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Este 15 de abril se cumple el tercer aniversario de la guerra civil que enfrenta al Ejército de Sudán con el grupo paramilitar Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR). Un conflicto que, a pesar de haber causado una debacle humanitaria, ha quedado en segundo plano ante las otras guerras que se libran en el mundo.
Luego de tres años, la situación es extrema. Expertos de la ONU y organizaciones internacionales sostienen que las vulneraciones a la población civil de Sudán apuntan a posibles crímenes de guerra, limpieza étnica y hasta genocidio.
Según la ONG Save the Children, la tasa de mortalidad materna en el país aumentó más de un 12% durante este período, mientras que los abusos sexuales contra mujeres y niños constituyen una de las marcas distintivas de este conflicto.
La misma organización informa que desde abril de 2023, entre el 70% y el 80% de los centros de salud de las zonas afectadas por la guerra dejaron de funcionar, al tiempo que los que continúan operativos padecen una grave escasez de suministros esenciales. Hasta finales de 2025, se verificaron 200 ataques contra instituciones sanitarias.
En simultáneo, 13 millones de personas se vieron obligadas a abandonar su hogar. Un informe de la organización humanitaria Oxfam estima que un tercio de esas personas eligió huir a países cercanos como Chad, República Centroafricana, Egipto, Etiopía o Sudán del Sur.
La ONG también advierte que más de 30 millones de personas necesitan asistencia, pero el recorte de las ayudas de la ONU provocó que en el último año los desplazados sudaneses recibieran apenas el 25% de la financiación necesaria para cubrir aspectos esenciales.
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Reconstruir la vida en medio de la guerra
Por otro lado, 3,8 millones de personas regresaron a sus hogares, según el último informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).
Al llegar a casa, fundamentalmente en Jartum, los residentes intentan reconstruir su vida en sus antiguas viviendas, o en lo que queda de ellas. Además de la destrucción imperante, una preocupación destaca en este escenario: aún quedan minas sin explotar en zonas urbanas.
“No hay una victoria decisiva ni una negociación creíble o fructífera; las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR, un grupo paramilitar) y el Ejército sudanés siguen creyendo que pueden mejorar su posición militar. No han perdido esa batalla”, destaca Soraya Aybar Laafou, periodista freelance y directora del portal ‘África Mundi’, en declaraciones a France 24 en español.
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Crueldad extrema
Investigadores de la ONU advierten que los abusos cometidos durante la guerra en Sudán podrían constituir crímenes de guerra, de lesa humanidad e incluso genocidio.
Pero expertos consultados por France 24 en Español aclararon que las atrocidades no comenzaron con el inicio de esta guerra. De hecho, el país conoce pocos momentos de paz desde su independencia en 1956.
“Lo que hoy se denomina Fuerzas de Apoyo Rápido son los que antiguamente se llamaban los yanyauid, que ya habían procedido a una limpieza étnica en el Darfur contra la población negro-africana del Sudán, defendiendo que Sudán es un país árabe al que la población negra no pertenece y tiene que ir al Sudán del Sur. Con eso justifican las atrocidades que se están produciendo hoy en día”, afirma el historiador Dagauh Komenan.
En tanto, Aybar Laafou observa una intensificación de la forma de combatir en la guerra, con mecanismos más tecnológicos y “más crueles”, aumento de la cantidad de grupos armados, más asedios y de mayor duración, castigos colectivos y un bloqueo de la ayuda internacional. Una sumatoria que se agrega al “factor de la impunidad”:
“Human Rights Watch ya documentó que se estaban dando crímenes de guerra, tanto por parte de las Fuerzas de Apoyo Rápido como por el Ejército sudanés, pero aun así, aunque se ha declarado todo esto y se ha documentado, no se ha procedido a hacer absolutamente nada. No hay una coerción internacional suficiente para cortar armas y financiación o apoyo político porque al mismo tiempo hay intereses extranjeros por seguir participando en esta guerra”.
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Una guerra internacionalizada
La ubicación geográfica de Sudán le imprime un interés particular para los ojos del mundo. Se trata del punto de encuentro entre el mundo árabe y el Sahel, algo que da lugar a tensiones específicas como la que describe Komenan en el apartado anterior.
