Constaín se refiere con esa afirmación al dictador español Francisco Franco, cuyo cadáver fue exhumado hace una semana de su monumental mausoleo en el Valle de los Caídos, construido cerca de Madrid con una fuerza laboral que mezcló la mano de obra de prisioneros políticos y trabajadores contratados. Por decisión legal, fue trasladado al cementerio de El Pardo-Mingorrubio.

En su columna del diario capitalino, Constaín recuerda que Franco —que oprimió a España con mano de hierro entre 1939 y 1975 tras su victoria en la Guerra Civil (1936-1939)— hizo construir ese mausoleo “para vigilar desde allí, desde el más allá, a su pueblo”, y subraya que “ese es el mito por excelencia de los caudillos: su entrega al pueblo, su abnegación, su sacrificio. Como si además fueran mártires”.

Pero no solo eso. En el perfil que hace este columnista de los caudillos, también admite que para ser uno se necesita “un sinnúmero de habilidades y virtudes: el carisma, la inteligencia, el carácter, la elocuencia, el valor, etcétera”, y por eso generan adoración y fanatismo. “Esa es la esencia del caudillismo, la fe ciega”, precisa.

Si bien Constaín plantea en su columna solo los casos de dos caudillos europeos (Franco y el cardenal Mazarino), el concepto es universal y ha tenido muchas expresiones contemporáneas, especialmente en Latinoamérica. Solo basta con mirar el vecindario de Colombia (en donde, por supuesto, también hay claros exponentes de caudillismo) para tener unos ejemplos.

Por vía de elecciones, han buscado perpetuarse en el poder Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, Evo Morales en Bolivia, Cristina Fernández en Argentina, entre otros.

Claro que antes hubo más en la región. Y para ocuparse de algunos de ellos y de sus tristes finales, Sergio Ramírez apela también en su columna de El Tiempo a la exhumación del cadáver del dictador Francisco Franco, pues en el cementerio donde quedó él también está Rafael Leónidas Trujillo, asesinado dictador dominicano; y en Madrid, en el cementerio de La Paz, el general Marcos Pérez Jiménez, dictador de Venezuela derrocado en 1958; y en el de San Isidro, el del sátrapa cubano Fulgencio Batista, derrocado en 1959.

Asimismo menciona los casos del dictador nicaragüense Anastasio Somoza, asesinado en Asunción (Paraguay); del dictador mexicano Porfirio Díaz, que murió en el exilio, y del dictador paraguayo José Gaspar Rodríguez de Francia, desaparecido de su tumba.

Precisamente, sobre Rodríguez de Francia, el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos escribió su célebre novela ‘Yo el supremo’, que subraya la injusticia y la dureza del dictador, del caudillo, y desnuda esa figura, independientemente del momento histórico y el contexto geográfico en que aparezca.

Juan Esteban Constaín pinta, en suma, un mal fin para los caudillos: “Cuando el mundo y la realidad los abandonan, cuando la historia empieza a seguir su curso sin ellos, por fin, es como si se negaran a aceptarlo, como si no lo permitieran por ningún motivo. Los límites de la cordura, entonces, se disuelven, y el caudillo se transforma en un esperpento y una caricatura (si es que no lo era ya): un poseso de sí mismo; el portavoz e intérprete de sus propios delirios, su mejor áulico”.

Y, para bien de las democracias, les augura un destino trágico a quienes siempre creen que “suya es la última palabra y suya es la última razón de las cosas”. Ese también es el destino “del que no se resigna jamás a no ser ya el protagonista, el eje de todo. Debe de ser terrible eso también, pobre gente: prisionera de su sombra, esclava de sus obsesiones y de su pasado”, escribe Constaín.

Pero, en cambio, Sergio Ramírez presenta un panorama más desolador, porque considera casi inmortales a los caudillos, no solo por ellos, sino por sus eternos seguidores: “Aun muertos, los dictadores siguen encarnando el poder que tuvieron en vida —escribe Ramírez en El Tiempo—; odiados o temidos, por mucho que la losa que los cubre sea pesada, vuelven a salir de sus sepulcros porque el terror y la degradación, las humillaciones, la adulación no es fácil enterrarlos para siempre”.