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Este artículo fue curado por pulzo   Ene 17, 2026 - 10:19 am
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Desde hace un año, los medios de comunicación rusos han recibido una instrucción no escrita por parte de la Administración presidencial: evitar cualquier tipo de crítica a Donald Trump, expresidente de Estados Unidos. Esta estrategia de discreción mediática se ha tornado cada vez más complicada para Moscú debido a una coyuntura internacional marcada por la detención de Nicolás Maduro, aliado importante de Rusia en América Latina, y por la inestabilidad interna en Irán, principal proveedor de armas a Rusia durante el inicio del conflicto en Ucrania. Las protestas masivas en Irán, además, cuentan con el respaldo de la Casa Blanca, según ha señalado la prensa internacional.

El propio presidente ruso, Vladímir Putin, sigue fielmente esta directriz. Cuando recibió a embajadores en el Kremlin, optó por evitar referencias a Trump y a los temas globales más polémicos. En lugar de nombres y situaciones concretas, Putin se refirió a la emergencia de “nuevos focos de tensión” y criticó lo que denominó la “ley del más fuerte” y el desprecio por la diplomacia y el derecho internacional. Afirmó que “decenas” de países experimentan los efectos de hechos que amenazan su soberanía, sin aludir directamente a Estados Unidos. Lo más cercano a una mención fue al hablar sobre una conversación con su par estadounidense a finales de 2025, en la que acusó a Kiev de atacar una de sus residencias con drones.

Esta táctica no es nueva. De acuerdo con documentos desclasificados por la Universidad George Washington, Putin adoptó una actitud similar durante la administración de George W. Bush. A pesar de las diferencias sobre temas como los conflictos internacionales, el desarme nuclear y la política rusa en Chechenia, Putin siempre protegió el vínculo personal con el entonces presidente de Estados Unidos, repitiendo ante él que los cambios de régimen no estaban contemplados en la carta fundacional de Naciones Unidas ni en el derecho internacional. Pese a ello, insistía en distinguir la relación personal sobre los desacuerdos públicos, como queda reflejado en los archivos citados.

La cautela institucional no es exclusiva de Putin. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, también ha adoptado una postura deliberadamente prudente, especialmente tras el enfriamiento de las relaciones diplomáticas con Washington a raíz de conversaciones con Marco Rubio. Lavrov ha criticado sin rodeos la política estadounidense hacia Caracas y Teherán, denunciando lo que considera un intento de desmontar el sistema internacional construido con la participación estadounidense durante décadas.

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Aunque ha evitado dirigirse directamente a Trump, Lavrov ha expresado sus dudas sobre la fiabilidad de Estados Unidos como socio, especialmente después de las amenazas estadounidenses de imponer un 25% de aranceles a los socios de Irán. Únicamente temas como un eventual acuerdo pacífico en Ucrania o, en circunstancias excepcionales, el caso de Groenlandia justifican una referencia explícita a Trump por parte de la élite del Kremlin. Dmitri Peskov, portavoz del gobierno ruso, ha llegado incluso a descartar que la crisis venezolana vaya a influir de forma negativa en los esfuerzos estadounidenses por llegar a un acuerdo sobre Ucrania, afirmando que estos esfuerzos coinciden con los intereses rusos.

Por otro lado, el control informativo desde el Kremlin permanece férreo, pautando que la cobertura mediática debe resaltar las virtudes de Trump en oposición al expresidente Joe Biden, a quien Moscú responsabiliza del rearme de Kiev. La figura de Putin, según directrices filtradas por el portal Meduza, debe ser presentada como garante de la estabilidad y de un orden internacional equitativo, evitando cualquier percepción de debilidad ante los desafíos planteados tanto en Venezuela como en Irán por los movimientos del expresidente Trump.

¿Por qué la relación personal entre Putin y los presidentes de Estados Unidos ha sido clave en la política exterior rusa?

El enfoque de Putin hacia los presidentes estadounidenses revela una preferencia por gestionar las relaciones internacionales a través de vínculos personales, como lo evidencian tanto sus encuentros con George W. Bush como su precaución actual respecto a Trump. Según los archivos desclasificados citados en el texto, este método le ha permitido evitar críticas públicas que puedan erosionar el capital político que surge de la confianza mutua construida con sus homólogos en Washington, aún en medio de profundas divergencias políticas.

Esta estrategia cobra sentido al considerar el marcado control informativo ejercido por el Kremlin, que busca resguardar la imagen de Putin y evitar percepciones de vulnerabilidad. El balance entre el discurso oficial y el manejo reservado de las figuras estadounidenses ha permitido a Moscú sortear crisis sin renunciar a su protagonismo en la escena global. La pregunta que se plantea es cómo evolucionará esta política de personalismo en el contexto de una creciente incertidumbre internacional y de cambios constantes en la administración estadounidense.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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