El Espectador es el periódico más antiguo del país, fundado el 22 de marzo de 1887 y, bajo la dirección de Fidel Cano, es considerado uno de los periódicos más serios y profesionales por su independencia, credibilidad y objetividad.
En los últimos años, ha cobrado fuerza en redes sociales la frase “2026 es el nuevo 2016”, un eco nostálgico que conduce a cuestionar cómo se vivía la experiencia de escuchar música cuando los algoritmos aún no incidían tanto en la cotidianidad musical. En la Bogotá de 2016, el teléfono celular ya predominaba como dispositivo principal para reproducir canciones, aunque los servicios de streaming como Spotify y Deezer no alcanzaban la ubicuidad que tienen hoy. Muchos jóvenes, todavía en el colegio por esos años, recurrían habitualmente a descargar pistas sueltas de internet o transferir archivos mediante Bluetooth en medio de las clases. La radio y YouTube en el hogar seguían siendo opciones recurrentes para acceder a nuevos lanzamientos y éxitos del momento.
Los audífonos comunes, en su mayoría con cables —generalmente los incluidos al comprar un nuevo teléfono—, se veían en todas partes, ya que los modelos inalámbricos eran poco frecuentes en las calles. Persistía también el intercambio de CDs grabados y memorias USB, incluso en semáforos y transporte público, lo que fortalecía el acceso físico y directo a la música. La radio no solo conservaba su importancia, sino que era protagonista fundamental; en buses, taxis o rutas escolares, constituía una de las principales fuentes para descubrir canciones y artistas. Emisoras reconocidas como La Mega, Los 40 Principales, Oxígeno y Radioacktiva marcaban el pulso musical, mientras la recomendación boca a boca y la circulación de archivos seguían siendo medios influyentes de difusión, junto a festivales como Rock al Parque o Estéreo Picnic.
A pesar de la consolidación del smartphone, los reproductores de audio dedicados todavía tenían seguidores. Según el portal británico TechRadar, en 2016 se argumentaba su vigencia por motivos como la comodidad de los controles físicos, el almacenamiento exclusivo, su compatibilidad con audífonos exigentes y la autonomía de la batería, especialmente en trayectos largos. Apple, con el iPod touch de sexta generación, mantenía vigente una alternativa para quienes deseaban separar la experiencia musical del resto de las funciones del teléfono. Aunque el iPod había dejado de ocupar el centro de la cultura juvenil, seguía presente entre quienes valoraban escuchar música sin depender exclusivamente del smartphone.
Ese año marcó un punto de inflexión para la industria. El Global Music Report 2017 de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI, por sus siglas en inglés), subrayó que 2016 fue el año de mayor impulso en el mercado global desde 1997. El aumento de los ingresos, especialmente gracias a un histórico crecimiento del 60,4% en el streaming, contrastó con la caída de las descargas digitales, que retrocedieron un 20,5%. Por primera vez, lo digital supuso la mitad de los ingresos mundiales, y el fenómeno del streaming representó 59% del total de ingresos digitales. La consolidación de 97 millones de cuentas de pago, además de usuarios vinculados a planes familiares, anunciaba el nuevo paradigma que reorganizaría la industria musical a escala global.
En Colombia, la evolución musical de 2016 fue un fiel reflejo de esa confluencia. Las listas de popularidad, consultas a través de Charts Around The World y los reportes nacionales de National Report, evidenciaban una fuerte presencia tanto de éxitos internacionales como de figuras y sonidos latinos, evidenciando la diversidad de preferencias. Por ejemplo, “Andas en mi cabeza” de Chino & Nacho y Daddy Yankee, “Bobo” de J Balvin e “Cheap Thrills” de Sia con Sean Paul se alternaban entre los primeros puestos. De igual forma, artistas colombianos y latinoamericanos como J Balvin, Nicky Jam, Fonseca, Carlos Vives y Shakira permanecían en constante rotación, consolidando la preeminencia del reggaetón, el pop urbano y los sonidos tropicales.
Esta convivencia entre lo global y lo local quedaba reforzada en el plano internacional, donde la IFPI indicó a Drake como el artista más popular del año, seguido por figuras como Bowie y Beyoncé, mientras su sencillo “One Dance” encabezó los rankings mundiales. La muerte de Bowie también provocó un inesperado regreso de su obra a los primeros planos.
Ver 2016 a la distancia revela una época bisagra: escuchar música exigía aún búsqueda, intercambio y cierta iniciativa personal. Aunque las tecnologías ya habían redefinido los hábitos, todavía no dictaban el consumo por completo. Hoy, la comparación con 2026 es una evocación no solo de tendencias, sino de una relación diferente y más activa con la música.
¿Qué factores permitieron la convivencia entre el reggaetón latino y los éxitos globales en las listas de Colombia durante 2016?
Durante ese año, las listas de popularidad en Colombia demostraron una mezcla poco común en mercados musicales: los grandes éxitos globales coexistieron en igualdad de condiciones con artistas y sonidos provenientes de la región. Según los reportes citados en Charts Around The World y National Report, existía un equilibrio entre la fuerza del pop urbano y tropical latino, representado por J Balvin, Nicky Jam, Carlos Vives o Shakira, y la presencia indiscutible de fenómenos internacionales encabezados por Drake, Sia o Rihanna.
Este fenómeno se explicó en parte por canales de distribución híbridos: la radio seguía teniendo peso, la descarga y circulación informal de archivos permitía flexibilidad y, aunque el streaming avanzaba, todavía no monopolizaba la escucha. Así, se construyó un ecosistema donde las recomendaciones personales, la radio y la digitalización gestionaban colectivamente una dieta musical variada y representativa tanto de la escena local como del pulso global.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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