El líder ultraderechista y quien ha sido un férreo defensor del uso de la cloroquina y hasta la tomó cuando se contagió de COVID-1 9 en julio pasado aceptó que puede tratarse de un placebo.

“Puede que allá al frente digan que la opción (de la cloroquina) es cero, que es un placebo. Todo bien, paciencia, me disculpa, chao, por lo menos no maté a nadie”, dijo durante la alocución en vivo que realiza semanalmente los jueves por las redes sociales.

Desde que la pandemia llegó a Brasil en marzo del año pasado, Bolsonaro ha recomendado infinidad de veces el uso de la hidroxicloroquina para combatir el coronavirus, un polémico antipalúdico cuya efectividad no ha sido comprobada totalmente por la ciencia.

Su defensa a la “curativa” cloroquina también le costó el puesto a dos de sus ministros de salud que no la consideraban adecuada en la lucha contra el virus.

Fue tal la obsesión de Jair Bolsonaro con la cloroquina que ordenó su fabricación en masa y el antipalúdico forma parte de un grupo de medicinas que el Ministerio de Salud ha determinado que se apliquen a pacientes de coronavirus como parte de lo que ese despacho y el propio Bolsonaro califican de “tratamiento precoz”.

Según datos oficiales, el gobierno brasileño ha gastado ya más de 100 millones de reales (cerca de 20 millones de dólares) tanto en hidroxicloroquina como en otros medicamentos de cuya eficiencia ante el coronavirus duda buena parte de la comunidad científica.

La semana pasada el Tribunal de Cuentas del Estado, organismo que fiscaliza el gasto público en Brasil, pidió explicaciones al gobierno sobre esos gastos.

El magistrado Benjamín Zymler, miembro del Tribunal, realizó el pedido fundamentado, entre otros factores, en que la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa) no llegó a autorizar el uso de esas medicinas contra la COVID-19.