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En diversas regiones de América Latina todavía permanece una advertencia transmitida por generaciones: no aceptar alimentos de personas que despiertan desconfianza, sean familiares, conocidos o incluso vecinos. Esta recomendación, aún vigente en numerosos contextos cotidianos, se sustenta en la creencia de que la comida puede fungir como canal de energías negativas o influencias espirituales perjudiciales. Según el reportaje de Diario Occidente, el consejo deriva de tradiciones orales arraigadas en la memoria colectiva, donde relatos familiares y relatos populares insisten en la importancia de protegerse de “malas energías” que, se presume, pueden ser vehiculizadas a través de un simple plato de comida.
El trasfondo de esta costumbre descansa en la idea—muy presente en diferentes culturas rurales y urbanas—de que los alimentos absorben las emociones e intenciones de quien los prepara. Así, no es raro escuchar que cocinar con serenidad genera bienestar para quien luego consume ese alimento, mientras que preparar la comida con emociones negativas podría imbuirla de vibraciones perjudiciales. Esta concepción ha motivado que adultos mayores y líderes comunitarios repitan, a modo de protección, la conveniencia de evitar comida ofrecida por personas con quienes existe resentimiento, fricciones o sospechas de comportamientos malintencionados.
Un elemento central en esta tradición son las historias que relatan posibles "embrujos" realizados mediante los alimentos. Hay quienes creen que, a través de oraciones, rituales o la inclusión de determinados elementos durante la preparación, una persona malintencionada podría influir en la vida del destinatario del alimento. Estas narrativas fortalecen el temor y refuerzan la práctica de rechazar alimentos de quien se percibe como portador de “malas vibras”. Todo ello ha sido transmitido de manera oral, consolidando su lugar en el repertorio cultural y espiritual de diferentes comunidades.
No obstante, de acuerdo con especialistas citados por Diario Occidente, no existen estudios científicos ni evidencia médica que respalden la posibilidad de que un embrujo pueda tener efecto mediante el consumo de alimentos. Desde el ámbito de la salud y la ciencia, se afirma que tales creencias corresponden más a una interpretación cultural o simbólica de las relaciones humanas y de la necesidad de precaución, que a hechos demostrables con pruebas objetivas.
A pesar de la falta de confirmación científica, el consejo persiste y, para muchos, se convierte en un reflejo de valores como la prudencia, el cuidado propio y la confianza selectiva. De igual manera, el fenómeno muestra cómo las comunidades utilizan explicaciones simbólicas para comprender sucesos inesperados relacionados con la salud, la prosperidad o las relaciones interpersonales. Finalmente, la advertencia de no recibir comida de quienes generan recelo sigue ocupando un lugar destacado en reuniones familiares, recordatorios cotidianos y celebraciones, donde la tradición y la prevención se entrelazan desde tiempos inmemoriales.
¿Por qué persisten las creencias sobre malas energías en la vida cotidiana?
La presencia constante de advertencias y relatos relacionados con las malas energías y la comida ponen de manifiesto la fuerza que tienen las explicaciones culturales y espirituales en la vida diaria. Estas creencias se transmiten de generación en generación y muchas veces proporcionan una forma de comprender la incertidumbre, los cambios inesperados o los conflictos familiares. El hecho de que aún se transmitan, aun en la ausencia de evidencia científica, refleja la necesidad humana de encontrar sentido o protección frente a lo desconocido.
De acuerdo con el análisis de Diario Occidente, la tradición oral cumple un papel clave en la consolidación de estos relatos. Al compartir relatos de precaución y advertencias simbólicas, las comunidades refuerzan la cohesión social y establecen límites sobre con quién compartir espacios o alimentos. Así, a pesar de los cambios sociales y de la información disponible sobre salud y nutrición, la cultura sigue influyendo en las decisiones cotidianas a través de creencias que parecen estar firmemente enraizadas en la identidad colectiva.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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