En este asunto, todos los puntos de vista son respetables, pero el creciente número de contagios y de víctimas fatales acorrala a las creencias, y les recuerda que la muerte es un hecho absoluto que no admite matices. Es lo que puede pasar después lo que abre el abanico de credos.

Paro hasta cuando eso ocurra (antes de que eso ocurra), se espera de los gobernantes, de los tomadores de decisiones, de los planeadores y ejecutores de políticas públicas, medidas diferentes a invocar o encomendar sus pueblos a deidades.

Eso es, precisamente, lo que critica Antonio Caballero en su columna de Semana, en la que recuerda cómo, a comienzos del siglo pasado, cuando la llamada gripa española mató a 60 millones de personas, la respuesta de los gobiernos de muchos países fue “el recurso a la superstición popular: en el orbe cristiano, procesiones de penitencia cargando milagrosas imágenes de santos y rogativas a las Vírgenes locales para que apartaran de nosotros ese cáliz”.

Y se ocupa de criticar al presidente Iván Duque por acudir a “potencias celestiales”, y por haber dicho que es “un hombre de fe”, y que le ruega a un cuadro de la milagrosa Virgen de Chiquinquirá que tiene en su despacho, que “nunca nos ha abandonado”.

Pero, realmente, Duque no es el único gobernante que hace esas cosas. El diario El País, de España, también relaciona el caso del mandatario mexicano Andrés Manuel López Obrador, que sacó un par de amuletos religiosos con la oración “Detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo” y dijo que esos eran sus escudos contra el coronavirus, junto con la honestidad y el combate a la corrupción.

“Su gesto como líder de uno de los países más devotos de América Latina, y uno de los que menos medidas preventivas han implementado frente al brote global de Covid-19, encarnaba a la perfección el conflicto que representan las creencias individuales para la gestión de crisis colectivas: en una situación que exige el acatamiento masivo de criterios científicos para reducir el riesgo, fomentar el pensamiento mágico o credos personales desde una posición de poder puede tener consecuencias nefastas”, sostiene el análisis del diario madrileño.

Ese mismo medio recuerda que, en el Brasil, los seguidores del presidente Jair Bolsonaro han difundido la idea de que, tal y como ha dicho el presidente, “la pandemia del coronavirus es una ‘histeria’”. Y destaca el caso de uno de ellos, Edir Macedo, fundador y obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD), una de las principales instituciones evangélicas neopentecostales de Brasil, con varias ramificaciones en Latinoamérica y Europa, que divulgó un video en el que afirma que “no hay motivos para que la gente se vuelva aterrorizada por algo que no coincide con la realidad”.

Al otro lado del mundo

Pero la pugna entre pensamiento mágico-religioso y ciencia no es exclusiva de este lado del mundo. Aunque en Oriente parece tomar otra dirección que sería más útil para el mundo. De Rabat a Teherán, las autoridades religiosas apoyan en su mayoría las medidas para frenar la propagación del nuevo coronavirus, e incluso en algún caso autorizaron a los fieles a seguir comportamientos poco conformes con la ortodoxia.

Sin embargo, para algunos líderes religiosos se trata de una “apostasía” y han criticado el cierre de los lugares de culto, en una región como la de Oriente Medio y el Norte de África, donde la religión juega un papel preponderante en el día a día de la población, mayoritariamente musulmana.

“Recen en casa” en lugar de “Vengan a la oración”. En varios países de la región, como Argelia o Kuwait, los muecines (musulmanes) siguieron las directivas de las autoridades de cerrar las mezquitas y modificaron su llamado al rezo.

En Túnez, donde a veces los fieles rezan delante de las puertas cerradas de las mezquitas, algún muecín lloró al tener que pronunciar estas palabras, según videos que circulaban en las redes sociales.

En Tierra Santa, el patriarcado latino de Jerusalén instó a los fieles a recibir la hostia en la mano, y no directamente en la boca. Otro hecho insólito, en Israel, el gran rabino sefardí Yitzhak Yosef aconsejó a los judíos mantener su teléfono encendido durante el sabbat —considerado normalmente una profanación— para poder recibir informaciones urgentes sobre el virus.

En Irán, uno de los principales focos de la epidemia, el debate entre ciencia y religión vuelve a estar de actualidad. “Algunos dan prioridad a los rituales religiosos, que están por encima de todo, también de la ciencia médica”, explica el teólogo Mohsen Alviri. Otros “piensan que se pueden abandonar las oraciones obligatorias para salvar la vida de un ser humano”.

El líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, mostró rápidamente su apoyó al personal sanitario y a las decisiones del gobierno.

Propagar “es pecar”

Al día siguiente de un viernes de oración en el que los fieles se congregaron masivamente en las mezquitas, pese al aumento diario de casos de contagio, las autoridades de Egipto ordenaron el cierre de todas las mezquitas e iglesias durante dos semanas.

En Líbano, donde existen 18 comunidades religiosas, los líderes espirituales respaldaron la declaración de “estado de emergencia sanitaria” y las medidas de confinamiento.

Varias iglesias difunden sus misas a través de las redes sociales. Con una cruz y recitando oraciones, un sacerdote bendijo el país sobrevolando Beirut con un helicóptero.

“El virus puede ser vencido si cada uno asume sus responsabilidades”, afirmó por su parte Hasan Nasralá, jefe del movimiento chiita Hezbolá. Respetar las instrucciones de las autoridades sanitarias es un deber religioso, dijo.

“La religión musulmana nos exige higiene”, declaró el jeque Majed Saqer, un responsable del ministerio palestino de Asuntos Religiosos. “Si un musulmán transmite el virus, consideramos que ha pecado”.

En Irak, las influyentes autoridades religiosas lanzaron campañas de sensibilización.

El ministro de Sanidad se reunió con el ayatolá Husein Ismail Al Sadr, junto a un equipo de televisión, para pedir a los iraquíes que se queden en casa.

“Virus enviado por Dios”

Pero su mensaje no caló del todo, puesto que decenas de miles de peregrinos confluían estos días hacia Bagdad para conmemorar, el sábado, el martirio del imán Kazem, destacada figura del islam chiita.

“Si todos los iraquíes están en sus casas confinados, ¿quién irá a visitar a nuestro imán?”, dijo a la AFP un peregrino que intentaba acercarse al mausoleo, vigilado por militares.

Aunque la mayoría de dignatarios religiosos apoyan las medidas de las autoridades, se alzan algunas voces discordantes.

El predicador salafista marroquí Abou Naim, conocido por su extremismo, acusó a las autoridades de “apostasía”, tras haber decidido cerrar los lugares de culto. Fue detenido por “terrorismo”.

En Argelia, el imán Chems Eddine Aldjazairi afirmó en Facebook que tenía “miedo que Dios nos haya enviado este virus para que nos acerquemos a él, y cuando vea que hemos cerrado las mezquitas, nos enviará otro virus más virulento”.