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Este artículo fue curado por pulzo   Ene 8, 2026 - 12:45 pm
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Hace tres años, la imagen de la depredación en el centro de Brasilia dio la vuelta al mundo. Una turba de simpatizantes del expresidente Jair Bolsonaro, insatisfecha con los resultados de las elecciones de octubre de 2022 y con la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva, invadió la Plaza de los Tres Poderes. El asalto fue comparado con el del Capitolio, en Washington, dos años antes.

Ese día, miles de seguidores de Bolsonaro vandalizaron edificios y bienes públicos en el centro de la capital de Brasil tras pasar meses frente a los cuarteles del Ejército pidiendo una intervención militar.

Los simpatizantes del expresidente de extrema derecha invadieron las sedes de los tres Poderes del Estado de Brasil: el Congreso, la Corte Suprema y el Palacio Presidencial, como medida contra la recién iniciada Presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva. La Policía retomó el control de los establecimientos tras una “intervención” anunciada por el mandatario de izquierda.

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Tres años después, el escenario en Brasil es totalmente diferente. En septiembre, Jair Bolsonaro fue condenado a 27 años y tres meses de prisión por golpismo. Es la primera vez en la historia de Brasil que un expresidente es declarado culpable de urdir un golpe de Estado y que cumple condena por ello. Además, siete estrechos colaboradores, entre ellos varios ministros, fueron condenados por un total de cinco delitos, que incluyen la asociación criminal armada y la abolición violenta del Estado democrático de derecho. 

Paralelamente,1.399 personas fueron responsabilizadas de actos antidemocráticos por el Supremo Tribunal Federal; 835 han sido condenadas (179 de ellas cumplen penas de cárcel) y 564 hicieron acuerdos con la Justicia.

Sobre Bolsonaro, justamente este 8 de enero el presidente Lula vetó un proyecto de ley, aprobado por los legisladores en diciembre, que pretendía reducir la pena de prisión del expresidente a poco más de dos años. Sin embargo, el Congreso aún puede anular el veto del mandatario del país.

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“8 de enero, un día inolvidable”

Para conmemorar la fecha, la Corte Suprema organizó este año un evento llamado “Democracia Inquebrantable: 8 de enero, un día inolvidable”. El programa incluye la inauguración de una exposición, la proyección de un documental, una mesa redonda con periodistas y un debate. Además, el izquierdista Partido de los Trabajadores, del presidente Lula, convocó en la Plaza de los Tres Poderes un acto en defensa de la democracia. 

Para Steven Levitsky, profesor de Harvard y autor del libro ‘Cómo mueren las democracias’, Brasil se ha convertido en un ejemplo mundial en lo que a resiliencia democrática se refiere. “A pesar de todas sus deficiencias, la democracia brasileña goza hoy de mayor salud que la estadounidense. Conscientes del pasado autoritario del país, las autoridades judiciales y políticas brasileñas no han dado por sentada la democracia”, señala el académico.

“Sus homólogos estadounidenses, en cambio, han fracasado en esta tarea. En lugar de socavar los esfuerzos de Brasil por defender su democracia, los estadounidenses deberían aprender de ello”, escribió Levitsky en una columna de opinión para el diario ‘The New York Times’, publicada junto al profesor Filipe Campante, el pasado 12 de septiembre. 

“La Corte Suprema de Brasil hizo lo que el Senado de Estados Unidos y los tribunales federales trágicamente no hicieron: llevar ante la Justicia a un expresidente que atacó la democracia”, destacaron Levitsky y Campante. 

Los escenarios internos y externos en un año electoral

Cuatro meses después, estas palabras adquieren un nuevo significado a la luz del reciente ataque lanzado por Donald Trump contra Venezuela, que culminó con la captura -“secuestro”, según el chavismo- del presidente Nicolás Maduro. Y, en ese contexto, mientras los principales líderes del mundo hacían acrobacias oratorias para denunciar la flagrante violación del derecho internacional sin enemistarse con Trump, dos hijos de Bolsonaro defendían abiertamente esa operación relámpago que puede alterar profundamente los cimientos de la política internacional en América Latina. 

El senador Flávio Bolsonaro, que ha sido escogido por el expresidente como su sucesor y precandidato a las elecciones presidenciales de octubre, apoya la postura de Trump sobre que Venezuela es un “narco-Estado” y que Maduro es un “narcoterrorista”, aunque hasta la fecha no haya sido presentada ninguna prueba. 

