuperación temprana o medios de vida, con el objetivo de que logren un estado óptimo de subsistencia”, citó El Heraldo.

No obstante, la problemática no es solo de tipo económico. Así se revela a través de un análisis sobre la migración venezolana en Colombia que hace Germán Casas, director para Latinoamérica de Médicos sin Fronteras, en El Espectador.

De acuerdo con el experto, este proceso crea fenómenos psicológicos negativos porque implica la llegada de los migrantes a un ambiente con el que no se pueden identificar y que los impulsa  a sobrevivir de cualquier manera en una sociedad en la que no se sienten acogidos.

Si bien el grupo de hombres que llegaron vuelven a su país de origen, llevan tanto tiempo afuera que su historia personal y su filiación está más en Venezuela que en Colombia. Entonces, además de lo que se denomina desarraigo, explica Casas en el periódico capitalino, podrían “enfrentar un duelo o un fenómeno afectivo” que podría involucrar depresiones, trastornos de ansiedad y adicciones.