Los periodistas, provenientes de todo el mundo, superaban en número al medio centenar de turistas franceses y extranjeros que, portando mascarillas, iniciaron poco después de las 10H00 el ascenso de la ‘Dama de hierro’.

“!Es perfecto! ¡Es una visita VIP!”, dice con una sonrisa Vanessa Vila, sorprendida por la poca afluencia, inusual en esta época del año. “Hace dos años intentamos venir pero había demasiada gente”, añade esta parisina de 40 años, que realiza la visita acompañada de sus hijos y su suegra.

“Esperábamos mucha más gente, pero como las fronteras siguen cerradas hay pocos extranjeros”, admite Yacine Gueblaoui, que controla en una de las entradas que todos los visitantes lleven mascarillas para evitar el contagio de COVID-19.

Ni el calor ni la ascensión a pie frenaron a Thérèse, de 60 años, que vino de Perpignan, cerca de la frontera con España, para visitar a su nieto, y no quiso perderse la apertura del emblemático monumento parisino.

“Quería participar en este momento de alegría. Casi estoy llorando, pero es de felicidad. Después de estos meses difíciles esto es una gran emoción”, dice a la AFP. “Voy a subir despacio… y si no llego hasta arriba no importa”, agrega la mujer.

Durante los ocho primeros días de apertura, los visitantes pueden llegar únicamente hasta el segundo piso -de los tres- del monumento, a condición de subir a pie los 674 escalones. Un esfuerzo que no los desalentó.

“!Vamos a eliminar todo lo que comimos durante el confinamiento!”, dice entre risas Marie, una joven treintañera, que sube las escalinatas de dos en dos y admira París libre de la nube de polución que en tiempo normal oculta el paisaje.

Los primeros cinco minutos del ascenso son fáciles pero al llegar al primer piso muchos tienen que tomarse una pausa para recobrar el aliento.

Si la situación sanitaria lo permite, los ascensores reabrirán en julio, excepto aquellos, más pequeños, que llevan hasta la cumbre de la torre de 324 metros de altura. Todo ello para garantizar una distancia segura entre los visitantes y limitar el riesgo de infección.

Con el mismo objetivo, la empresa que gestiona el monumento colocó en el suelo marcas de color azul, con las que invitan a las personas a mantener al menos 1,50 de distancia entre ellas. 

El cierre de la Torre Eiffel, el más largo desde la Segunda Guerra Mundial, provocó pérdidas de nueve millones de euros al mes (10,1 millones de dólares), según Patrick Branco Ruivo, el director general de la sociedad que gestiona el monumento construido en 1889.