“Hoy es un día histórico para quienes defienden la libertad y la democracia. Venezuela está dando un paso importante hacia la liberación de un régimen que oprimió a su pueblo, destruyó la economía, debilitó las instituciones, persiguió a la oposición, atacó a la prensa y permitió que el narcotráfico y el crimen organizado se infiltraran en el Estado. Que este sea el comienzo de una nueva era para el pueblo venezolano y para toda América Latina”, afirmó el delfín de Bolsonaro en sus redes sociales el día del ataque estadounidense, al mismo tiempo que tildaba a Venezuela de “dictadura”. 

Por su parte, el exdiputado federal Eduardo Bolsonaro, que desde el año pasado vive en EE. UU. para hacer lobby a favor de la amnistía de su padre, exaltó el ataque de Trump contra el presidente chavista: “El régimen venezolano es el pilar financiero, logístico y simbólico del Foro de São Paulo [organización que agrupa a partidos y movimientos políticos de izquierda y progresistas de América Latina y el Caribe, fundada en 1990 por el Partido de los Trabajadores de Brasil]. Con la captura de Maduro vivo, ahora Lula, Petro y el resto del Foro de São Paulo tendrán días terribles, tomen nota. ¡Viva la libertad!”, dijo desde su cuenta de Instagram. 

Lula, el nuevo orden con Trump y el caso venezolano

El presidente Lula condenó duramente la operación comandada por Trump. “Los bombardeos en territorio venezolano y la captura de su presidente traspasan una línea inaceptable. Estos actos representan una grave afrenta a la soberanía de Venezuela y un precedente extremadamente peligroso para toda la comunidad internacional. Atacar países, en flagrante violación del derecho internacional, es el primer paso hacia un mundo de violencia, caos e inestabilidad, donde la ley del más fuerte prevalece sobre el multilateralismo”, escribió el mandatario brasileño en su cuenta de X. 

“La acción recuerda los peores momentos de la injerencia en la política de América Latina y el Caribe y amenaza la preservación de la región como zona de paz. La comunidad internacional, a través de las Naciones Unidas, debe responder enérgicamente a este episodio. Brasil condena estas acciones y sigue dispuesto a promover la vía del diálogo y la cooperación”, añadió.

 

Cabe recordar que Lula plantó cara a su homólogo estadounidense cuando fueron impuestos aranceles del 40% sobre las mercancías brasileñas. El líder de la izquierda brasileña hizo hincapié en la defensa de la soberanía y se negó a rendir pleitesía a Trump, mientras la diplomacia brasileña trabajaba a contrarreloj para recuperar el terreno perdido.

Tras un encuentro fugaz en la ONU, marcado por una “química excelente”, Lula y Trump se encontraron en Malasia a finales de octubre, durante la 47ª Cumbre de la ASEAN. Menos de un mes después, fueron retirados los aranceles sobre una serie de productos brasileños, entre ellos carne bovina, café, açaí y cacao.  

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A pesar de las duras palabras de condena de Lula, el pragmatismo prima en las relaciones bilaterales entre ambos países. Su Gobierno apuesta por que Brasil será un elemento imprescindible en los planes de estabilización de Venezuela. Asesores cercanos al presidente brasileño aseguran que la estrategia consiste en mantener una buena relación entre Lula y Trump, además de un contacto cercano con el nuevo mando del régimen venezolano, para actuar de forma más intensa en el país vecino. La relación con Trump es considerada de tal importancia que la visita de Lula a EE. UU. en el primer semestre de este año sigue en pie en los planes del Ejecutivo brasileño, a pesar del ataque contra Caracas.  

Sin embargo, hay otro elemento que puede desestabilizar la relación con el mandatario estadounidense, conocido por su volubilidad y sus cambios repentinos de rumbo. Al igual que Colombia, Brasil también enfrenta unos inciertos comicios electorales.

Lula, que el 27 de octubre cumplirá 81 años, ya expresó su intención de concurrir a un cuarto mandato, una decisión criticada por una parte de los brasileños, que cuestionan su avanzada edad. Al mismo tiempo, no está claro que la precandidatura de Flávio Bolsonaro se consolide a lo largo de los próximos meses, ni si Trump le brindará su apoyo por el hecho de representar la derecha brasileña. 

El nuevo escenario geopolítico cambia por completo el eje de los debates en un país que suele vivir una larga precampaña. Las promesas electorales de Lula y la agenda económica inclusiva pasarán necesariamente a un segundo plano. El foco debe centrarse ahora en la agenda exterior, en el riesgo de que la crisis venezolana traspase fronteras, incluso con una nueva emergencia migratoria, y la incertidumbre ante los próximos pasos del Gobierno de Trump, que amenaza con apropiarse de Groenlandia y, de esta forma, implosionar la OTAN y los equilibrios de fuerzas y defensa en Europa. 

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