A su vez, la costa del país en el mar Rojo adquiere una especial relevancia para el comercio marítimo mundial: se trata de una zona donde potencias del mundo intentan tener control e influencia.
“Sudán hoy en día es lo que se denomina una guerra civil internacionalizada debido a los actores exteriores que están”, reflexiona el historiador. En su análisis, considera que, en cierta medida, algunos países vecinos como Egipto, Chad y Sudán del Sur mueven sus fichas en este conflicto. Con respecto a los más poderosos, “Emiratos Árabes Unidos apoya a las Fuerzas de Apoyo Rápido, hay un respaldo iraní a la fuerza sudanesa, mientras que Rusia fue ambigua, pero poco a poco se fue aclarando también en un apoyo a la fuerza sudanesa”.
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Con relación a la incidencia del Kremlin, el especialista recuerda que la guerra se desata poco después de que el entonces Gobierno sudanés ofreciera una base militar a Moscú en el país. “Ese elemento posicionaría a Rusia en una ruta de control marítimo clave. Y eso seguramente no ha gustado a muchas personas a nivel del tablero internacional”, destaca.
¿Quiénes pueden haber jugado para impedir la instalación de esa base? “Bueno, digamos que Estados Unidos ahí no juega un papel claro porque oficialmente no se ha pronunciado a favor de las Fuerzas de Apoyo Rápido. Pero, un elemento que apunta a que más o menos se inclina hacia la fuerza rebelde de Sudán es que el aliado de Estados Unidos en la región, Kenia, ha albergado la formación de un gobierno en exilio de las FAR”, responde Komenan.
Al mismo tiempo, el experto puntualiza que la Unión Europea no tomó partido directamente, pero permitió reforzar a las Fuerzas de Apoyo Rápido a partir de una cooperación directa en el bloqueo de migrantes que salen de Eritrea a Libia para cruzar el Mediterráneo central.
“Esta ganancia económica ha permitido reforzar el arca de la milicia y le ha permitido constituir la fuerza de combate que hoy conocemos”, considera.
El avance del Ejército sudanés en zonas marcadas por la presencia de un oleoducto que traslada crudo desde Sudán del Sur es un hecho que para Koneman demuestra el impacto de China en el fortalecimiento de este bando: “Permitió reabrir esta arteria importante, especialmente en un contexto internacional en el que cada potencia intenta asegurar sus suministros en hidrocarburos”.
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El efecto Irán: ¿más olvido para Sudán?
El estrecho de Ormuz concentra las miradas internacionales mientras otros conflictos bélicos pierden atención.
Para una guerra como la de Sudán, que nunca suscitó demasiado interés en la agenda mundial, esto tiene consecuencias en diversos niveles. En primer lugar, con respecto a la visibilidad mediática, “eclipsa un conflicto mayor, el de Ucrania, que era el que ocupaba todos los titulares”, advierte Koneman.
Agrega, en segundo lugar, que afecta a potencias involucradas indirectamente como Emiratos Árabes Unidos “porque el conflicto en Irán ha debilitado de alguna manera a las Fuerzas de Apoyo Rápido, que reciben ayuda de ese país”. En tercer lugar, “se había reportado un apoyo de Irán hacia la fuerza del Ejército de Sudán, pero el hecho de que esté en un conflicto debilita el apoyo”.
Aybar Laafou considera que los aumentos en el precio de la energía y el petróleo encarecen la logística de la guerra, algo que lleva a los actores armados a intensificar las economías violentas.
Desde su perspectiva, esto tendría un impacto en el saqueo de recursos que se observa en Sudán. La directora de ‘África Mundi’ hace especial énfasis en las consecuencias del incremento en los valores de los fertilizantes. “Sudán es un país que ya enfrenta condiciones de hambruna. Este encarecimiento de precios agrava el ya de por sí existente problema de inseguridad alimentaria”, destaca.
Pocos son los conocimientos con los que cuenta la opinión pública internacional sobre una guerra con consecuencias humanitarias extremas. A la caída de la ayuda internacional (dañada por los recortes ordenados por Donald Trump), se suman los estímulos de potencias extranjeras para que el conflicto continúe, mientras nada parece indicar que la situación de la población civil pueda mejorar.
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